ALEJANDRO SARAVIA, autor boliviano-canadiense, reside en Brossard, provincia de Québec. Nació en
Cochabamba, Bolivia. Hizo algunos estudios en comunicación en la Universidad Católica de La Paz, literatura
en la Universidad Mayor de San Andrés (La Paz) y en las universidades de Ottawa y Montreal (Canadá).
Actualmente trabaja como periodista en Montreal. Entre sus obras publicadas se encuentran la novela Rojo,
amarillo y verde, (Ediciones La Enana Blanca, Artifact Press)y los textos de poesía Habitante del décimo
territorio, Oilixes helizados ( Editorial Artifact Press) y La brújula desencadenada y Ejercicio de serpientes,
(Editorial Hispanos), ambas de Toronto. En mayo de 2008 presentó en Vancouver su más reciente libro: Lettres
de Nootka (Ediciones La Enana Blanca, Artifact Press).Sus textos han sido publicados en diversos periódicos y
revistas de Canadá. Obtuvo una mención honrosa en el II Concurso Iberoamericano de Poesía Neruda 100
años 1904 - 2004, realizado en Temuco-Chile. También ha participado en el concurso de cuentos Nuestra
Palabra. Su cuento La orureña recibió el tercer premio en 2006.

Sus cuentos y poesías también forman parte de antologías como Retrato de una nube Primera antología del
cuento hispano-canadiense (Editorial Lugar Común, Ottawa, 2008) y Boreal: Antología de Poesía
Latinoamericana en Canadá. (Verbum Veritas, La Cita Trunca, 2002).

Alejandro Saravia ha participado en presentaciones públicas en Toronto, Ottawa, Montreal y La Habana.
Actualmente forma parte del comité editorial de la revista montrealense Apostles Review, dedicada a presentar
la literatura latino-canadiense expresada en español, además de las lenguas oficiales del país.



***

         El día en que cumplió diez años su padre le regaló una escopeta. Aim… steady… hold it steady… le susurraba su voz ronca mientras el niño de ojos aterrados apuntaba con el alza y la mira al pelaje de una nerviosa liebre a la distancia. Veinte años más tarde todavía recuerda, claramente, el aroma de la pólvora tras el golpe de la culata, pero ya no quedan liebres en los parajes de su infancia. Desde su polvorienta granja se puede ver a la distancia un grisáceo río. Si uno esfuerza la mirada, se pueden divisar las casas, las calles al otro lado de la frontera. Cada domingo el reloj le despierta a las dos de la madrugada. Esa es su hora más generosa. Se levanta a oscuras y sale a la veranda de su granja. El aire huele a cueva húmeda, a humo. Al otro lado del río se ven las luces que parpadean en las esquinas del pueblo. A esa hora el río es una serpiente negra. El hombre conoce de memoria los pasos que hay que dar, los movimientos que hay que hacer en los cuartos oscuros de su casa para encontrar el armario exacto de donde saca un fusil dormido en su funda. Le coloca la mira telescópica infrarroja. Acaricia el largo cañón, la nitidez de la culata y siente, reconfortado, el olor del lubricante. Atornilla el arma sobre un trípode que ahora mira al río. Solamente por el ojo del telescopio se pueden ver a veces los movimientos intempestivos de algún roedor que avanza y se detiene entre los arbustos a la distancia. Coloca un proyectil en la recámara del arma y espera. A veces espera y espera y llega el fulgor de la mañana que lo sorprende dormido, sentado frente al trípode. A veces, a la media hora de estar sentado puede detectar entre la oscuridad el contorno térmico, el fulgor jade de cuerpos en movimiento, avanzando por el borde al otro lado del río y siente que de golpe se le acumula saliva en la garganta. A veces es tal el caballaje de sus latidos que no le dejan escuchar los ruidos de la madrugada. Por la mira puede ver que aquellos cuerpos se detienen a ratos. La talla es siempre diferente. Es difícil saber si lo que se mueve es un hombre o una mujer, esto porque la distancia es enorme entre el cañon de su fusil y el cuerpo que se mueve al otro lado de la ribera. Pero su arma es potente. Ha aprendido cómo escoger su blanco entre los halos verdes que avanzan cautelosamente. Escoge el cuerpo más grande, el más tanteador del terreno. Entonces lo sigue con la mira. Espera y espera. En algún momento tendrá que detenerse para medir la fuerza de las aguas antes de animarse a vadearlas. Ese es el momento preciso. Son liebres, se dice escuchando en silencio la voz de su padre. En ese mínimo segundo el hombre aprieta el gatillo. Hay un fulgor breve que ilumina el perfil de su rostro, las columnas de la veranda. La fuerza del disparo hace temblar al arma y se pierde de vista el halo térmico del blanco. Mira de nuevo por el ojo telescópico, atento. Encuentra que el fulgor del cuerpo apuntado ha caído al agua y puede ver a veces los manotazos inútiles mientras lo arrastra la corriente. Puede ver cómo otras formas, esta vez agitadas, cayéndose, levantándose, corren por ese lado de la ribera, ya sin cuidarse del sigilo, siguiendo al cuerpo que se hunde y se levanta. A veces puede escuchar débilmente gritos a la distancia. Esos perfiles de cuerpos grandes y pequeños siguen por un rato al cuerpo inmóvil que las aguas se llevan flotando. Siente la tentación de recargar su arma y disparar de nuevo, pero se contiene. Mejor no exagerar, se dice, mientras observa cómo los cuerpos van retrocediendo paulatinamente por el camino recorrido hasta perderse por las calles temblorosas al otro lado del río. A veces, por un instante, a esa hora el viento suele traer una ráfaga de olor a frituras, una desgajada música de mariachis que se desvanece en el aire de la madrugada.



SEGUNDO PREMIO V Concurso “NUESTRA PALABRA” 2008
por Alejandro Saravia
Madrugada en la Mira
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