La mujer está de cara a la pared, cortando el pan en el mostrador de la cocina mientras el marido
ronda inquieto alrededor, buscando impaciente las palabras más certeras para el ataque.
También ella busca la magia de las palabras (el poder) en un camino inverso; palabras que le
sirvan para construir un muro de carne y hierro que la aísle de todo. No basta con esquivar la
cara, demorándose adrede cortando el pan, la maldita marraqueta que no es como el caballo del
diablo que se alarga y se alarga para montar a más incautos en su viaje al infierno. Devuelve a la
panera el cabo más tostado que había cortado con la intención de echárselo a la boca. Imposible
disociar insultos y pan fresco crujiendo entre los dientes, pero ahora no puede gastar energía en
asociaciones de una vida anterior. La mente la traiciona regresando por cuenta propia a los
encantamientos de la niñez que poco le sirven ahora: “con dos te veo, con dos te ato y el corazón
te parto”. Las manos parecen acariciar el pan rogando perdón por tener que enterrarle la
cuchilla. Que se siente el hombre de una vez y que quizás la mire. Maldita sea. Tendrían que ser
otros los ojos capaces de atravesar el pellejo de la mujer y llegar hasta ese fondo dañado.

-Qué fue lo que dijiste -insiste él. El fervor de los ojos y el frenesí de la voz indican a las claras
que es una pregunta repetida, que hace rato que espera la respuesta. La mujer parece haberse
cebado con el pan y no da señales de querer hablar hasta que por fin le brotan las palabras a
pesar suyo.

-No me acuerdo qué fue lo que dije, y en todo caso no tiene importancia...

No se atreve a decirle que estaba hablando sola (nada raro este último tiempo). Nunca sabe con
él en qué rincón del planeta la va a hacer aterrizar la verdad, que por lo demás es bastante
simple. Tiene la costumbre de revisar el correo antes de ir a la panadería y así se enteró de un
concurso de cuento que acaban de abrir. Se llama “Nuestra palabra” y eso fue lo que dijo en voz
alta, “nuestra palabra”, sopesando la posibilidad de desenterrar alguno de sus viejos escritos y
tomarse el tiempo de acicalarlo, si es que se atreve a vencer su temor al rechazo, aunque esta
mañana se despertó en pie de guerra. Alguien debe haber echado un ingrediente desconocido a
la olla podrida porque se durmió rezando la mantra de la paz y despertó mascando la semilla de
la rebeldía.

Hace rato que las cosas andan mal entre ellos y el estallido de la noche anterior los dejó
exhaustos a los dos. Él se durmió primero y ella pasó gran parte de la noche en vela, tratando de
poner orden en ese cúmulo de imágenes de personas, lugares y episodios que poblaban su
mente. En un momento de la pelea le pareció haberse salido de su propio cuerpo y se había
quedado pasmada escuchando a la otra pronunciar la palabra “separación”. Mirándolo ahora,
dormido, ya sin la mueca de desazón que le afeaba el rostro, ella se pregunta si de verdad han
crecido en direcciones opuestas en esos ocho años de casados. Se calmó cuando llegó a la
conclusión que no era el caso, que separados o juntos al fin pisarían los mismos senderos. El
problema era ella, por cierto, que había tenido que hacer un rodeo, tomar un desvío para
acercarse por otras vías al mismo camino que él ya llevaba andado. Un simple desfase temporal
que haría lo posible por corregir. Imposible olvidar los años que los vieron caminar por espacios
que iban a la par con el tiempo, desbrozando el terreno donde construirían un hogar para ellos y
para los que buscaran su alero: hijos, amigos, parientes; bípedos o cuadrúpedos. Se prometió
hablarle seriamente de la idea de un hijo; total, ya se acercaba a los treinta. Si tan solo él volviera
a la dulzura del trato de los primeros tiempos que casi le había hecho olvidar los insultos que le
prodigaba el viejo hasta por el crujido del pan en los dientes, las marraquetas que si no eran las
más tostadas de la panadería se enfurecía. Si tan solo dejara de llamarla “inconsciente” y otras
cosas que le hacían daño. Sobre todo, si dejara de culpar a su madre por lo que era o no era y
que, según ella, nada tenía que ver. Rendida, se entregó al sueño que llegó por fin junto con la
imagen de la madre: el brazo que se extiende para ayudar; la cara que sonríe amable y cariñosa.
La otra imagen, la del brazo que se alza con el garrote en la mano, la cara ciega que no tiene otra
meta que pegar, ¿matar?, apareció mucho más tarde cuando ella dormía profundamente. Es más
fácil que confluyan dos astros en el cosmos a que se fundan en una esas dos visiones dispares.

