Yo adivino el parpadeo de las luces que a lo lejos van marcando mi retorno
por Claudio Kuczer
Segundo Premio Primer Concurso de cuentos “Nuestra palabra” 2004
      Carlos volvió al país después de muchos años, quince años que se sucedieron lentamente y que fueron pasando entre olvidos y nostalgias al principio insoportables y más tarde diluidas a medida que su nuevo lugar se volvía más cotidiano y comprensible. La idea de caerle de sorpresa a sus amigos y parientes lo divertía muchísimo desde hacia varios meses. Se había imaginado a menudo sus caras de sorpresa total, las mandíbulas que se caían al piso al mejor estilo de los dibujos animados del Correcaminos o de las películas del Gordo y el Flaco.

      Desde el principio, el país le pareció muy distinto de lo que se acordaba, se sentía desconectado, pero no se podía dar cuenta qué era lo que había cambiado tanto. Pensaba ir a ver a su mejor amigo, Enrique Novoa, esa misma tarde, después de establecerse en el departamentito que había alquilado a través de una agencia y de dar unas vueltas por el barrio, el que conocía muy bien.

      El ómnibus lo dejó a unas cuadras de lo de Enrique, pero al bajar se sintió desorientado cuando vio que las calles no tenían nombre y las casas no tenían número. Los negocios y los edificios de departamentos habían sido pintados todos de un color gris claro, lo que hacia que se parecieran mucho los unos a los otros. Les preguntó a varios vecinos y vendedores de diarios pero ninguno supo o quiso decirle donde quedaba la casa de su amigo de la infancia. “La gente anda asustada y nadie quiere que se sepa donde viven y es mejor prevenir que curar, señor”, el diariero lo miró con desconfianza y rápidamente se dio vuelta para atender a otros clientes.

      Volvió a su casa temprano y decidió ir a visitar a su primo Luis, con el cual nunca se había llevado bien pero que vivía cerca de su departamento temporario.  El chofer del taxi le dijo que no podía llevarlo si lo único que sabía del domicilio de Luis era la antigua calle y el número. “Eso ya no sirve, no hay calles ni números ahora, eso está pasado de moda, usted tiene que saber exactamente cómo llegar porque si no, no se encuentra nada, ni siquiera la pizzería del barrio”. Carlos le dio instrucciones muy precisas pero al llegar donde él se acordaba quedaba la casa de Luis, el edificio que encontró era otro y nadie respondió a sus llamadas en el intercom.  Carlos tuvo la sensación de que el taxista sabía muy bien donde quedaba el lugar donde él quería ir pero no quiso decirle, por desconfianza o por miedo.

      Decidió dejar de lado los planes de visita-sorpresa, donde se había fantaseado apareciendo al grito de: “Aquí estoy de vuelta, ¡no es asombroso!…”, pero sus llamadas telefónicas eran contestadas por gente que no eran sus amigos o parientes y que además no tenían idea de quién era la persona que buscaba.  La guía de teléfonos y el servicio de informaciones de la compañía telefónica fueron inútiles para encontrar  los números de los treinta y tantos parientes y amigos que trató de localizar.

      Se puso a  recorrer la ciudad a tientas, a la  búsqueda de claves o de información.  “Hace unos años decidimos hacer borrón y cuenta nueva, ya no se podía aguantar más la vida que estábamos teniendo, el caos, la pobreza, la violencia”, el empleado del catastro municipal le explicó la situación, sin irse demasiado en detalles.

      “Yo hace mucho tiempo que falto del país, y hace más de siete años que no me carteo o hablo por teléfono con nadie”, Carlos se sentía invadido por la angustia y la soledad a medida que explicaba,  “pero realmente quisiera volver a ver a mis amigos y a mis parientes. Por favor ayúdeme, usted debe saber donde quedan ahora los lugares que existían antes.”

      “Entiéndame, si yo pudiera ayudarlo o darle información la información que me pide, lo haría con el mayor gusto, pero eso ya no se hace. Usted no sabe lo mal que han estado las cosas aquí. Hemos tenido la suerte de haber podido comenzar de nuevo, pero nadie quiere hablar o referirse al pasado. Somos una nación nueva con gente nueva y estamos mucho mejor que antes”.

      “¿Cuándo pasó todo esto?, ¿cómo es que yo no me enteré de nada? ¿Qué pasó realmente?”

