El policía limeño tiene un sueldo promedio de 1,200 soles mensuales, algo así como unos
420 dólares americanos.  Un cadete en entrenamiento de la policía de Toronto gana más o
menos unos 4 mil dólares americanos mensuales.  Este es un cadetito que recién arranca de
policía en una ciudad con menos delincuencia que Lima.  El policía de Toronto que llega al más
alto nivel de policía (1ª.  Clase) sin dejar de ser policía gana $80,315 canadienses al año, más o
menos 6 mil dólares americanos mensuales.  Además el policía torontoniano goza desde el
arranque de un plan de seguro familiar, dental, seguro de vida, es parte del sindicato de la
Policía, tiene un plan de pensiones, vacaciones pagadas, reembolso por gastos educativos y un
programa de asistencia familiar y personal.
     
Como mi hijita, Gisela Canuvian, conocida entre sus amigos y fanáticos como GG Canuvian -
que se pronuncia Yiyi Canuvian-, llegó de visita a Lima con una lista de lugares que quería
visitar, nos dedicamos a hacer algo de turismo en Lima Limón.  Así pues, el arriba firmante, la
Bebe Canuvian y GG, nos dirigimos los tres al Museo Larco, que queda en Pueblo Libre.  Nos
movilizamos en un histórico Toyota Corona que alquilé a un amigo de Jaleo, mi cuñado.  Ya
había yo notado que la agujita de la gasolina había bajado un cuarto de tanque siendo que había
hecho llenar el tanque la noche anterior, y me molestaba el asunto, pero pensé que lo resolvería
después de la visita al museo, nuestra primera actividad en Lima con GG luego de sus 25 años
de ausencia de la Tres Veces Coronada Villa.

      Señor su carro está perdiendo gasolina - nos dijo un motociclista cuando habíamos parado
en un semáforo -.  Está perdiendo un montón de gasolina.

      “¿Será un asaltante?”, pensé, descartando la idea ya que yo mismo veía el bajón de la
gasolina.

      ¡Tienes roto el tanque de la gasolina!  - gritó alguien desde su carro detrás del mío.

      Seguí manejando buscando una estación de gasolina infructuosamente por toda la avenida
Bolívar, llegamos a la avenida Universitaria y me cuadré en una pistita lateral, donde bajamos
del carro, miré debajo y no vi que goteara nada, pero no había nada que hacer.  Sentíamos olor
a gasolina, el tanque se vaciaba y algunas almas piadosas nos habían advertido que se caía la
gasolina.

      Llamé a Jaleo, para ver qué hacíamos.  Me dice que lo mejor es que pase por él para llevar
el carro al “mecánico de confianza” del dueño del carro.  Mi cuñado Jaleo vive en la Residencial
San Felipe así que otra vez nos metimos al Toyota rumbo a la Residencial por la misma avenida
Bolívar, pero esta vez en dirección contraria.

      No habíamos avanzado ni cinco cuadras cuando escucho una sirena de policía atrás de
nosotros y veo un carro patrullero por el retrovisor.  El patrullero se puso a mi costado y uno de
los policías desde dentro me indicó que me estacionara a la derecha, lo cual hice
inmediatamente.  El patrullero se estacionó delante de mi carro.

      Seguramente ha visto que estamos perdiendo gasolina y nos quiere auxiliar - les dije
cándidamente a la Bebe y a GG, quienes como yo ya estaban de por sí aterradas pensando en
que podíamos explotar por los aires en cualquier momento si alguien tiraba un pucho de cigarro
cerca al carro.  Aparte que el carrito tiene un inmenso cilindro de gas en la maletera por lo que
el coche parece de Al Qaeda Motors.

      Se acercó un policía joven, gordito, con cara de conchudo, que se paró al costadito de mi
puerta.
     
      Buenas caballerito -dijo.

      Buenas -contesté - ¿qué paso?

      ¿Sabe por qué lo hemos detenido, caballerito?  -preguntó, mientras yo trataba de
acordarme cuando fue la última vez que alguien me había llamado caballerito.  Me parece que
fue cuando tenía 17 años, en el Troca, una de las chicas me había preguntado algo así como “¿
Servicio completo, caballerito?”.  Claro, a los 17 yo calificaba de ‘caballerito’, pero ahora ¿
pasados los 60?  En fin, pensé, una nueva forma de la policía nacional de tratar a los choferes
particulares.

      La verdad que no sé…

      Disculpe el tiempo y la distracción en que lo estoy haciendo incurrir, y la incomodidad que
esto le está causando, pero el problema es que la señora no está usando el cinturón de
seguridad.  Sus papeles, por favor.

       Miré rápidamente a la Bebe con ganas de estrangularla.  Le entregué al policía mi licencia
canadiense de conducir y todos los papeles, algunos plastificados, que encontré en un bolsillo
lateral del carro.

       Este brevete (Licencia de conducir, en peruano) no es de acá -sonrió mientras le daba
vueltas y lo leía con gran atención.

      No, no es de acá, es canadiense, pero es válido por los tres primeros meses que uno está
en Lima.

      Sí, sí, no es problema.  Lo que es problema es que la multa por no llevar cinturón de
seguridad es de más de 400 soles -¡Clín, clín!  Saqué la cuenta rápido, unos $160 canadienses
  
      -  A ver Johnnycito, bájese del carro que quiero explicarle algo.

      Habiendo pasado de caballerito a Johnnycito a la vista de mi licencia, me bajé del carro. 
Nos pusimos a conversar prácticamente en la pista mientras el tráfico por la Bolívar seguía
impertérrito, entre los bocinazos, los humos de escape de todos los vehículos con su gasolina
tóxica y apestosa llena de plomo, los microbuseros cruzándose los unos a los otros y algunos
pobres transeúntes tratando de cruzar la Bolívar sin ser atropellados.

