Google
Auspiciado por:
CONCURSO DE CUENTOS
nuestra palabra
El concurso de cuentos Nuestra Palabra le da la bienvenida a su página web.  -- Desarrollo de la página WEB es cortesía de WEBAmigo.ca 416-756-1550

Desarrollo del sitio WEB es cortesía de:
por Felipe Quetzalcoatl Quintanilla
TERCER PREMIO
VIII CONCURSO DE CUENTOS NUESTRA PALABRA 2011

La más dulce de todas
El mayor contrario que el amor tiene es el hambre y la continua necesidad...
Don Quijote

****
Felipe Quetzalcoatl Quintanilla. El autor, mexicano, llega a Toronto a sus diez años de edad. Se decide por la vida espiritual e ingresa al seminario de Ibagué en Colombia (allá arriba en las montañas). Al cabo de un año sin embargo, sufre una crisis de fe en la religión organizada y deja el seminario. Regresa posteriormente a México en donde entra a la facultad de medicina de la UNAM. Luego deja la facultad y regresa a Canadá. En la actualidad nuestro poeta, como él se autodenomina,  reside en London, Ontario, y cursa el cuarto año del doctorado en Literatura en la Universidad de Western.
Este país cam­bia a las mujeres. ¿No lo crees viejo? Si lo sabré yo que la mujer me tiene agar­rado de los huevos: con los huevos entre la espada y la pared… No te creas, muchas veces lo he pen­sado, cal­cu­lado el regreso a Méx­ico, el escape. Pero allá no tengo nada, nada seguro que no sea un plo­mazo cert­ero en la nuca. Aquí por lo menos la vida fluye, aunque lenta y espesa y de repente como de otro.

Any­way, te digo que tengo esposa aunque en real­i­dad vivo solo… en un bach­e­lor con las pare­des rojo-oscuras que yo mismo pinté… Afuera por las calles de Ottawa puede hacer un viento frío de la chin­gada, tan frío que se te con­ge­lan las lágri­mas que van saliendo de tris­teza y de risa ¡ja! tan frío que tiene que ir uno con la mano disc­re­ta­mente en el bol­sillo del pan­talón calen­tán­dose el miem­bro para que no se te con­gele, pero aden­tro ¡oh! es otra cosa en mi aparta­mento con la cale­fac­ción a 30 mano. Ya con eso ando a mis anchas en cal­zones y camisa de playa. Sólo me toca salir por el buf­fet matutino a este respetable club de caballeros, a com­prar la comida de la sem­ana, a con­seguirme la bol­sita de mar­i­huana con los soma­lís de la esquina.

No sé por qué te tengo tanta con­fi­anza, quizás por tu carác­ter tran­quilo, callado. Me caes bien bro, quizás por eso te sigo con­tando estas cosas. El caso es que mi esposa y yo lleg­amos acá huyendo de un narco. Tra­ba­jando como sec­re­taria solita se fue metiendo sin saberlo en medio de un mero hormiguero de nar­cos, del lado legí­timo claro, donde se lava el dinero, donde la gente porta buenos tra­jes, donde se hacen las inver­siones en mer­ca­dos extran­jeros. El chiste es que la Matilde vio final­mente algo que no debió haber visto, o leyó algo que delataba sus sospe­chas, no sé… Llegó llo­rando un día a decirme que teníamos que salir de inmedi­ato de la casa, con la niña. ¡Tenía un miedo her­mano! Y sí, a los pocos días el vecino nos con­firmaba por telé­fono que en efecto algunos tipos habían pasado por la casa. Rompieron la puerta, destrozaron la casa, y ya sabes, los pinches rateros de la vecin­dad no tar­daron mucho en lle­gar a lle­varse lo que pudieron.

Luarita tenía solo 2 años cuando nos ven­i­mos para acá. Yo, a 8 años de aquel ater­rizaje todavía no me acos­tum­bro. Sigo en el aire, de pronto triste, con ganas de llo­rar. Pero ellas están de lo más bien mano… viven con John, un policía cana­di­ense, el nuevo esposo… aunque aquí entre nos, ella sigue siendo mi mujer de vez en cuando, bueno de algún modo, ya te cuento… Yes please, another pitcher!

Un día llegué a la casa y me la encon­tré a la muy cabrona en nue­stro cuarto cogién­dose a un puto cana­di­ense con la puerta bien abierta y haciendo tanto ruido con el gran griterío que ni cuenta se dieron cuando me acer­caba. El recor­rido hacía el marco de la puerta duró mucho. Me quedé a ver en el pasillo la foto de nues­tra boda, y las son­risas en esa fotos se burla­ban a car­ca­jadas de mi muy pinche entrada al depar­ta­mento justo en el momento, como en las pelícu­las, que está cogiendo la esposa de uno, como reina en galope. Sí her­mano, sabía que tenía que entrar y pre­gun­tar en voz alta, muy retóri­ca­mente, “¿hey hija de la gran puta, que está pasando aquí?” Pero no… Pasé por el pasillo lento, hacía el cuarto a ver, a ver que un cabrón la tenía inmo­lada con­tra la pared, a ella con sus ojos abier­tos, la pier­nas abier­tas, la boca abierta. Y ella que me veía la muy cabrona sor­pren­dida en un prin­ci­pio pero ya después con ojos fijos y bur­lones como diciendo “¡mírame ahora!”. Obvi­a­mente tenía que hacer algo, tocar al hom­bro de aque­lla espalda extraña y bal­bucear: “Hey… dis­culpa cabrón, pero creo que estás parado en mi lugar”, o lev­an­tar quizás los puños y gri­tar: “¡Hey te voy a dar una madriza!” aunque estu­viera como lo doble de fornido el puto, y ni me entendiera ni papa el cana­di­ense. El cuarto daba vueltas. Dí unos pasos valerosos cuando vi que la Matilde le enterraba los dientes pelones a pro­fun­di­dad de aquel cuello blanco. Y se veía per­fec­ta­mente cómo los colmil­los filosos per­fora­ban la piel, cómo se cre­a­ban dos hoy­i­tos de acceso al flujo pal­pi­tante. Me quedé mudo, inmóvil un rato, no sé cuánto tiempo mano, mien­tras la Matilde tomaba sorbo tras sorbo, ple­na­mente feliz, con pequeños des­can­sos a inter­va­los, sin que el cana­di­ense se per­cat­ase que don­aba su san­gre tan gen­erosa­mente. El ritmo del sexo decrecía, el cana­di­ense se movía como en cámara lenta, hip­no­ti­zado, sin el ansia y la fuerza de antes, como en otro plano existencial.