      “Vaya uno a acordarse, debe hace unos diez, no tal vez cinco o quizás siete años. No quisimos que la gente de afuera nos criticara, que se hablara mal del país, así que lo tuvimos todo bien quieto”

      “Yo solamente quiero volver a ver a mis amigos, a mi barrio de antes”

      “Señor, entiéndame, todos esto no es en contra de gente como usted, es para el bien de todos y no en contra nadie. No se lo tome en forma personal. Choque esos cinco y vaya y diviértase.  No viva en el pasado. Hay mucho para ver y hacer en este país nuevo”.

      Carlos se dio cuenta de en ese momento que todo había cambiado mucho, que no había gente por las calles y que toda la ciudad, los edificios, las calles, los autos y la ropa de la gente tenían el mismo color gris claro.  El mozo del restaurante le explicó impacientemente que se allí servia solamente comida sana y de bajo contenido de grasa y de colesterol y que no tenían en el menú las milanesas con papas fritas o el guisado de cerdo que Carlos tanto extrañaba. “Esa comida pesada la puede únicamente encontrar en los restaurantes de La Lobería, pero no por aquí”. La Lobería era uno de los barrios más tenebrosos de la ciudad y nadie más que los locales se atrevían a andar por allí. “Tenemos todo tipo de ensalada de lechuga y múltiples variedades de salchichas de pollo, con o sin arroz blanco”. El desdén del mozo iba en aumento. “No señor, no tenemos café porque hace mal a los nervios y no deja dormir y la gente ya tiene bastantes problemas.  Le puedo ofrecer en cambio veinte variedades de té de hierba descafeinado.”.

      Cuando a los pocos días Carlos esperaba en la cola del aeropuerto para tomar el avión de vuelta, una mujer sumamente elegante, vestida de rojo, se le acercó sonriente y le tendió un libro de fotografías del país. “Esto es un regalo para usted, para que se acuerde de su querida patria desde la lejanía”. Carlos se puso a hojear el libro distraídamente y vio que tenía fotos de las casas, las gentes y las comidas del país de antes.  “Pero esto es el país que yo recuerdo, no el que vi esta vez” dijo, pero, la mujer de rojo ya había desaparecido entre la gente.

      En el viaje de vuelta no dejó de leer el libro y mirar las fotos. Ahora sí iba a tener cosas interesantes para relatar sobre su viaje maravilloso. Se imaginó la cara de sorpresa de sus amigos cuando les contara, los ojos atónitos, la boca abierta…

      Horacio le aseguró  a su mujer que no tenía que preocuparse, que las cosas iban a ir muy bien de allí en adelante, que su descubrimiento le iba a asegurar la fama más grande y que no tendrían más problemas económicos aunque ella no trabajara nunca más.

      Mirta seguía llorando de a ratos, diciendo que toda esa fama de Horacio no le iba a servir a ella de nada, que iba a quedar relegada a la sombra del gran hombre, que se iba a ir desdibujando hasta que no quedara nada y que lo mejor era morirse, porque no le quedaba nada en la vida y de todas maneras su marido pronto la iba a dejar por otra mujer más joven y merecedora de estar con alguien tan eminente y que estando desempleada y sin su perro y su mejor amiga no le quedaban rezones para seguir viviendo y que si Horacio realmente la quisiera se olvidaría de eso del origen del universo y así los dos podrían comenzar de nuevo desde cero, porque de otra manera no iban a poder seguir juntos por más que hicieran grandes esfuerzos y consultaran los mejores terapistas de pareja.

      El cansancio acumulado por treinta y seis horas abrumaba a Horacio, que no terminaba de comprender si Mirta hablaba en sentido figurado o si realmente deseaba que él destruyera lo que era seguramente una de las teorías científicas más importantes de la historia, sólo comparable a lo que Newton y Einstein habían hecho antes. En ese momento él estaba demasiado fatigado y confundido para discutir o pensar en alternativas a lo que Mirta quería que hiciera. Sacó su cuaderno de anotaciones del portafolios y se acercó lentamente al fuego de la chimenea, sin pensar o darse cuenta realmente de lo que estaba haciendo. 

      Duque, que se había escapado del sótano por una claraboya semiabierta apareció al día siguiente traído por un vecino que lo vio retozando en un basural. Mirta y Horacio no volvieron a hablar del incidente y se siguen llevando tan bien como antes, a pesar de que Horacio a veces sueña con luces de tránsito eternamente rojas del tamaño de todo el universo.





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