Dado que alojarnos a la Bebe y a mí durante tres meses en Lima Limón sería insoportable
para cualquier ser humano con uso de razón, decidimos alquilar un depa para no fregar a nadie
y para tener la posibilidad de rascarnos cualquier parte del cuerpo que nos picara con toda
tranquilidad y libertad de movimiento.
Mi cuñado, a quien amigos y familia conocemos como Jaleo, fue el encargado de
conseguirnos el depa en Lima. El encargo se lo hicimos a la canadiense, con tiempo, seis meses
antes de venir a la Tres Veces Coronada Villa. Jaleo, a la peruana o sea cuando ya no hay
tiempo para hacer ni michi, nos consiguió el depa unos diez días antes que llegáramos a Lima.
Claro, había que pagar tres meses por adelantado, de los cuales uno era un mes de garantía.
No vimos ni fotos del depa, el cual alquilamos a ciegas confiando en el buen juicio de Jaleo,
quien nos aseguró que el depa tenía todo lo que necesitábamos para vivir estos tres meses en
Lima, y que la dueña, a quien Jaleo conocía de antes, era “buenísima gente”.
El depa es parte de una casa de dos pisos que ha sido dividida en tres áreas independientes,
bueno, casi casi independientes. En el segundo piso vive la dueña. El primero está dividido en
dos depas, uno más grande que el otro. Nosotros alquilamos el más chico, ya que en el más
grande vive la Tocoto, quien resultó tener un hermano que es amigo nuestro en Toronto. O sea
nosotros estamos en el depa más chiquito del primer piso, aquel cuya puerta es la puerta falsa
de la casa.
Lo bueno del depa era que no tendríamos que dormir en la calle, lo cual es peligroso en
muchas ciudades, una de ellas Lima. Otras ventajas eran que tendríamos Internet, y que no le
daba el sol directamente por estar en el primer piso. Cualquiera que haya estado en Lima un
día durante el verano sabe qué importante es esto para la salud física y mental de los limeños
que gozamos de un sol que cae como plomo derretido sobre la ciudad, sin proyectar sombra
alguna en el piso, gracias a su posición geográfica que permite freír huevos en el pavimento en
unos catorce segundos, entre las 11 de la mañana y la una de la tarde.
El depa es chiquito. En Toronto, la Bebe y yo decidimos comprarnos una cama King size
ya que, como parte de su problema médico, ella tiene "sueños vívidos", durante los cuales
agarra a golpes todo lo que esté cerca a ella, así que en varias ocasiones me ha repartido a su
gusto. Por lo tanto decidimos cumplir esa inmensa cama, con lo cual ahora dormimos a
respetable distancia el uno del otro. En el depa hay una cama de dos plazas, ya que no entra ni
siquiera una Queen size. Comprenderá el amable lector que en la primera mitad de nuestra
estadía ya me ha caído algunos golpes.
Pero lo peor del depa es que se malogran las cosas. Ya tuvimos problemas con la lavadora
cuya polea se rompió, debido al uso de años y no a que lavamos dos toallas como aduce la
dueña.
El incidente más difícil para mí ocurrió una noche en que golpe de una de la madrugada me
voy al bañito de visitas, llevando la Guía de Calles de Lima para leer, la que pretendía
memorizar mapa a mapa, ya que alquilé un carro a un amigo y no me acuerdo de casi nada, y de
las calles que me acuerdo, los nuevos politicastros les han cambiado de nombre para favorecer
a alguien, amigo de la familia o potencial ayuda económica. Muchas de las que no les han
cambiado de nombre las han pasado de doble vía a un solo sentido, siempre opuesto al que
necesito para llegar a algún sitio.
Sobre todo entré al baño dispuesto a encontrar una ruta alterna a la Avenida Javier Prado,
convertida gracias al volumen de taxis, micros, macros y motos lleva pollos, en una gigantesca
playa de estacionamiento sobrepoblada y de la cual uno está tratando de salir, ante la
impotencia y descoordinación de las mujeres policía sentadas ellas dentro de unas gigantescas
latas de Inca Kola, moviendo frenéticamente sus manitos verdes, sin que uno pueda avanzar ni
un milímetro. Menos mal que para entretener al público choferil, han contratado a un montón de
vendedores de novelas, de guías culinarias con la sonriente cabezota de Gastón en la pasta,
mapas de Lima, mapas de la Javier Prado, agendas 2010, helados D’Onofrio, malabaristas con
bolas, malabaristas con palitroques, saltimbanquis del Cirque du Soleil individuales y a dúo,
artistas de teatro (en oportunidades uno puede ver en escena en plena Javier Prado TODA una
puesta en escena), discusiones entre los vendedores donde las señoritas vendedoras exhiben un
vocabulario propio del Negro Bomba. Bueno, con todo esto en mente me decidí a encontrar
otro camino para llegar al depa, que está en San Borja, que no fuera la Playa de
Estacionamiento Javier Prado.
Entré pues al baño, cerré la puerta sin seguro y empecé a revisar el Plano 2 de San Borja.
Creo que llegué a encontrar Aramburú como alternativa. Feliz de la vida, terminé lo que tenía
que terminar y me levanté para regresar a la cama.
Cuál no sería mi fastidio cuando al darle vueltas a la perilla, se fue en banda sin abrir la
puerta. Le di vuelta para el otro lado, nada. La jalé hacia mí mientras le daba vuelta, la aflojé y
nada. La empujé con toda mi fuerza girándola frenéticamente y nada. Me senté pensando qué
hacer. Las perspectivas eran ófricas. El bañito de visita es un verdadero bañito, qué sé yo,
unos 70 centímetros por metro y medio. Miré la Guía de Calles y contemplé la posibilidad de
quedarme en el baño hasta las 11 de la mañana, hora en que se levanta la Bebe cuando está de
vacaciones en Lima, usando el tiempo para memorizar todas las intersecciones importantes de la
capital, pero deseché la idea que, ahora me doy cuenta, calificaba de cojuda.
Decidí gritar para despertar a la Bebe, para que tratara de abrir la puerta del otro lado y si
no podía, para que llamara a la dueña, golpe de una y media de la mañana a decirle que me
encontraba apresado en el bañito de visita, debido a que la puerta no abría.
Grité “¡beeebee!”, así con minúsculas ya que debido a mi canadientización de 30 años,
grito con toda educación, considerando no despertar a otras personas excepto a mi mujer. Ella
me respondió desde la cama con un sonoro “OOOR JUIIII, OOOR JUIII”, que así es como
ronca desde que toma las pastillas anti depre que le recetó el doctor Chesumacher nuestro
family doctor.
Traté nuevamente de abrir la puerta, nada.
Me subí encima del lavabo para poder sacar la cabeza por un hueco que hay encima de la
puerta, enfilé mi voz hacia el cuarto donde roncaba la Bebe y volví a lanzar otro grito a la
canadiense “bebeeeeé”. Nada. Me bajé del lavabo y volví a tratar de abrir y la puerta se abrió.
Salí y me fui a dormir junto a la Bebe que seguía roncando a pierna suelta.
Cuando le expliqué a la dueña, me dijo que iba a enviar a una “chapera” a arreglar la chapa
de la puerta. Hace veinte días de esta conversación y la cerradura de la puerta sigue con el duct
tape que le puse para que no se pueda cerrar.