El verano se me escurría por las manos. Ahora se requería una sudadera por las noches que por cierto llegaban más
temprano que las semanas anteriores. Todo era como pasar por un espejo y convertirse en el reflejo o da igual si
viceversa. Verano-No importa-Invierno-No importa-Verano. Un conteo regresivo hacia el invierno y mi etapa más
oscura con pensamientos suicidas día y noche. Como un reto a la imaginación, el cómo y cuándo ponían a prueba mi
ingenio. ¿Dramático o no dramático? Eso no importaba pues ni siquiera me atrevería. Seguiría con esa existencia
pútrida oscurecida aun más por ese miedo de regreso al invierno y consecuentemente su llegada con fecha perentoria a
la vuelta de la esquina.
Creo que fue esa oscuridad en escalada que me llevó a esa esquina en el lado oeste pasando ese hotel en boga.
Merodeando yo como un perro, fue en la última recta que me topé con ella, tan lajeada por la vida con sus senos
caídos y su cara arrugada y sobre maquillada.
Supongo que ella pensó que yo había llegado ahí directamente por ella y se me acercó advirtiéndome los precios y los
servicios que ofrecía. La miré con desconcierto humorístico.
-¿Perdón?
-Sí. Veinte dólares la mamada y setenta la cogida. Cien por las dos pero solo anal. Si me caes bien hago otras cositas
de pilón.
Yo tan solo levanté la ceja a manera de desprecio haciendo que ella se alejara con sus constantes temblores en el
cuerpo y tics con frunciones extrañas del ceño. Pero la curiosidad y algo más me hicieron llamarla de nuevo.
-¡Oye tú!- Ella volteó. - ¿Y qué tal están tus mamadas?
Esa pregunta le iluminó el rostro de una manera que aún no me explico. Tal vez era por el hecho de darle espacio a
comentar en sus habilidades en la profesión del sexo servicio.
-¡Wonderful they are! - me contestó en inglés.
La invité a que se acercara a mí para discutir más a fondo. Todo esto me causaba una sensación de peligro que de una
u otra manera me excitó haciéndome ignorar aquella horrible dentadura y tufo que casi lo llevaban a uno a la
inconsciencia. Nos metimos a uno de los callejones y me desabrocho el pantalón poniéndose ella de rodillas.
En verdad era profesional en la materia. Su estado de intoxicación le impedía simplemente concentrarse en aquel
servicio y cada momento que no tenía su lengua ocupada con mi miembro lo usaba para comentar sobre su vida y su
profesión. A pesar de esas interrupciones el trabajo fue muy bien hecho dejándome pensando sobre si debiera gastar
unos ochenta dólares más y descubrir de qué se trataba aquel pilón, pues según yo sí le caía bien. Al finalizar lo hecho
extendió su mano a mí. Le pase un billete de veinte y uno de diez. Me sonrió y sin siquiera despedirse agarró camino
de vuelta a la calle principal.
-Ayúdame a conseguir un poco de crack.- Le demandé.
Ella detuvo su paso fríamente y volteó a mirarme.
-¡Qué te pasa imbécil! Me ves cara de tonta. Tú consigue tu crack.
Bo entiendo la lógica en estos lugares del bajo mundo pero según yo estábamos en buenísimos términos. Más tarde un
amigo de por aquellos lugares me platicó sobre aquel personaje. Cuenta con más de cincuenta años de edad y se le ha
dado el nombre de puta de dicha calle llena de sorpresas.
Por algún tiempo trabajé en un lugar de comida rápida más hacia el este de donde la conocí. Mis horarios eran los de
las altas horas de la madrugada y algunos cuantos días ella se paseaba por ahí y a veces compraba una botella de agua
inclusive dejándome una buena propina.
Ahí comenzó mi obsesión en su belleza femenina. Era una mujer curtida e imponente dependiendo de qué ángulo se le
observase. No pasaba una noche en aquel trabajo que yo no esperara a que pasara por su botella de agua y me mirara
sin siquiera recordarme. Eso, más que insultarme o agraviarme me hacía más atraído a ella. Una de esas noches
comenzó la obsesión.
