Llegamos a Lima el 6 de enero -estilo misma bajada de reyes- vía Air Canada, golpe de once y
media de la noche. Había tal cantidad de recién llegados que supongo que al mismo tiempo
llegaron unos diez aviones más con los peruvianensis extranjeris deseosos de pasar algún
tiempito en la Ciudad de los Reyes, así llamada no tengo idea de porqué ya que acá (escribo
este artículo desde Lima) no hay ni vivió nunca, ningún rey, a menos que se refieran al Rey de
la Papa o al Rey de la Cojinova. Los que gobernaban acá más bien eran unos jijunas llamado
los virreyes, entonces mejor le hubieran puesto a Lima la Ciudad de los Virreyes, pero bué.
La novedad nuestra es que la Bebe, mi esposa, desde hace más de un año ha sido
diagnosticada con una enfermedad fregada, por lo que no puede caminar bien, vinimos con un
andador (walker, para los que ya tienen algún tiempo en Canadá y se hacen los cojudos, como
que no entienden castellano), lo cual nos permitió hacer la colita especial junto con la gente con
chicos, una pareja de viejitos y un grandulón que aducía que le habían dicho que tenía que usar
la colita de los discapacitados.
Pasamos inmigración, nada especial ahí, la que nos atendió presentaba como el resto de sus
colegas funcionarios un uniforme marrón y su correspondiente cara de poto en la parte de
arriba.
Caminamos hacia las maletas. Esperamos, esperamos y esperamos hasta que fueron
apareciendo nuestras cuatro maletas que son fáciles de reconocer, una es chica, verde, cargada
de remedios para los parientes de la Bebe, remedios que hay en Lima, pero que le habían dicho
que “allá en Canadá son más baratos”, claro cómo no van a ser más baratos si los pago yo y la
Bebe después no les quiere cobrar nada; la segunda, una roja grandota de Air Canada; la
tercera que acabamos de comprar, dura, gris y con dos compartimientos que la Bebe llenó con
juguetes y con ropa usada; finalmente la cuarta, la espectacular maleta que le llamo La Tigresa
del Oriente porque parece que hubieran usado un pellejo de leoparda en celo para el forro.
Cargamos con todo en uno de esos carritos, la Bebe agarró su andador con firmeza y nos
enrumbamos a la aduana. Antes de llegar allí te hacen apretar un botón que prende una luz roja
o verde. Si sale verde no te revisan las maletas, si sale rojo te las escanean y revisan. No sé
para qué la Bebe aprieta el botón cuando de hecho nos va a salir rojo, siempre nos sale de ese
color. El problema es que para escanear las rejodidas maletas, uno mismo tiene que ponerlas
en la franja que es un rodillo en el suelo, en una posición decúbito ventral para que el comodón
del revisador, que está sentadote frente a una pantalla, pueda ver bien el interior de las maletas.
Tuve pues que sacar cada una de las cuatro maletas del carrito y ponerlas en la franja, junto con
mi maletín de mano. Menos mal que un muchacho uniformado vio mis esfuerzos y me ayudó
con la descargada y vuelta a cargar de los maletones que después de haber salido de mi casita
en Toronto rumbo al aeropuerto a las doce y cuarto del día, haber viajado unas ocho horas
confinado a un asientito hecho para personas más chicas y mucho más jóvenes que yo, después
de haber hecho la rejodida colita en Inmigración, haber recogido y puesto en el carrito las
maletotas incluida la de la Tigresa del Oriente que la Bebe había puesto ladrillos adentro, y
después de colocarlas en la franja en cola, a eso de la una y media de la mañana, me
provocaba tirarme al suelo y morir aquí en suelo peruano, celebrando lo que cuando vivía en el
Perú siempre hice desde chiquito: cola. Cola para entrar al salón del colegio, cola para hacer la
primera confesión, cola para hacer la Primera Comunión, para entrar al cine, cola para
comprar leche para los chicos cuando no había en la época de los milicos, cola para comprar
entradas para el fútbol, cola para entrar al estadio, cola para salir del estadio, cola de carros
para entrar al Cinco y Medio después del almuerzo de Navidad en el Banco, cola para la
inscripción al servicio militar obligatorio, cola para la reinscripción cuando el General Velasco
casi casi le hace la guerra a los chilenos para recuperar Arica. Nos pasamos la vida hacienda
colas en el Perú, llegamos a Canadá y la misma hueva, solo que allá en inglés, nos ponemos en
"line".
Se compadeció el revisador y nos dejó salir.
Nos esperaban sonrientes el gordito de mi cuñado, y mi sobrino para llevarnos a nuestro
alojamiento. Hemos alquilado una partecita de una casa que “tiene todas sus comodidades”.
Llegamos ahí más muertos que vivos, pero completitos y contentos de estar en Lima otra vez.