Yo llegué primero a Frankie Pesto´s.
Un infierno allá abajo entre el agua llena de inmundicias, las montañas de sartenes y platos sucios.
Otras veces era raspar el fondo de las inmensas cazuelas usadas para preparar salsa de tomate. O barrer
y limpiar el piso, sacar a la calle las bolsas de basura.
Un infierno por el salario mínimo de la provincia.
Lo peor era la velocidad.
Endemoniada.
Cada noche era tragado por aquel estómago insaciable. Pasadas seis horas, era escupido de vuelta a la
calle. Fregaba decenas de platos y a mi espalda escuchaba las sartenes caer sobre la gran bandeja.
Perder cosas y vivir lejos era jugar al duro.
Increíble que lo estuviera haciendo.
No había manera de escapar. Me dejaba llevar por el ruido y los gritos de los cocineros, hasta que el
cerebro se me embotaba y perdía la noción del tiempo.
Con la espalda y las manos adoloridas, despellejadas… Pero era un hombre fuerte. Podía darme el lujo
de dejar la piel donde fuera.
Las camareras eran lindas y bien entrenadas. Demasiado hermosas para que fueran cercanas o posibles.
Las camareras eran lindas y los cocineros rudos.
Todo el tiempo gastándose bromas y riendo de cosas que no entendía. Ellos, ellas, vivían en un fucking
mundo, de una fucking manera… Ellos, los cocineros, también le miraban el culo, a ellas, las muñecas
que bajaban por los platos. Culos para servir comida italiana. A veces me hacían señas cómplices. Un
lenguaje distante de las palabras.
En el infierno.
En aquel momento había dejado de escribir. No porque fuera un acto criminal. Tantos libros necesitan
de toneladas de pulpa, la necesaria para ahogarnos o vivir en un desierto. De ahí lo absurdo de
reproducir memoria alguna. No era eso, simplemente no tenía nada que decir o sugerir y, en caso de
hacerlo, tampoco serviría para nada. Solo intentaba hurtar cuerpo de la corriente que empujaba hacia el
salto en que me esperaba la fucking vida.
Nadie sabía que era escritor. No me hubiesen contratado. Nunca le des un trabajo miserable a un
escritor por mucho que lo merezca. Te puede hacer quedar mal.
Entonces apareció Clifford Sutherland.
Un viejo. A un paso de la jubilación. Canadiense. Llevaba una gorra de béisbol y una camiseta con una
hoja de maple en medio del pecho.
Una mierda de redundancia.
¿Qué hacía un nativo pataleando en la barriga de Frankie Pesto´s a su edad?
Alguien hizo las presentaciones y él saludó moviendo la cabeza.
Clifford no hablaba.
O hablaba poco.
Si un canadiense estaba allí, ¿qué quedaría para un inmigrante?
Clifford salió y apareció en delantal.
Un espejo que me devolvía a la realidad más cruda.
Me reconocí en él y tuve que ir al baño. La hoja de maple que no llevaba encima me quemaba el pecho y
la espalda.
Me habían endosado un compañero de trabajo.
El viejo se movía rápido, como nacido delante de una máquina de fregar con una escoba en la mano.
Tenía miedo de que me desplazara. Clifford hablaba con los cocineros, jamás conmigo.
No pude evitar los pensamientos mezquinos. Los suyos lo preferían. Clifford preparaba ensaladas.
Abría latas de tomates. Cortaba ajíes...
En secreto competía con Clifford.
Llegaba antes que él.
Me iba después.
Fregaba más rápido.
Buceaba entre las lonchas de pollo mordisqueadas, los aros de cebolla, las serpientes de espaguetis.
Cambiaba el agua de la limpieza.
Pero no lograba aventajarlo.
No pensaba de modo mezquino.
Actuaba de modo mezquino.
Comíamos.
Trabajábamos.
Sin dirigirnos la palabra.
Lo espiaba de reojo. Como ya no escribía, no me inspiraba nada. Estaba de regreso a la barraca de todos
y lo despreciaba a secas. Pero de escritor me quedaba la mirada…
¿En qué cama dormiría Clifford Sutherland?
¿Qué mujer o cosa lo acompañaría?
¿Cómo habría sido su vida?
Todo eso en silencio… El viejo no hablaba o hablaba poco. Y mi inglés era una caricatura de lo que los
niños aprenden en Cuba en la escuela secundaria.
La cronología de mis diálogos con Clifford es demasiado escuálida.
“I´m from Cuba…”, le dije en una ocasión en que sacábamos la basura.
No se dio por enterado.
Lo repetí tres veces.
Movió sus hombros.
No tenía idea de qué le hablaba o no entendía mi inglés.
“Compay Segundo… Buenavista Social Club”, fue lo otro que me vino a la cabeza.