Fui diligente al cerrar el local para no enojar al jefe. Después la seguí con cautela. Caminaba kilómetros y kilómetros,
bajamos hacia el sur por un lugar lleno de antiguas destiladoras de whisky, el sol comenzaba a salir y entró en una de
esas fábricas viejas.
Me acerqué tomando las debidas distancias para encontrarme con alrededor de quince otras personas, al parecer la
estaban esperando ahí. Sentía el cansancio de tanto trabajo y poco sueño y el sol naciente me cegaba un poco la vista
más vi que todos ellos se cerraron en un círculo y simplemente se sentaron ahí. ¿Simple tertulia? No lo creo.
En cuestión de minutos más de la mitad se encontraban tirados en el suelo bajo el efecto de algo que a juzgar por sus
rostros, traía mucho placer. Decidí que ahí concluyera mi jornada por el momento. Fui a casa y dormí. Esperando el
invierno.
Las siguientes noches me sentía casi confidente de ella. Tenia identificada toda su rutina que era principalmente
nocturna, logré identificar a sus clientes regulares y demás cosas interesantes. El hecho de que no me reconociera
cada vez que iba al local a comprar su agua pudo haber herido mi orgullo sin embargo encendió aún más aquella llama
en mí. La seguí atrás del Big Bop (club nocturno en Queen y Bathurst) y la vi sacar un enorme miembro de su pantalón
para orinar en la esquina como cualquier hombre lo hubiera hecho. Aquello me hizo considerar algo. Si ella podía
hacer su papel tan bien por qué yo no. ¿Por qué yo no podía ser ella? Tal vez así el invierno se tornaría más
interesante. La decisión estaba hecha, sería yo su victimario.
El lugar de mi fechoría seria aquel parque gigantesco y verde. Ahí donde los jóvenes acudían a fumarse un troncho o
después de las fiestas ya al amanecer. Eso sería un problema. Obviamente nadie debía de ver. Si era paciente y
suertudo coincidiríamos yo y ella ahí alrededor de las tres de la mañana cuando la gente se había ido y antes de que
llegaran más.
Tardó semana y media para que a dicha coincidencia de cuerpos le tocara su turno. Me había vuelto como su sombra
para ese entonces y sabía perfectamente la velocidad de sus pasos, le corté el camino y simplemente disparé el gatillo
en su cabeza. Traté de hacer el menor escándalo posible. El otoño ya estaba sobre nosotros y mi cordura parecía
haber volado como las hojas en esa época. No solo era falta de cordura sino falta de prudencia pues cometí la osadía
de enterrarla ahí mismo como un gesto de respeto a su persona y alma siempre merodeante del lugar. Su cuerpo
estaba ahí abajo unos seis pies desnudo. La peluca, joyas, zapatos y vestido habían sido heredados por mí. La nueva
puta de Queen.
La nieve azotaba mi nueva cara maquillada. Algo que permanecerá como signo de interrogación es el domicilio exacto
de la difunta señorita. Después de meses de seguirla no pude descifrarlo. Al parecer moriré congelado, digo
congelada.
Joan Francisco Matamoros, reside en Toronto. Nació en el fronterizo estado de Chihuahua en México, el 6 de
septiembre de 1988. Vivió en diferentes partes de la república hasta que a los doce años se mudó a la ciudad de
Toronto por razones profesionales y personales de su madre. En Canadá cursó gran parte del Junior High
School y parte del High School. A los dieciséis años regresó a Chihuahua para vivir con su padre y ahí terminó
su preparación para más tarde hacer un semestre de licenciatura en Antropología Social en la Escuela
Nacional de Antropología e Historia, Unidad Chihuahua. Terminando su primer semestre de universidad
decidió retornar a Toronto para tratar de establecerse aquí y más tarde estudiar. Siempre ha escrito y empezó
a hacer cuentos con más seriedad desde los dieciséis al regresar a México donde se puso de nuevo en contacto
con el idioma español.