      Mire Johnnycito, sé que usted está de vacaciones en Lima, así que yo no lo quiero
incomodar, más bien caballerito yo lo quisiera ayudar, dentro de mis posibilidades.

      Bueno ¿cómo es?  -dije recordando la pregunta clásica que usaba en los años 70s para
llegar a un acuerdo coimero con la policía.

      ¡Ja ja!  ¿Cómo es?  Le voy a explicar, yo no lo incomodo, pero usted nos tiene que ayudar
también, tiene que poner de su parte pues caballerito.

      A estas alturas los términos ‘caballerito’ y ‘Johnnycito’ me habían llegado ya a esa parte del
cerebro en la que se conciben los crímenes históricos peruanos más horrendos como la
traicionera muerte por garrote estilo Pancho Pizarro al Inca Atahualpa.  Me imaginé al policía
cara de conchudo  siendo jalado por cuatro caballos cada uno hacia un punto cardinal distinto, a
lo Túpac Amaru.  Sin embargo me recompuse, pensando en la posibilidad de que el tanque de
gasolina podía explotar con mi esposa e hijas dentro del coche bomba, así que fui por la sonrisa
hipócrita en vez del asesinato.

      Le voy a rebajar la multa a la mitad, 200 soles, si es que usted me ayuda con unos cuatro
galoncitos.

      ¿Cuatro galoncitos?  ¿Quiere que vayamos a echarle al patrullero 4 galones de gasolina?

      - No pues Johnnycito -me miró como diciendo ¿eres o te haces?  -necesitamos 40 soles.

      Recordé que el precio del galón de gasolina anda por los 10 soles, ergo 4 galoncitos serían
pues 4 galones por 10 soles, o sea 40 soles.

      ¿Y cómo se los doy?  -me imaginé que no se vería bien darle 40 soles en plena avenida
Bolívar, sobre todo habiendo estado la nación en una campaña mediática a nivel nacional
titulada “¡A la Policía se le respeta!”

      Le voy a explicar Johnnycito, los pone adentro de este documento - y me entrego el papel
plastificado del seguro del carro, que era un documento tamaño papel de carta suficientemente
enorme para conciliar la coima, perdón “la contribución” a la sufrida policía nacional del Perú. 
40 soles calculé son unos 15 dólares canadienses, no está mal -.  Yo voy a estar al costado del
patrullero, lo espero, tómese su tiempo, caballerito.

      Me metí al carro y busqué en mi billetera mientras GG permanecía en silencio con su cámara
de fotos en la mano y la Bebe me preguntaba cuánto había que darle al policía.  Saco mi
billetera y maldita sea, me encuentro con un billete de 20 y dos de a 100 soles.  Por supuesto
que ni la Bebe ni GG tenían un centavo encima, ya que si estoy yo allí, ¿para qué necesitan
plata?  Pensé darle el billete de 20, pero luego pensé que no, ya que el tipo quería 40 para
REBAJAR la multa, ni siquiera para anularla.  Entonces, hice de tripas corazón, tomé uno de los
billetes de 100 soles (40 dólares canadienses) y lo metí dentro del papel plastificado encubridor. 
Salí del carro y con paso seguro me dirigí a hablar con el complaciente y sonreirá miembro de la
respetable policía nacional del Perú.  Le entregué el papel plastificado con el billete de 100 soles
adentro.

      ¿Todo esto va  a ser para mí?  - preguntó con una sonrisota de oreja a oreja luego de ver
los 100 soles.

      Sí -le dije- pero nos olvidamos de la multa de 400 soles.

      Un momentito -replicó -.  ¿Puedes chequear la documentación adjunta?  -le alcanzó el
papel plastificado cerrado a su compinche, al otro truhán que estaba al volante.

      Está conforme -dijo el chofer malhechor tras desorbitarse al ver los 100 soles, devolviendo
el botín a manos del principal ratero.

      Gracias Johnnycito.  Pero dígale a su señora que acá tiene que circular con el cinturón de
seguridad puesto, que tenga más cuidado.  ¿De qué país vienen, ah?

      El policía entonces, en gesto para mí inesperado, me abrazó fuertemente, en plena vía
pública, en la avenida Bolívar, él uniformado, yo con mis shorts kaki.  Regresé al carro con
rapidez, avergonzado de haber participado en la coima, de haber contribuido a que se sigan
perpetrando actos como éste, que hicieron que, junto con otras cosas, decidiera salir del país
hace casi 30 años.

      Cuando el mecánico revisó el carro, nos informó que alguien se había metido por debajo y
había jalado una de las tuberías de la gasolina, con el objetivo de seguirnos, que nos
quedáramos sin gasolina y acercarse pretendiendo ayudar para luego asaltarnos.  Deducimos
que el fallido intento había ocurrido la noche anterior en el estacionamiento del aeropuerto
mientras esperábamos a GG que llegaba de Vancouver, con la idea de que a las 2 de la mañana
nos quedáramos botados en la avenida Faucett del Callao y allí desvalijarnos.  Este plan falló
porque, nos dice el mecánico, se equivocaron de manguera y jalaron no la que lleva gasolina al
motor, sino otra de salida del motor.

      Agradecí a mi Ángel de la Guarda, que siempre me acompaña cuando vengo a Lima y nos
fuimos a almorzar rico al restaurante El Mirador de La Punta.
Un Lado Oscuro de Lima
La salsa de la vida
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Los Canuvian se van a Lima por tres meses - Parte 3

Un lado oscuro de Lima
por Johnny Canuvian
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