Yoel Isaac Díaz León obtuvo el Primer Premio del concurso este año, usando el seudónimo Old Man, con el cuento “Miedo viejo”. Nacido en Cuba, Yoel vive en Toronto desde Noviembre de 2004.

      En 1998 se graduó en Ingeniería Química de la Universidad Central de las Villas, en Santa Clara, Cuba. Obtuvo un Premio en el Encuentro Debate Provincial de Talleres Literarios Villa Clara. Cuba. Fue finalista del Concurso de Narrativa Joven Reina del Mar, Editores. Cienfuegos en Cuba el año 2003. Egresó del Curso Taller de Técnicas Narrativas, del Centro de Formación Literaria Onelio Jorge Cardoso en La Habana, en 2004. Ese mismo año obtuvo una Mención en el Concurso César Galeano, también de La Habana.



***
      Otra vez he estado a unas cuadras de la casa de mis amigos, cerca de la Calzada de Infanta. Otra vez no he llegado a verlos. Uno de ellos ya cumplió 65 años; el otro 68. Cada diciembre cuando regreso a la Habana siento el impulso de pasar a saludarlos, pero en el último momento no voy más lejos de la parada del ómnibus. Allí me quedo mientras mi mirada sigue la calzada hasta San Miguel, derecha, izquierda, luego derecha de nuevo. Me detengo ante el edificio y miro hacia arriba. Subo las escaleras y toco la puerta.

      Uno de los dos abre. El otro está sentado en el butacón de la sala y se levanta al verme. Ambos me abrazan. Amigos..., es tan bueno verlos bien. Me emociona la manera sencilla en que me quieren. Sé de sus miserias, de sus luchas y golpes bajos por sobrevivir en este mundo hostil. De cierta forma me alegra encontrar aún en ellos esa reserva de maldad imprescindible, subyacente y algo ingenua, que esgrimen ante mí como carta de triunfo. En otro tiempo yo también pude ser víctima de su mala fe y sus jugarretas, pero acaso logré hechizarlos con mi forma y me gané su cariño, casi ajeno al mundo existente de la puerta para afuera. Mi victoria me hizo amarlos.

      Me invitan a almorzar y acepto, aún cuando sus calduchos me dan asco, sospecho de los vasos en que me brindan el agua, también sospechosa y no me fío del olor que sale del fregadero. Pero por nada del mundo rehusaría a darles la felicidad reflejada en sus rostros cuando me sirven y me ven comer a su lado. Nuestras conversaciones son las mismas de siempre: lo inaguantable de la situación y la conclusión inexorable de que hice bien en irme al menos yo; ellos para qué...
    
     Al terminar el almuerzo me acuesto, en una de las camas. Antes me quito la camisa y los zapatos con ademanes casi pícaros. Cierro los ojos y no me importa sentir mi cuerpo recorrido por sus miradas o la  mano deslizándose por mi espalda mientras me cuentan alguna nimiedad que probablemente ni recuerde luego. Tampoco me importa, desde hace ya mucho tiempo, ese destello de deseo presentible desde el principio. Quizás hasta me alegre de que puedan saciarlo evocando sensaciones ya tenues, imposibles de dominar con la visión de mi cuerpo, joven todavía.
Ya al marcharme reparo en los frascos de medicamentos en la mesita de noche, encima de recetas e indicaciones para análisis. Alcanzo a leer algo sobre la fecha de una  intervención quirúrgica y entonces siento de nuevo esa sensación fría de la que me salva la llegada del ómnibus, que me esfuerzo en tomar. La tensión de la gente, sus groserías y violencias, el calor insoportable dentro de la guagua me hacen olvidarlos mientras viajo.

      ...Pero sólo mientras viajo, en los demás momentos se me hacen una obsesión que llega a aturdirme Agradezco entonces el estado inservible de los teléfonos públicos en esta ciudad, la ausencia de la vecina de enfrente, que por utilizar el suyo me cobra un dólar por cada llamada. Me justifico con la marejada de cosas por hacer en este viaje antes de volver, el poco tiempo, cualquier pretexto es bueno...Luego, mirando el televisor o tirado en la cama, me pregunto por qué.

     Sólo me preguntó y juego a no contestarme. Me resisto a reconocer el miedo. Miedo de llegar a la casa, llamar a la puerta y que uno abra y el otro no esté en el butacón. Miedo de que nadie abra la puerta y en cambio la vecina de al lado me mire misteriosamente y no diga nada. O el miedo mayor. El miedo a llamar por teléfono y que cuando alguien levante el auricular  yo diga, Hola amigos, soy Yoel, estoy aquí otra vez... Y recibir como respuesta el silencio, pesado como los siglos, que apagará mi voz y me hará sentir esa pausa interminable que lo dirá todo.


Miedo Viejo
por Yoel Isaac Díaz León
PRIMER PREMIO en el Concurso de Cuentos nuestra palabra 2005
Google
Auspiciado por:
CONCURSO DE CUENTOS
nuestra palabra
El concurso de cuentos Nuestra Palabra le da la bienvenida a su página web.  -- Desarrollo de la página WEB es cortesía de WEBAmigo.ca 416-756-1550

Desarrollo del sitio WEB es cortesía de: