La salsa de la vida
por Guillermo Rose
Difícil el asunto amistad. Difícil saber si los amigos adquiridos en el trabajo tienen algún interés laboral al acercarse a nosotros. Difícil saber si estas personas que conocimos en una fiesta reciente pueden tener algún otro interés que no sea simplemente el de ser amigos, el de compartir penas y alegrías.
La vida enseña que a medida que avanzamos en edad es cada vez más difícil entablar amistades en las que podamos confiar ciegamente. Y es que a medida que escalamos posiciones sociales o económicas, no es nada fácil saber si se nos acercan solamente por nuestra personalidad.
Y nosotros necesitamos y queremos tener más amigos con los que compartir alegrías y tristezas, risas y lágrimas. Y no sabemos si nuestra entrega es correspondida igualmente con total desinterés.
Es pues fácil, siguiendo este razonamiento, saber que los amigos que forjamos en nuestra niñez y juventud, cuando aún no éramos ni nada, ni nadie, son verdaderos amigos.
Conocí a los Sotomayor, Lolo y la Nena, un poco mayores que yo, cuando nací. Eran nuestros vecinos en la cuadra cinco de Húsares de Junín, en Jesús María, en Lima. Esa cuadra donde años más tarde en la esquina se construiría el Súper Market número 5, esa cuadra donde en la esquina del frente estaba la mejor panadería del mundo de propiedad de unos japoneses que nunca sonreían, una cuadra por la que los domingos pasaban decenas de chicas y muchachos camino a la matinée del cine Mariátegui, una cuadra con dos quintas, una que separaba las casas de los Sotomayor de la nuestra -donde vivía Fico Rojas quien de muchacho manejaría una Gilera, la motocicleta más hermosa del mundo-, y otra quinta al lado opuesto donde más tarde me hice de amigos como los Galindo y Pepe Cipolla. En la esquina con Huiracocha estaba la bodega de Don Pablo, donde me contó mi madre que cuando yo bebe, ella iba a comprar, don Pablo me pesaba en la misma balanza donde pesaba el azúcar, la harina y todo lo que vendía. Un barrio tranquilo de clase media emprendedora, de chicos y chicas que iban a colegios como el San Agustín, el San Andrés, el San Isidro, el San José de Cluny.
Como desde muy niño no había papá en mi casa y mi mamá trabajaba -ella era la Secretaria del Secretario General de la Cámara Algodonera del Perú-, me criaba y cuidaba mi abuela, ¨la señora Lucha¨, a quien, si encuentro inspiración y técnica convertiré algún día en personaje de una novela. Es que mi abuela era una señora de carácter.
Con los Sotomayor nos unió una amistad de la cuna, y dado que no había figura paterna en mi casa hasta que mi madre se casó cuando yo tenía diez años, yo lo comencé a llamar Papá Lorenzo y a su esposa Tía Elvira, mientras que la abuela de ellos era la Mamama. Dada la cercanía de nuestros hogares y los puentes de comunicación visibles entre las casas que eran los balcones que daban a la calle y las dos ventanas frente a frente sobre la quinta, nos veíamos todos los días con mucha facilidad. Como mi abuela se quejaba con mi madre de que a veces yo no quería tomar la sopa, a mi mamá no se le ocurrió mejor idea que pedirle a mi Papá Lorenzo, que no era otro que don Lorenzo Humberto Sotomayor (sí pues, el gran autor de valses criollos, entre ellos ¨Corazón¨) que, si mi abuela se lo solicitaba desde el comedor nuestro, él me pegara un grito para que yo obedeciera y tomara mi sopa. Mientras que yo solamente lo había visto tomando desayuno en su comedor y sentado frente al piano de la sala, la primera vez que ocurrió el grito fue tan real que me tragué la sopa sin respirar. Pasó algunas veces más. Ya grande comprendí que le habían pedido jugar un rol que no iba con su verdadera personalidad, un hombre afable, trabajador y un artista inigualable del piano y la composición musical.
Mi Papá Lorenzo ? fue padrino artístico de Jesús Vásquez, la primera en interpretar brillantemente el inolvidable vals ¨Corazón¨. Ahora podemos disfrutar de la gran cantante Lucía de la Cruz, también brillante intérprete de los valses de Lorenzo Humberto, entre ellos ¨Si me amaras¨.
A mediados de los años 40, cuando gobernaba Bustamante y Rivero, formó el grupo Los Chalanes del Perú, considerado por muchos el mejor conjunto criollo de esa época. Pero esta columna no le va a hacer justicia al gran valor artístico y su influencia en la música criolla peruana ya que ese no es el tema acá.
Mi Papá Lorenzo nos dejó en julio de 2008 para acompañar a mi Tía Elvira que se nos fue más temprano, en 1999. Mi madre, que vivió sus últimos años en Toronto, sin poder ir de visita a Lima, lloró mucho la partida de mi Tía Elvira, a quien siempre llamó ¨mi hermana¨.
Entonces, esa amistad que comienza con el mero nacimiento, que se estrecha con la niñez cercana, pared de por medio, que se profundiza con la juventud compartida, es más fuerte que cualquier otra que podamos forjar de adultos, es una hermandad, es un parentesco humano tan o más estrecho a veces que el que produce la misma sangre.
Por suerte, ya pasadas seis décadas desde que nos conocimos, cada vez que voy a Lima me encuentro con mis hermanos Lolo y Nena, y compartimos recuerdos y hablamos de nuestros planes futuros, tal como lo hacíamos de muchachos en la cuadra cinco de Húsares de Junín.
Cuadra Cinco de Húsares de Junín
©Guillermo Rose
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