-Verás, le dijo Carmencita Liang en inglés una noche de febrero en Montreal, mientras bebían un vino
español en su pequeño apartamento cerca al metro Place des Arts, en China guardamos el apellido de
nuestros ancestros por generaciones. Así sabemos de dónde venimos. No es como ustedes, que
conservan el nombre de su padre pero no saben de dónde vienen.
-¿Y de dónde vienes?, le preguntó Mateo Morales.
A ella le gustaban los vinos que Mateo traía, sus detalles históricos sin duda inventados porque, tal
como le decía su madre con preocupación por teléfono desde China, en este mundo no se puede
confiar en los hombres, y menos aún si son sudamericanos. Pero los vinos eran buenos, sobre todo
porque los traía Mateo. Estar con él, aunque sea unas pocas horas a la semana, era olvidarse de Beijing
por un momento, o por lo menos inventarla, mirarla de modo diferente, como si fuera una ciudad nueva
bajo la lluvia. Todas sus amigas que llegaron con ella a Vancouver estaban ya casadas. Tenían maridos
chinos y niños chinos que hablaban el mandarín con acentos parecidos a los que ella creía haber
escuchado en su infancia, en los largos inviernos en su ciudad, Wuhan, en la provincia de Hubei, en el
centro de China. Las pocas veces que Carmencita las visitaba cuando viajaba a Columbia Británica,
sentada en el sofá de sus casas, sentía una forma de asfixia, unas ganas terribles de llorar, como si en el
fondo nunca hubieran salido de China. Entonces se acordaba de Mateo. No era que lo quisiera. En el
fondo ni ella misma sabía qué era lo que buscaba con él. Soy tan estúpida, se reprochaba en mandarín e
inglés, pensando en sus padres que jamás aceptarían su relación con un gwailo, un extranjero, un
bárbaro.
-Este vino es bueno, mejor que los de la región de Okanagan, le respondió Carmencita, mientras miraba
caer la nieve.
Eran las diez de la noche. Pensó en encender el televisor para ver a su novio, Peter Mansbridge,
narrando para ella las últimas noticias en ese mundo que se extendía más allá de su ventana. Sin
embargo, acabó encendiendo un par de velas. Para esa noche habían decidido dos cosas: él quería hablar
del camarada Mao y ella quería ver de nuevo la vieja película de los Doors, con Val Kilmer con sus
pantalones de cuero interpretando a Jim Morrison. A ella le gustaba hacer el amor viendo esa película,
viendo el cuerpo de Mateo resbalando sobre el suyo, con todo el sudor en la espalda reflejando la luz
del televisor. Mateo volvió a preguntarle ¿De dónde vienes?, y ella, con una voz lenta, como hablando
para ella sola, comenzó a susurrar.
-Vengo de un emperador derrotado, de una dinastía que en los años 550 se derrumbó entre traiciones,
guerras, sobornos y matanzas. Quedamos los esclavos, eso sí. Los esclavos… Por eso sobrevivimos,
porque aceptamos esa condición.
Miró la nieve, el reflejo anaranjado de las luces de la calle subiendo en el espacio de la noche. Los
muros de ladrillo del edificio de apartamentos contiguo. Oyó el rumor de los carros avanzando sobre la
crujiente nieve. Acabaron sus vasos y los llenaron de nuevo. Mateo pensó decirle que ahora estaba en
Canadá, que no era una esclava, pero tampoco quería caer en ese maniqueísmo de decir que qué
terribles los comunistas, o qué bárbaros los capitalistas.
-Sé que el camarada Mao era un cerdo completo, le dijo, pensando en los estragos de la Revolución
Cultural.
-Si dices eso te fusilan, o por lo menos te declaran enfermo mental y te encierran en hospital por años
y años hasta que el mundo se olvide de ti, le respondió Carmencita.
Mateo reajustó sus argumentos para no ofenderla.
-Quiero decir que era una especie de cerdito feliz al que le gustaba retozar desnudo en los ríos de China
con las camaradas del Partido.
-Claro, claro, respondió Carmencita, ¿y sabe alguien si las camaradas podían negarse?, ¿tenían otra
opción? Yo no lo sé.
-¿Y si el camarada Mao te lo hubiera pedido?, ¿qué habrías hecho?, le preguntó Mateo.
- Le diría que sí, que me meto desnuda al río con el gran líder solo si es capaz de cantar A thousand
kisses deep exactamente igual que el compañero Cohen. Si no es capaz, ¡que se vaya a besar el hocico
del camarada Stalin!, -respondió ella riendo.
Buscó aquella canción en la computadora y la puso a tocar. Leonard esbozó una sonrisa de cómplice y
comenzó a cantar: The ponies run, the girls are young... Corren los caballos, las muchachas están
desnudas en el río, esquivando las manos regordetas de Mao Zedong mientras él las persigue por un
rato, olvidándose de la Gran Marcha, de aquella inmunda rata imperialista que es Chiang Kai-shek, Mao
chapaleando, buscando apretar los pechos de las camaradas que como sirenas desaparecen buceando en
los ríos de la historia.
-Se llama Wang Weilin
-¿Quién?
-Mi marido, una vez me preguntaste cómo se llamaba y dónde estaba.
-¿Y dónde está?
-Está con nosotros.
-¿Aquí mismo?
-En esta misma habitación.
Mateo pensó que era una broma. Acababan de hacer el amor y ahora estaban desnudos en el sofá cama,
apoyados contra el muro, él saboreando el haber abandonado sus cuerpos a su mundo de sincronías, a
sus reglas e intuiciones. Ella sumida en aquel estado de lucidez que se produce tras dejar el cuerpo por
un instante. Quizá por hallarse ambos en ese estado de levedad, de libertad absoluta, ahora ella le decía
que su marido estaba en el apartamento junto a ellos.
- Él fue el hombre que se paró frente a los tanques en junio de 1989, en la avenida Cháng An Dà Jie, la
Gran Avenida de la Paz Eterna…
De pronto se levantó de la cama, abrió un cajón de su escritorio y sacó una lata de galletas. La abrió,
hundió el índice y luego dibujó un ojo en el pecho de Mateo. Era un ojo hecho de ceniza que, al
contacto con el sudor, se pegó a su piel, oscureciéndose, como si el dedo de Carmencita fuera un lápiz
de carbón.
-Ahora tú eres Wang Weilin, tú eres mi marido, le dijo ella, besándolo en la boca, echándose sobre
Mateo, apretando sus senos húmedos contra los trazos de aquel ojo de ceniza que ahora se pegaba a su
cuerpo.
Se quedaron un rato echados boca arriba mirando el techo, pensando, mirando la noche, la nieve que
seguía cayendo. Él abrió otra botella de Sangre de Toro, llenó los vasos y se sentó junto a Carmencita.
Leonard se había marchado hace rato y en su lugar estaba Shigeru Umebayashi. A la luz de las velas,
Carmencita comenzó a contarle.
-Se murió en Vancouver, en 1992, al año de haber llegado juntos. Se murió y no pude decírselo a nadie.
Porque nos casamos en secreto, porque así era más fácil entrar a Canadá, porque lo buscaban por todas
partes, porque Beijing tiene ojos cobardes en todo el mundo. Se murió de una septicemia, igual que
Bethune. Era cocinero sin papeles en un restaurant y un día se cortó el dedo. Todo lo que me pidió fue
que lleve sus cenizas a la Plaza Tiananmen, que las esparza allí. Que las lance al aire, a los ojos de los
soldados, a la cara de Mao, que así, vestido de polvo, jamás podrían arrestarle.
Mateo miró de nuevo el ojo dibujado en su pecho. Miró al otro calcado en el pecho de Carmencita y
bebió un largo sorbo, escuchándola llorar casi en silencio.
-¿Ya ves que vengo de una dinastía de traiciones, de guerras, sobornos y matanzas? Eso fue lo que pasó
con los Liang, los millones de Liang. Quedamos los esclavos, solamente los esclavos, porque a los
demás los destrozaron en la Plaza.
-¿Y crees que algún día podrás llevar sus cenizas de regreso?
-Yo no. Pero tú sí. Tú ya las llevas, -le dijo ella.
Había conocido a Carmencita en el restaurante Kam Sheng en el Barrio Chino. Ella era la mesera.
-¿Por qué te llamas Carmencita?, le preguntó a la mujer de camisa blanca y falda negra.
-Porque en la escuela de francés el profesor no podía pronunciar mi nombre, así que me dijo: “Tú
tienes cara de Carmencita, así que desde ahora te llamas Carmencita”.
-¡Ah!
La primera noche se lo explicó de nuevo:
-Me gustó Carmencita. Me recordaba a Carmela, que cantaba contra los franquistas durante la Guerra
Civil española. Bethune estuvo allí antes de ir a China. Por eso lo sé.
Al final no vieron la película de los Doors ni Mateo preguntó sobre Mao. Hicieron el amor de nuevo y
luego se quedaron tendidos boca arriba, con los dos ojos dibujados sobre sus pechos, ojos de ceniza,
abiertos, esperando la madrugada.