Clifford me miró imperturbable. Aún así me pareció que intentaba desentrañar en qué idioma le
hablaban.
“Fidel Castro”, insistí.
Por fin hizo un gesto de entendimiento. Clifford no sabía quién era Compay Segundo y quizás había
oído hablar de Fidel Castro.
Una noche, comíamos junto a los estantes del almacén. Clifford miró mi plato y asintió. Mi comida le
parecía buena. Miré la suya: espaguetis, las mismas serpientes que luego iban a parar al fregadero. Un
asco… Para la fecha odiaba la comida italiana. Sin embargo, había aprendido a ser más cortés de lo
necesario.
“I like your food”, mentí deseándole que nunca más apareciera.
En lugar de responderme, mi compañero mordió con fuerza. Las pequeñas culebras colgaban de su
boca.
Reparé en su gorra. En uno de sus laterales tenía estampado un guante y una pelota de béisbol.
“Do you like baseball?”, le pregunté seguro de que había encontrado un tema de reconocimiento
mutuo.
Clifford movió la cabeza en señal de que no, el béisbol no le interesaba para nada.
Esa fue la última vez que le pregunté algo.
En dos meses quedé agotado de mi duelo secreto. No me importó más Clifford Sutherland. Los dos
trotábamos en el lugar sin remedio ni esperanza, mientras los cocineros les miraban el culo a las
camareras.
Lo único que me interesaba era abandonar aquel lugar de verbos terribles, ordinarios. Dar un paso hacia
adelante en la escala evolutiva de mi nuevo país. Me resignaba a no escribir, no a ser arrastrado por la
corriente. Y Clifford volvió a ser lo que fue la primera tarde: un espejo, delantal y gorra de pelotero
incluidos.
Aun sin hablarnos, y mirándolo con los ojos del oficio más solitario del mundo, un sentimiento
asquerosamente humano hacia Clifford me embargó por primera vez: sentí lástima por él…
¿Quién era para sentir lástima por alguien, no importaba que un viejo?
¿Cuántos metros de ventaja le llevaba en el trote en el lugar?
Podía verlo atrapado entre los tentáculos de calamar en las profundidades del fregadero, justo en el
instante en que yo pasearía por la Bloor Street mirando las vitrinas de las tiendas de sexo y los anuncios
de bares y cafés.
Quise estar lejos de Clifford.
Lejos de Frankie Pesto´s.
Comencé a buscar otros empleos.
Hasta que sucedió lo que jamás imaginé.
Clifford Sutherland escapó... Primero… No hubo despedidas. El día que en abandonó el restaurante,
sonreía con la misma falta de recato con que usaba una camiseta con la hoja de maple en medio del
pecho.
¿Adónde?
No tuve el valor de indagar…
Y sospeché que el viejo era un hombre feliz.
Regresé a la soledad en el reino de los fregaderos.
Clifford me había derrotado.
Llegó el invierno.
En las noches caminaba bajo la nevada y veía a los jóvenes patinar en la pista del City Hall, sin
importarles la hora ni el frío. Supe lo que eran madrugadas de resplandor amarillento y espectral.
Ningún empleo apareció.
Estuve conforme y no volví a pensar en Clifford Sutherland.
Pero el trabajo y el invierno vencieron mis rodillas. Artritis es una palabra dolorosa, de sonido seco y
quebradizo. Así fue como acabé en un gimnasio.
Allí, rodeado de escombros, miraba a mi alrededor. Ninguno de aquellos tipos envejecía con dignidad.
Las barrigas caían ocultando los miembros, anunciándoles a sus dueños que era demasiado tarde.
¿Dónde estaba la esperanza de los anuncios televisivos?
Al final de cada jornada veía mi panza asomar a la zona de peligro. Luego me frotaba las rodillas. La
carne ajena era como páginas escritas… En ellas podía leer la vida de sus dueños.
Entonces lo vi una tarde…
Un cuerpo demasiado hermoso para ser el de un viejo.
De espaldas entre los deshechos.
Sus músculos revelaban una energía apresada, tenaz.
Se dio la vuelta…
Bajo el abdomen no caía el miembro de un viejo. La pinga de Clifford Sutherland se parecía a la de mi
hijo de quince años. Una ola de vergüenza me retuvo sobre el banco.
Su pinga…
Esa noche se lo contaría a mi esposa. Ella se excitaría, haríamos el amor y después lloraría.
Bajito…
Nada más…
De pronto Clifford me reconoció y vino hacia mí.
Me puse de pie.
Encueros.
La dignidad y la derrota.
Sonriente. Como un niño que oculta algo malicioso e inocente.
“Can I go to Cuba by car?”, preguntó.
También sonreí.
Clifford Sutherland iba delante.
…y la corriente tiró un poco más hacia la vida que ya saben.