-Fuiste tú la que hablaste de separación anoche, no yo, y ahora me sales con “nuestras palabras”.

-Ah -le dice ella, y vuelve a repetir lo dicho para darse aliento, como si en el tiempo que toma
decir la expresión la mente pudiera encontrar la salvación en alguna remota región del cerebro.

-Quizás pensaba en los votos matrimoniales -miente-, en las palabras que uno dice sin tomarle
realmente el peso. Frases como “palabra de honor”, “cumplir tu palabra”, qué sé yo...También
me parece raro eso de “empeñar la palabra”-continúa esperanzada ante la aparente falta de
reacción.

-No veo qué hay de raro en eso -dice él en un tono más neutro que la hace pensar que la
tormenta se aleja.

-En mis tiempos le llamábamos “la tía rica” a una enorme casa de empeño. “Empeñar” es por
mientras, no por siempre. Cuando estábamos muy pobres mi mamá empeñaba su abrigo de
caracul y después, antes que se venciera el plazo, tenía que pagar y se lo devolvían... -y sigue
contando como si en el contar le fuera la vida aun después de haberse dado cuenta que le erró
de plano, que ha sido ella misma la que ha mencionado palabras que el marido usará como punta
de lanza para hacerle entender el disgusto (la cólera) de los dioses que no perdonan el
atrevimiento de verla trajinando por los caminos del mundo con esa absoluta falta de conciencia,
resistiéndose a habitar ese plano de comprensión donde residen las mentes que cuentan.

Del pan ya no queda más que el cabo y la mujer se aferra a él como se aferra a esa madre que
tendrá que defender en los minutos que siguen. Si la deja ir, si deja que la otra imagen se
posesione de su cabeza perderá el calor de su propio cuerpo y se quedará vacía y fría,
sumergida en el vacío de la muerte.

La voz monótona y acusadora le llega de cerca. Está parado justo detrás de la mujer, casi
rozándole el cuello con su aliento, y ella sabe que no va a cejar hasta hacerle volver la cara, hasta
verle los ojos para asegurarse de haber llegado al blanco. Las palabras caen ahora en el mismo
lugar, no la gota que termina por horadar la montaña sino el chorro que pone una cortina en los
ojos y oscurece el camino. Ella siente tambalear ese muro de hierro y carne que se ha ido
construyendo. Cierra los ojos para concentrarse en la mantra de la paz que la va a salvar o
impedir que siga avanzando gradual y peligrosamente por el camino en el que la han ido guiando
las palabras de él.

Hace rato que se acabó la marraqueta y los trocitos cortados parecen dormidos en la panera
esperando que alguien los despierte. Con el borde del mostrador contra la piel, la mujer parece
haber perdido solidez y mira con ojos vacíos el reducido espacio que tiene frente a sí. Se echa a
la boca uno de los cachitos tostados de la marraqueta que le gustan tanto y por primera vez no
ocurre lo de siempre, no se enfrenta a la lluvia de insultos del padre con el primer crujido del pan
fresco en los dientes sino con el todopoderoso brazo de la madre. Es ella la que derriba el muro
ya insostenible que después de todo no era de hierro y carne sino de encantamientos y
nomenclaturas cabalísticas.

Todavía vuelta a la pared, a sus espaldas la lluvia de palabras sigue calando cada vez más hondo
y en sus manos sin pan, el cuchillo reluce con toda la fuerza de su inconsciencia.




Primer Premio V Concurso “NUESTRA PALABRA” 2008
por Gabriela Etcheverry
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