por Erika Brett
TERCER PREMIO
VII CONCURSO DE CUENTOS NUESTRA PALABRA 2010
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Erika Brett, es venezolana y vive en Toronto, Canadá desde 2004. Es Ingeniero Civil pero descubrió su pasión por las letras recientemente. Escribir en español la mantiene en contacto con sus raíces latinoamericanas. Se define como cuentista y sus relatos "Selva" (2005), "El Presagio del Baúl Invisible" (2006), “Eros Merodea en la Internet" (2006) y “Confieso que he pecado” (2007) han sido merecedores de Menciones Honrosas en prestigiosos concursos literarios hispano canadienses organizados por el Departamento de Estudios Hispánicos de Glendon College (York University) y el Concurso Nuestra Palabra. Es colaboradora de la Revista Cuadernos de La Universidad de Carabobo, Venezuela.
Ha tomado cursos de Escritura Creativa a través de los talleres literarios de la Celebración Cultural del Idioma Español (CCIE) y la Universidad de Toronto.
Malena entrecerró los ojos y con lentitud morbosa acarició el lomo del libro; un simple e inocente libro que no suponía ningún daño para nadie. Sonrió y se le borraron las arrugas de la frente, suavizándole la expresión nostálgica de los ermitaños. Leyó la contraportada. Interesante novela, buenas críticas, posible película. Además, estaba en oferta. Podría comprar dos. O tres. O diez. Se paró frente al estante de la librería y aspiró la humanidad entera contenida en la sabiduría y entretenimiento de los libros. Quiso absorber las historias y aventuras, que fueran de ella misma. Se regodeó en sus ganas de tenerlos todos. Todos. De repente, le cambió el semblante, le sudaron las manos, se le aceleró el corazón, la mirada adquirió un brillo turbado. Miró sobre el hombro como el asesino que se asegura que no tiene testigos. Era el demonio ya conocido que se apoderaba de su cuerpo cuando tocaba algún objeto de su pasión incomprensible, fuese una campana de cristal o una ensaladera de plástico. O un libro. Ese libro. Debo tenerlo, se dijo librando un duelo ya perdido consigo misma. Pagó y llegó a su casa donde lo colocó como en un altar de cajas, junto a trescientos más que había comprado a lo largo de años en ventas de garaje, en tiendas de segunda mano y en la oferta anual de la biblioteca de su pueblo.
Desde niña Malena se escondía en algún rincón de su casa siempre llena de un barullo que la aturdía. En las sombras de algún armario o en el fondo del patio, se refugiaba como una princesa encantada, lejos de los enanos ogros de sus diez hermanos, del dragón de su padre y de la bruja de su madre. Fue construyendo la muralla de su castillo. Un libro, otro más, después una taza sobre una caja sobre un cuadro. Lo que parecía una improvisada casa de muñecas, poco a poco iba sellando a Malena de su vida. Con su porte delicado y sus maneras calladas, mantuvo una imagen normal como para hacer las cosas que hace la gente normal. Creció, se graduó, se casó, tuvo hijos y tuvo secretos. Decoró su casa con buen gusto, pero nadie notaba que todos los días aparecía un florero nuevo, dos carretes de hilo color fucsia, tres ollas de presión. Ni ella se percataba que los cachivaches iban tomando posesión de los espacios, hasta que en ese junio, el perro se enredó con luces de Navidad enmarañadas por toda la sala y en diciembre, un grupo de paraguas de playa descansaba sobre sofá, bajo cajas de vajillas. Como un hongo silencioso que crecía bajo la alfombra, su casa se fue convirtiendo en un tupido atolladero donde se escondían los duendes y fantasmas de los que Malena siempre quiso huir. Los pasillos perdieron su forma y lo que otrora fuera un camino recto hacia las habitaciones, se tornó un sendero sinuoso de espejos y ventanas tapadas. Las rumas fueron desplazando a la gente y el rastro de la gente se llenó de migas de cosas.
Una tarde Malena zigzagueaba entre la montaña de medias sin parear, cuando tocaron el timbre. Con movimientos rápidos, trató de tapar lo que pudo dentro de lo ridículo que suponía esconder lo inescondible. ¿Será Camila? Le había prometido comenzar a purgar un cuarto, como una tarea a pasitos cortos. Nada que se pudiese considerar abrupto o terrible.
?Mamá, un día de estos te encontraremos enterrada entre cachivaches. A cualquiera le da un tétano de respirar este lugar. Así no puedo traerte a los niños? le dijo, más amenaza que consejo. Pero todo es demasiado valioso, pensaba Malena acariciando un florero de cerámica china en forma de pez dorado.
