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CONCURSO DE CUENTOS
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por Felipe Quetzalcoatl Quintanilla
TERCER PREMIO
VIII CONCURSO DE CUENTOS NUESTRA PALABRA 2011
El mayor contrario que el amor tiene es el hambre y la continua necesidad...
Don Quijote
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Felipe Quetzalcoatl Quintanilla. El autor, mexicano, llega a Toronto a sus diez años de edad. Se decide por la vida espiritual e ingresa al seminario de Ibagué en Colombia (allá arriba en las montañas). Al cabo de un año sin embargo, sufre una crisis de fe en la religión organizada y deja el seminario. Regresa posteriormente a México en donde entra a la facultad de medicina de la UNAM. Luego deja la facultad y regresa a Canadá. En la actualidad nuestro poeta, como él se autodenomina, reside en London, Ontario, y cursa el cuarto año del doctorado en Literatura en la Universidad de Western.
Este país cambia a las mujeres. ¿No lo crees viejo? Si lo sabré yo que la mujer me tiene agarrado de los huevos: con los huevos entre la espada y la pared… No te creas, muchas veces lo he pensado, calculado el regreso a México, el escape. Pero allá no tengo nada, nada seguro que no sea un plomazo certero en la nuca. Aquí por lo menos la vida fluye, aunque lenta y espesa y de repente como de otro.
Anyway, te digo que tengo esposa aunque en realidad vivo solo… en un bachelor con las paredes rojo-oscuras que yo mismo pinté… Afuera por las calles de Ottawa puede hacer un viento frío de la chingada, tan frío que se te congelan las lágrimas que van saliendo de tristeza y de risa ¡ja! tan frío que tiene que ir uno con la mano discretamente en el bolsillo del pantalón calentándose el miembro para que no se te congele, pero adentro ¡oh! es otra cosa en mi apartamento con la calefacción a 30 mano. Ya con eso ando a mis anchas en calzones y camisa de playa. Sólo me toca salir por el buffet matutino a este respetable club de caballeros, a comprar la comida de la semana, a conseguirme la bolsita de marihuana con los somalís de la esquina.
No sé por qué te tengo tanta confianza, quizás por tu carácter tranquilo, callado. Me caes bien bro, quizás por eso te sigo contando estas cosas. El caso es que mi esposa y yo llegamos acá huyendo de un narco. Trabajando como secretaria solita se fue metiendo sin saberlo en medio de un mero hormiguero de narcos, del lado legítimo claro, donde se lava el dinero, donde la gente porta buenos trajes, donde se hacen las inversiones en mercados extranjeros. El chiste es que la Matilde vio finalmente algo que no debió haber visto, o leyó algo que delataba sus sospechas, no sé… Llegó llorando un día a decirme que teníamos que salir de inmediato de la casa, con la niña. ¡Tenía un miedo hermano! Y sí, a los pocos días el vecino nos confirmaba por teléfono que en efecto algunos tipos habían pasado por la casa. Rompieron la puerta, destrozaron la casa, y ya sabes, los pinches rateros de la vecindad no tardaron mucho en llegar a llevarse lo que pudieron.
Luarita tenía solo 2 años cuando nos venimos para acá. Yo, a 8 años de aquel aterrizaje todavía no me acostumbro. Sigo en el aire, de pronto triste, con ganas de llorar. Pero ellas están de lo más bien mano… viven con John, un policía canadiense, el nuevo esposo… aunque aquí entre nos, ella sigue siendo mi mujer de vez en cuando, bueno de algún modo, ya te cuento… Yes please, another pitcher!
Un día llegué a la casa y me la encontré a la muy cabrona en nuestro cuarto cogiéndose a un puto canadiense con la puerta bien abierta y haciendo tanto ruido con el gran griterío que ni cuenta se dieron cuando me acercaba. El recorrido hacía el marco de la puerta duró mucho. Me quedé a ver en el pasillo la foto de nuestra boda, y las sonrisas en esa fotos se burlaban a carcajadas de mi muy pinche entrada al departamento justo en el momento, como en las películas, que está cogiendo la esposa de uno, como reina en galope. Sí hermano, sabía que tenía que entrar y preguntar en voz alta, muy retóricamente, “¿hey hija de la gran puta, que está pasando aquí?” Pero no… Pasé por el pasillo lento, hacía el cuarto a ver, a ver que un cabrón la tenía inmolada contra la pared, a ella con sus ojos abiertos, la piernas abiertas, la boca abierta. Y ella que me veía la muy cabrona sorprendida en un principio pero ya después con ojos fijos y burlones como diciendo “¡mírame ahora!”. Obviamente tenía que hacer algo, tocar al hombro de aquella espalda extraña y balbucear: “Hey… disculpa cabrón, pero creo que estás parado en mi lugar”, o levantar quizás los puños y gritar: “¡Hey te voy a dar una madriza!” aunque estuviera como lo doble de fornido el puto, y ni me entendiera ni papa el canadiense. El cuarto daba vueltas. Dí unos pasos valerosos cuando vi que la Matilde le enterraba los dientes pelones a profundidad de aquel cuello blanco. Y se veía perfectamente cómo los colmillos filosos perforaban la piel, cómo se creaban dos hoyitos de acceso al flujo palpitante. Me quedé mudo, inmóvil un rato, no sé cuánto tiempo mano, mientras la Matilde tomaba sorbo tras sorbo, plenamente feliz, con pequeños descansos a intervalos, sin que el canadiense se percatase que donaba su sangre tan generosamente. El ritmo del sexo decrecía, el canadiense se movía como en cámara lenta, hipnotizado, sin el ansia y la fuerza de antes, como en otro plano existencial.
