Cuando ya nadie esperaba que volviera, cuando ya todos lo daban por muerto, apareció de
repente en la puerta de la casa. Siempre había sido delgado, pero ahora era como si su piel fuera
lo único que le sostenía los huesos en su sitio. Como si en aquel cuerpo suyo no hubiera sangre ni
músculos ni tendones sino sólo esqueleto y pellejo unidos de manera inexplicable. Sus ojos, más
grandes que nunca, se llenaron de lágrimas cuando me vieron, pero yo no lo reconocí. Me asustó
y grité, y mamá estuvo a punto de echarlo pensando que se trataba de un vago; un loco. ¡Cómo
imaginar que era mi tío Co! Si al abrazarlo pude sentir las vértebras de su espalda, los omóplatos
protuberantes como rocas sobre una planicie desierta. Su cuerpo se parecía a la superficie lunar.
Había cráteres, salientes, cambios de textura y tonos como de otro mundo. Vestía una muy ligera
camisa de algodón con trazas de sangre y suciedad, y su piel estaba fría. Húmeda y fría, como de
rana. El sol iba a ponerse pronto, hacía viento, pero el cabello no se le mecía aunque lo golpeara
la brisa. ¿Qué te hicieron? No pude preguntar. Las palabras se me quedaron anudadas en el
estómago, hechas maraña con la angustia. Pensé que perdería el equilibrio, que se derrumbaría;
no me explicaba cómo podían sostenerlo esos pies cuyos huesillos parecían competir entre sí para
ver quién destacaba más.
El tío Co era poeta. Me había dicho mi madre que desde que era niño se la pasaba buscándoles
palabras nuevas a la belleza y al miedo, y que más que crear rimas parecía encontrarlas por ahí,
en el momento justo. Cuando entró a la escuela, la maestra de inmediato supo que nunca volvería
a tener un alumno como Co, y convenció a los abuelos de que lo dejaran sumergirse entre las
páginas de todos los libros imaginables. Enfermizo y esmirriado como era, a la abuela le pareció
prudente, y mientras mamá ayudaba en casa, Co leía. Llevaba siempre consigo un cuaderno en
cuyas páginas aprovechó hasta el último espacio para ensayar metáforas. Lo sé porque tengo ese
cuaderno, el primero. Los demás los quemaron el día que vinieron a arrestarlo, pero ése yo ya lo
había guardado debajo de una tabla suelta bajo mi cama. No me cansaba de verlo, de adivinar los
estados de ánimo delatados por su caligrafía, de admirar cómo fue navegando por el lenguaje
como quien pasa de un río furioso a aguas mansas y llega al mar. Lo sé porque cuando el tío Co
se dio cuenta de que mis manos eran torpes para todo menos para sostener una pluma y crear
con ella mundos que giraban como los suyos, me hizo su aprendiz. Hasta que se lo llevaron. Yo
tenía nueve años, y lloré casi a diario porque la misma noche en que lo perdí a él, en el fuego
murieron sus cuadernos y los míos, y todos los libros que había prometido permitirme leer cuando
fuera mayor. Quedó la cicatriz sobre las lozas al centro del patio. Estantes vacíos, repisas rotas
que papá no se atrevió a reparar, y que desechamos con la basura en los días que siguieron.
Nadie me había explicado que los poemas del tío Co eran un arma considerada peligrosa. ¿Quién
lo iba a suponer? Los extranjeros que venían a visitarlo siempre lo elogiaban, se llevaban sus
escritos para imprimirlos incluso en lenguas que no entendíamos, y a veces le pedían que fuera con
ellos de viaje. Cuando tío Co aceptaba, mi única consolación era saber que volvería con libros e
historias nuevas. Hasta que vinieron los soldados y revolvieron la casa entera, y echaron al fuego
todo lo de papel y tinta, y al llevarse a Co dejaron mudas mis manos y mis tardes.
Papá fue a buscar al tío Co a cárceles y hospitales, pero fue inútil. Mamá terminó por alegrarse
de que los abuelos no vivieran más; de que no padecieran la angustia de no saber qué había
pasado. Después de meses de hacer preguntas, de ir de una oficina a otra siempre en vano, mis
padres desistieron. Me di cuenta de que les daba miedo hablar de Co, pero luego el miedo se fue
transformando en olvido o en costumbre, porque pasaron cientos de días sin preguntas ni llantos
hasta la tarde en que volvió.
Al entrar en la casa, el tío Co pidió una taza de té, pero en vez de sentarse se quedó en pie,
observando la habitación detenidamente, y luego mirándonos a todos, uno por uno; a mamá, a
papá, a mí -especialmente a mí -,sin prisa, como si nos bebiera con la mirada. Había perdido
varios dientes, otros se le habían podrido, pero la sonrisa franca que estalló en su rostro nos llenó
de curiosidad.
-¿De qué te ríes? -preguntó mi madre, queriendo reír con él a pesar del llanto que la había
sobrecogido. Sus ojos cambiaron en un instante y conocí fugazmente la mirada de la niña que
había crecido con Co, y que se alegraba de tenerlo de vuelta en las condiciones que fuera, pero
vivo.
