por Diego Creimer
MENCIÓN HONROSA ESPECIAL
VII CONCURSO DE CUENTOS NUESTRA PALABRA 2010

Cuando entramos en la habitación casi a oscuras, sentí que un vértigo hasta entonces desconocido me devoraba las tripas. En todo aquello había olor a viejo, olor rancio. El tiempo se había depositado como una manta sobre todas las cosas y había dejado allí lo peor de sí. Hacía frío, y el frío, que relega el olfato, era la única montura que cabalgaba sobre aquellos olores indómitos que de otra manera no me hubieran dejado entrar. Avancé despacio hasta el borde de la cama, tomado de la mano tibia de Laura que me guiaba como guía un perro a un ciego, o como guía un maestro a un novato. La mano me daba confianza y yo no quería soltarla, pero tuve que hacerlo para desnudarme y meterme con ella -dos cuerpos abandonados, dos cuerpos inciertos- en la extensión inconmensurable de la cama, en la carpa abatida de las sábanas. Y cuando supe que tal vez no hubiera querido estar allí, que tal vez tenía miedo, la mano de Laura volvió justo a tiempo para anclarme a la cama, a las sábanas y a ella.
Me acarició con ternura todas aquellas partes que parecen relegadas a otros sentimientos más bajos o a ninguno. La mano se movía como un topo debajo de las sábanas, y enseguida fue su otra mano la que llamó a la mía, la puso sobre sus pechos tibios y le sopló un aliento de vida que corrió como un rayo a mi otra mano, que huyó decidida a su entrepierna, al sexo suave que se ofrecía como un panal derribado, y que terminó de inaugurar en un segundo la fiesta de topos bajo las sábanas.
Cuando todas las manos se cansaron, cuando terminamos de echar a las cien manos que por un momento se habían subido a la cama, yo ya había perdido el miedo. Descansamos un segundo, no puedo decir cuánto tiempo, tal vez nada, pero el suficiente para que yo supiera que entonces sí quería estar allí, que podía estar allí, que ahora era el dueño de la situación y que tenía derecho a hacer con ella lo que se me antojase. Entonces giré hasta quedar sobre su cuerpo, topo enorme, multitopo, y arremetí con fuerza. Laura abrió las piernas más rápido de lo que yo hubiera esperado, sin recelo, con una naturalidad imperceptible que me llevó hasta los umbrales de la cólera. Y sentí como la carne, el mar se abría a mi paso con una mínima resistencia, tan dócil, tan sencillo; y sus manos, sus topos abandonados, me atraían hacia ella clavándose en mi espalda como un aguijón enorme de humillación. Más tarde entendí que los hombres buscamos aquello que nos es negado, aquello que nosotros mismos creemos negado, y que cuando llega el momento, cuando se nos entrega simple como una ofrenda, tememos, nos ofende, cae del trono de lo imposible, de la divinidad, con un gesto burdo, irreverente, en la vida cotidiana. Ahora lo sabía, ahora estaba decidido a todo, ahora había sido empujado al mundo.
Los gemidos se mezclaban y yo arremetía con furia. El cuarto había desaparecido para mí, y sólo quedaba un desierto en el que dos animales primitivos, dos especies extinguidas, luchaban por sobrevivir, por dominarse. Me separé de ella un momento, respirando agitado, eufórico. Ahora el miedo era suyo, era el pequeño regalo que yo le había dado. No sé si tuve que forcejear o no, pero en un movimiento brusco y exacto la tomé de la cintura y la puse boca abajo, mi antebrazo sobre su cuello arqueado, sobre su cabeza erguida que me insultaba, que gritaba no sé qué cosa incomprensible. Rata torpe, ratita de laboratorio. La luna partida de Laura se apretujaba y quería escaparse a través del colchón. Así no, así no me gusta, así no lo hago, seguía gritando mientras mi otra mano se escabullía entre la sábana y su vientre abigarrado, y la levantaba de la cintura como un abrigo, como un saco, ya vencida, ya despojada de voluntad. Entonces yo sentí la resistencia férrea de la carne que, independiente de su dueño, se defiende por instinto, lucha por sí misma, por el simple dolor y no por la humillación. Pero yo estaba decidido, y era más fuerte, infinitamente más fuerte que ese puñado de nervios que sin saberlo, en la misma negación, en el mismo esfuerzo desesperado, me estaba dando lo que yo buscaba. Y otra vez me abrí paso. Ahora era yo el que mandaba.
Laura lloraba acostada a mi lado. Las sábanas revueltas tenían casi en el centro, casi abajo suyo, algunas gotitas rojas. Me quedé dormido. No sé cuánto tiempo después me despertó un rayo de sol que entró por la ventana. Ahora habían vuelto la habitación mugrienta y el olor rancio y pesado. Laura dormía de espaldas a mí, tapada a medias con la otra sábana, encorvada. Hubiera podido adivinar que del otro lado se estaba chupando el pulgar. Parecía un bebé.
Y con su pasividad, con su serenidad de sueño profundo, parecía redimirme, parecía haber aceptado mis atrocidades de la noche. Y yo también. Me vestí enseguida, dispuesto a escaparme cuanto antes de aquel aire extenuado empezaba a sofocarme.
Me paré junto a la cama, frente a ella (no se estaba chupando el pulgar). La desperté con un suave sacudón.
- Me voy.
Apenas separó la cabeza de la almohada. Levantó la vista. La voz me llegó serena, lenta, impasible.
- Hijo de puta. Sos peor que tu viejo. No vuelvas más.
-¿Cuánto te debo?
- Cincuenta pesos.
- Me habías dicho veinticinco.
- Es la indemnización.
- Sos una verdadera puta.
Levantó la cabeza un poco más hasta apoyarla en su antebrazo, me miró de arriba abajo, una mezcla de sonrisa, burla y desprecio en su boca y en sus ojos. Laura era realmente hermosa.
- Y vos ahora sos un verdadero cliente.
Le tiré los cincuenta pesos sobre la cama y me fui furioso de aquella habitación maloliente. Yo tenía entonces 17 años.
***
Diego Críeme es un autor argentino/canadiense, nacido en La Plata, provincia de Buenos Aires, Argentina. Reside en Montreal desde 1999, donde trabaja como periodista radial para la empresa de radiodifusión estatal. Publicó cuentos en algunas antologías y filmó cortometrajes y documentales en Argentina y Canadá. Cursó estudios en ciencias exactas, cinematografía y periodismo. Actualmente colabora como editor asociado en la revista semestral de literatura hispano-canadiense Apostles Review.
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