No sé cómo salí del cuarto mano. Pero estaba de pronto en el baño vomitando en la tasa, mojándome la cara con agua fría. Pronto me convencía que seguro el pinche Hassan me habría mezclado la marihuana con otra cosa para que estuviera alucinando con semejantes mamadas. La cabrona sí que se estaba cogiendo con otro guey, eso se oía todavía. Se oían los gruñidos placenteros y el húmedo martilleo.
Y sin embargo frente al espejo me dí cuenta que ahí estaban los hollos mano, las cicatrices en el cuello, aquí, dos líneas de hollitos trazando la línea de las arterias. Fue entonces que me cayó el veinte: el por qué la necedad últimamente de comprarme nada más que suéteres de cuello largo; por qué el forzado cambio de dieta a carnes rojas, espinacas y la dosis diaria de vitaminas. Todo tenía sentido. Regresé al cuarto. Metí el dedo entre la boca de ella y el cuello de él… a pesar de la protesta de mi mujer que casi me quita un dedo de la mordida. Fui por la escoba para ver si con palanca podía separarlos. Pero ya cuando volví mi mujer lo había soltado. Y él era no más que un saco de papas en el suelo.
El chileno había escuchado el monólogo sin ofrecer más que dos o tres palabras; un si, no, mmm, ok. Solo se oía la música de fondo ahora y la voz del DJ que pedía aplausos por la muchacha. ¿Cuándo se había convertido mi Matilde? Se cuestionaba Guillermo. ¿Cómo se fue alejando poco a poco? Acaso la culpa la tuve yo que le daba todo, le permitía todo. No sé. Sólo sé que algo aquí cambió. Quizás fue el agua, o la soledad de haber perdido todo. Quizás los narcos le mataron algo adentro, o fueron las mujeres del centro comunitario que me la encandilaron en contra mía.
El viejo permanecía callado y tomaba su cerveza viendo a la Delia hacer piruetas boca arriba en el escenario, aunque su mente parecía estar en algún lugar lejano. Confortado por la manera pasiva de escuchar del viejo, Guillermo le terminó de contar… que esa noche por ejemplo, salió por las calles de Ottawa llorando, gritando como loco, rompiendo vidrios con las manos; que ahora se limitaba a verla cuando ella llamaba por las noches, cuando el policía se encontraba de turno: es decir rodando por las calles de Ottawa, rompiéndole las cabezas a los drogadictos y a las pobres prostitutas.
Llego tan feliz a ver a mi hija dormidita. Es un angelito, viejo… aunque sea vampirita como la madre, no lo sé en verdad… Matilde me deja ver a mi hija un rato. Con sus poderes hace que el tiempo se detenga. Luego me lleva de la mano a la cama donde se le hace el amor, ahí donde siempre le creo cuando me dice que mi sangre es la más dulce de todas, y me siento dichoso, y la amo como cuando éramos novios…
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El otro día caminaba por Rideau cuando me encontré con aquel mexicano trastornado por tanta novela de vampiros que habrá leído. Tenía tiempo de no verlo y en realidad fue él quien me reconoció. Que ya no lo dejaban entrar al Barefax me decía. Por el aspecto me convencí que ahora las calles de Ottawa eran su hogar. Iba con un carro de supermercado lleno de tiliches, el esleeping bag, la barba larga, los pantalones tiesos, la pluma azul en el sombrero negro. Seguramente hacía mucho que no veía un espejo… aunque con la CBC a todo volumen en su radio portátil, obviamente le seguía interesando estar al tanto de lo que ocurría en el mundo, acaso para seguir con sus locuras. Me lo imaginé brindando sabiduría en voz alta a los otros locos de la ciudad. ¿Y cómo te va? le pregunté: Feliz mano, bien comido, me respondió.