Malena se asomó a la puerta con el pánico que muerde en medio del estómago. Suspiró de alivio al ver a los muchachos que traían otro trofeo en su vida de cazadora de gangas. La cómoda antigua. De paso había comprado pinturas, lija y tiradores nuevos. ¡Ah! Y un libro de cómo pintar y restaurar muebles. Quizás pueda hacer un negocio, pensó. Quince cómodas más tarde, se dio por vencida. Pero todas cómodas ocuparon su lugar de honor en la casa.
Malena entró a su taller de costura donde el surtido de telas haría palidecer de envidia a Calvin Klein. Se preguntó entre risas adónde iría a montar la carpa de circo que podía coser con todas las piezas. Apartó las cincuenta cajas de tinte de pelo para esconderse las canas y llenar su vocación de pelirroja. Apartó los zapatos de invierno y de verano que se amontonaban como esqueletos en el baño, aunque fuese otoño. Finalmente llegó a la cocina e hizo café en una de las diez cafeteras y se lo sirvió en una de las cien tazas de florecitas afiligranadas que tanto le gustaban. Algún día tendría cien invitados y podría servirles café a todos. Complacida de su experticia en gangas, pensó en su libro e hizo una nota mental para leerlo. De repente, una expresión taciturna escondió todo júbilo. Un dejo de melancolía la invadió cuando supo que ya no vería nunca más a aquel libro perdido entre las arenas movedizas de peroles. Pero no era una melancolía pesarosa, ni opresiva: era más bien una tristeza pasiva que obedecía a la certeza de que algún día lo encontraría. Levantó una colcha y encontró lo que no andaba buscando y no podía encontrar aquello que necesitaba en ese instante. Se dio por vencida con lo del libro pero ganada a la idea de comprar una agenda donde anotar el lugar de las cosas. Ya le llegaría la oportunidad de leer aventuras de almas perdidas y encontradas. No es su momento, pensó dándose permiso de pecar.
Terminó su café y puso la taza en el lavaplatos repleto de otras tantas tazas. La casa estaba plagada de un olor de polvo decantado, de minúsculas e infinitas motas de polen viejo que revoloteaban bajo el sol que aun se colaba por alguna rendija. Malena fue recogiendo la tristeza, pero no las blusas amontonadas, sucias, limpias y sin planchar. Ya nadie viene a visitarme, susurró con dolor. ¿Cómo se llevaría todo esto cuando muriera? ¿Quién llenaría su sarcófago de peroles? Tuvo miedo de olvidar los contenidos de las cosas, lo que le podría ser útil en algún momento, las consecuencias catastróficas de no estar preparada, la necesidad de realizar rituales de comprobación y las compulsiones mentales antes de desechar cualquier elemento. Cada salero, cada pañito de cocina, cada tornillo, cada extravagancia echada en los anaqueles tenía el significado de un momento, de una escena de su vida. No quería tocar ni las telarañas.
Pero hoy pasaría el camión de la basura y tenía una promesa con Camila. Un vértigo le recorrió el cuerpo. Metió en una bolsa una maceta con una mata muerta, un cuchillo sin mango, una taza sin asa, una muñeca sin ojos y el plato de comida del gato que se había muerto hace cinco años. Pero se congeló a media distancia entre ella y el bote de la basura. ¿Y si me regalan otro gato? Entró a la casa y cayó abatida en un rincón, mirando un punto vago. Recordó de nuevo el libro y se iluminó con una esperanza renovada. Leer le haría bien. Se levantó con dificultad y buscó con afán. Entre las matas, después en la gaveta de medias. Nada. ¡Ah! La caja que había guardado en la alacena, junto a los guisantes enlatados. Abrió la puerta del armario empotrado y en el fondo vio la caja que buscaba. Entró como se entra a una caverna llena de murciélagos. Los pilares de latas, tazas y libros se bamboleaban sin firmeza, sin soporte. Tropezó con un arsenal de revistas de modas que llegaba al techo y en una reacción en cadena cayeron como castillo de naipes. Las cajas rodaron, desparramando las latas sobre Malena. Lo último que vio antes de desmayarse fue un montón de libros que obstruyó la puerta. Despertó adolorida y apenas podía moverse o respirar. Pensó en morir con sus cosas. Era una de esas historias de las que se pudo haber escrito un libro. Libro. Después de un silencio casi ártico, miró el techo del armario y le dio por reír hasta que la sonrisa se le convirtió en carcajadas. Arrancó la página del libro y la masticó lentamente, asegurando cargar con los cuentos de otros convertidos en propios.
Le encontraron tres días después, el pelo en hilachas apelmazadas, embadurnada en su propia mugre y un libro a medio comer. Sonreía pero sus ojos no veían nada. Parecía haberse olvidado de todo, menos de las tramas que llevaba dentro, abrazada a las trazaduras de papel.
Ahora vive en un cuartucho minimalista en el hospital siquiátrico, que consiste de una cama, una mesa de noche y una sola lámpara. Uno de todo. Pero los cachivaches inventados e invisibles aún le llenan la cabeza despeinada y canosa.
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