-Me río de lo bien que me acordaba de sus narices y sus voces y los colores de este cuarto...
Ninguno entendió lo que quiso decir, pero igual sonreímos. Entonces mamá le ayudó a sentarse
en el sillón. Su piel de rana se estiró en vez de rasgarse, como yo esperaba que sucediera, y mi tío
procedió a sorber el té en silencio. Nosotros no dejábamos de mirarlo. Estábamos ansiosos de
hacerle una avalancha de preguntas, pero no nos atrevimos. Por fin, después de un rato, el tío Co
señaló la taza que sostenía entre los dedos, y nos dijo:
-Me tuvieron en un lugar tan oscuro que no podía ver ni siquiera el borde de una taza como ésta.
No supimos qué decir, cómo responder, hasta que tuve un impulso y fui a traerle papel blanco y
una pluma. Tío Co tomó la pluma entre los dedos como si dudara de su existencia primero, y
después como si hubiera olvidado para qué servía. Estuvo mirándola y acariciándola antes de
acercarla al papel. Cuando quiso escribir, el pulso lo traicionó y no pudo redondear ni una letra.
El dolor que se condensó en su rostro y lo deformó de golpe dijo todo acerca de lo que había
sufrido.
Transcurrieron varias semanas antes de que tío Co recuperara las fuerzas y me pidiera que lo
ayudara a escribir. Así fue como supe que, para sobrellevar su encierro, se consoló evocando los
rasgos de cada persona que había conocido. Y que se había hecho la promesa, si sobrevivía y era
libre de nuevo, de escribir un poema sobre cada ser humano que había cruzado su camino, o que
conociera en el futuro. Un poema, por ejemplo, sobre la señora que reparaba zapatos usados. Yo
conocía perfectamente sus trenzas plateadas y el olor avinagrado de las cortinas de su local y de
su ropa, pero el tío Co me reveló la textura rugosa de sus manos y la curva de su espalda de una
forma en que jamás habría podido verlas. Otro poema sobre el día en que sintió un leve rayo de
sol colarse hacia su celda, que daba al norte y era muy fría; la oscuridad cotidiana se hizo más
cruel tras aquella fugaz caricia de luz. Otros, los más, sobre quienes había escuchado gritar en la
cárcel, y cuyos rostros no conoció. A veces me hacía llorar tardes enteras, pero él insistía, nada
de lágrimas, mi niña, escribe; escribamos…
Trabajamos juntos, en secreto, cuando yo volvía de la escuela y él de sus caminatas por el barrio.
Si alguien le preguntaba por su poesía, él mostraba sus dedos torpes. Ya nadie lo creía peligroso.
Tuvimos cuidado. Y para evitar que sucediera lo de la última vez, y destruyeran lo nuestro, fui
escondiendo cada folio bajo la misma tabla que protegió el viejo cuaderno. Sabíamos que no se
podría hacer nada con los poemas hasta que cayera el régimen, pero eso no nos desanimó nunca.
Son más de mil las vidas que el tío Co dejó cantadas por su voz y mi puño y la tinta que
compartimos durante mi adolescencia. Más de mil las hojas que sobrevivieron escondidas. Y
ahora que nuestro país por fin es libre, es justo también rescatar sus versos de su larga prisión. A
tío Co le habría gustado tanto este libro… Por eso me encuentro aquí hoy, en lugar suyo -yo, que
todo lo aprendí de él-, y aquí están estas Mil Vidas para exigir justicia como sólo la poesía sabe;
para hablar por los que fueron condenados a la oscuridad o asesinados, y darle aliento a los
recuerdos que nos salvaron, a él de la locura, y a su gente del olvido.
MARTHA BÁTIZ, residente de Richmond Hill, Ontario es una escritora mexicano-
canadiense que realiza estudios de Doctorado en la Universidad de Toronto. Es autora de
varios cuentos y una novela “Boca de lobo”, finalista en el Premio Internacional de Novela
2007, organizado por la Casa de Teatro de República Dominicana. Nació en México,
colaborando en varias revistas y diarios de su país a los 23 años. El Instituto Nacional de
Bellas Artes le otorgó una beca en narrativa bajo la tutela de Daniel Sada. Estudió
actuación combinando su vida de actriz con la de escritora. En el 95 obtuvo el segundo
lugar en el certamen Internacional de Cuentos Miguel de Unamuno en Salamanca. En 2000
la Editorial Castilla publicó su colección titulada ‘A todos los voy a matar”. Licenciada en
Letras Inglesas de la UNAM y Maestra en Literatura Latinoamericana de la U of T. Martha
ha obtenido muchos premios, incluyendo Menciones honrosas en ‘nuestra palabra’ como la
de 2004 por “Día de plaza”.
En 2007 Editorial Ariadna publicó su libro “La taza de café”, que contiene artículos y
cuentos publicados en el diario mexicano Uno más Uno.
Vive en Richmond Hill con su esposo Edgar y sus hijas gemelas Ivana Inés y Natalia María.