No sé cómo salí del cuarto mano. Pero estaba de pronto en el baño vom­i­tando en la tasa, moján­dome la cara con agua fría. Pronto me con­vencía que seguro el pinche Has­san me habría mez­clado la mar­i­huana con otra cosa para que estu­viera alu­ci­nando con seme­jantes mamadas. La cabrona sí que se estaba cogiendo con otro guey, eso se oía todavía. Se oían los gruñi­dos pla­cen­teros y el húmedo martilleo.

Y sin embargo frente al espejo me dí cuenta que ahí esta­ban los hol­los mano, las cica­tri­ces en el cuello, aquí, dos líneas de hol­li­tos trazando la línea de las arte­rias. Fue entonces que me cayó el veinte: el por qué la necedad últi­ma­mente de com­prarme nada más que suéteres de cuello largo; por qué el forzado cam­bio de dieta a carnes rojas, espinacas y la dosis diaria de vit­a­m­i­nas. Todo tenía sen­tido. Regresé al cuarto. Metí el dedo entre la boca de ella y el cuello de él… a pesar de la protesta de mi mujer que casi me quita un dedo de la mor­dida. Fui por la escoba para ver si con palanca podía sep­a­rar­los. Pero ya cuando volví mi mujer lo había soltado. Y él era no más que un saco de papas en el suelo.

El chileno había escuchado el monól­ogo sin ofre­cer más que dos o tres pal­abras; un si, no, mmm, ok. Solo se oía la música de fondo ahora y la voz del DJ que pedía aplau­sos por la muchacha. ¿Cuándo se había con­ver­tido mi Matilde? Se cues­tion­aba Guillermo. ¿Cómo se fue ale­jando poco a poco? Acaso la culpa la tuve yo que le daba todo, le per­mitía todo. No sé. Sólo sé que algo aquí cam­bió. Quizás fue el agua, o la soledad de haber per­dido todo. Quizás los nar­cos le mataron algo aden­tro, o fueron las mujeres del cen­tro comu­ni­tario que me la encan­di­laron en con­tra mía.

El viejo per­manecía callado y tomaba su cerveza viendo a la Delia hacer pirue­tas boca arriba en el esce­nario, aunque su mente parecía estar en algún lugar lejano. Con­for­t­ado por la man­era pasiva de escuchar del viejo, Guillermo le ter­minó de con­tar… que esa noche por ejem­plo, salió por las calles de Ottawa llo­rando, gri­tando como loco, rompi­endo vidrios con las manos; que ahora se lim­itaba a verla cuando ella llam­aba por las noches, cuando el policía se encon­traba de turno: es decir rodando por las calles de Ottawa, rompién­dole las cabezas a los dro­ga­dic­tos y a las pobres prostitutas.

Llego tan feliz a ver a mi hija dormidita. Es un angelito, viejo… aunque sea vam­pirita como la madre, no lo sé en ver­dad… Matilde me deja ver a mi hija un rato. Con sus poderes hace que el tiempo se detenga. Luego me lleva de la mano a la cama donde se le hace el amor, ahí donde siem­pre le creo cuando me dice que mi san­gre es la más dulce de todas, y me siento dichoso, y la amo como cuando éramos novios…

                                                                             --

El otro día cam­inaba por Rideau cuando me encon­tré con aquel mex­i­cano trastor­nado por tanta nov­ela de vam­piros que habrá leído. Tenía tiempo de no verlo y en real­i­dad fue él quien me recono­ció. Que ya no lo deja­ban entrar al Bare­fax me decía. Por el aspecto me con­vencí que ahora las calles de Ottawa eran su hogar. Iba con un carro de super­me­r­cado lleno de tiliches, el esleep­ing bag, la barba larga, los pan­talones tiesos, la pluma azul en el som­brero negro. Segu­ra­mente hacía mucho que no veía un espejo… aunque con la CBC a todo vol­u­men en su radio portátil, obvi­a­mente le seguía intere­sando estar al tanto de lo que ocur­ría en el mundo, acaso para seguir con sus locuras. Me lo imag­iné brin­dando sabiduría en voz alta a los otros locos de la ciu­dad. ¿Y cómo te va? le pre­gunté: Feliz mano, bien comido, me respondió.