Jugando a la comidita en el depa.
La salsa de la vida
por Guillermo Rose
      Dado que alojarnos a la Bebe y a mí durante tres meses en Lima Limón sería insoportable para cualquier ser
humano con uso de razón, decidimos alquilar un depa para no fregar a nadie y para tener la posibilidad de rascarnos
cualquier parte del cuerpo que nos picara con toda tranquilidad y libertad de movimiento. 

      Mi cuñado, a quien amigos y familia conocemos como Jaleo, fue el encargado de conseguirnos el depa en Lima. 
El encargo se lo hicimos a la canadiense, con tiempo, seis meses antes de venir a la Tres Veces Coronada Villa. 
Jaleo, a la peruana o sea cuando ya no hay tiempo para hacer ni michi, nos consiguió el depa unos diez días antes
que llegáramos a Lima.  Claro, había que pagar tres meses por adelantado, de los cuales uno era un mes de garantía. 
No vimos ni fotos del depa, el cual alquilamos a ciegas confiando en el buen juicio de Jaleo, quien nos aseguró que el
depa tenía todo lo que necesitábamos para vivir estos tres meses en Lima, y que la dueña, a quien Jaleo conocía de
antes, era “buenísima gente”.   

      El depa es parte de una casa de dos pisos que ha sido dividida en tres áreas independientes, bueno, casi casi
independientes.  En el segundo piso vive la dueña.  El primero está dividido en dos depas, uno más grande que el
otro.  Nosotros alquilamos el más chico, ya que en el más grande vive la Tocoto, quien resultó tener un hermano que
es amigo nuestro en Toronto.  O sea nosotros estamos en el depa más chiquito del primer piso, aquel cuya puerta es
la puerta falsa de la casa.

      Lo bueno del depa era que no tendríamos que dormir en la calle, lo cual es peligroso en muchas ciudades, una
de ellas Lima.  Otras ventajas eran que tendríamos Internet, y que no le daba el sol directamente  por estar en el
primer piso.  Cualquiera que haya estado en Lima un día durante el verano sabe qué importante es esto para la salud
física y mental de los limeños que gozamos de un sol que cae como plomo derretido sobre la ciudad, sin proyectar
sombra alguna en el piso, gracias a su posición geográfica que permite freír huevos en el pavimento en unos catorce
segundos, entre las 11 de la mañana y la una de la tarde.

      El depa es chiquito.  En Toronto, la Bebe y yo decidimos comprarnos una cama King size ya que, como parte
de su problema médico, ella tiene "sueños vívidos", durante los cuales agarra a golpes todo lo que esté cerca a ella,
así que en varias ocasiones me ha repartido a su gusto.  Por lo tanto decidimos cumplir esa inmensa cama, con lo
cual ahora dormimos a respetable distancia el uno del otro.  En el depa hay una cama de dos plazas, ya que no entra
ni siquiera una Queen size.  Comprenderá el amable lector que en la primera mitad de nuestra estadía ya me ha caído
algunos golpes.

      Pero lo peor del depa es que se malogran las cosas.  Ya tuvimos problemas con la lavadora cuya polea se
rompió, debido al uso de años y no a que lavamos dos toallas como aduce la dueña.

      El incidente más difícil para mí ocurrió una noche en que golpe de una de la madrugada me voy al bañito de
visitas, llevando la Guía de Calles de Lima para leer, la que pretendía memorizar mapa a mapa, ya que alquilé un
carro a un amigo y no me acuerdo de casi nada, y de las calles que me acuerdo, los nuevos politicastros les han
cambiado de nombre para favorecer a alguien, amigo de la familia o potencial ayuda económica.  Muchas de las que
no les han cambiado de nombre las han pasado de doble vía a un solo sentido, siempre opuesto al que necesito para
llegar a algún sitio.

      Sobre todo entré al baño dispuesto a encontrar una ruta alterna a la Avenida Javier Prado, convertida gracias al
volumen de taxis, micros, macros y motos lleva pollos, en una gigantesca playa de estacionamiento sobrepoblada y
de la cual uno está tratando de salir, ante la impotencia y descoordinación de las mujeres policía sentadas ellas
dentro de unas gigantescas latas de Inca Kola, moviendo frenéticamente sus manitos verdes, sin que uno pueda
avanzar ni un milímetro.  Menos mal que para entretener al público choferil, han contratado a un montón de
vendedores de novelas, de guías culinarias con la sonriente cabezota de Gastón en la pasta, mapas de Lima, mapas
de la Javier Prado, agendas 2010, helados D’Onofrio, malabaristas con bolas, malabaristas con palitroques,
saltimbanquis del Cirque du Soleil individuales y a dúo, artistas de teatro (en oportunidades uno puede ver en escena
en plena Javier Prado TODA una puesta en escena), discusiones entre los vendedores donde las señoritas
vendedoras exhiben un vocabulario propio del Negro Bomba. Bueno, con todo esto en mente me decidí a encontrar
otro camino para llegar al depa, que está en San Borja, que no fuera la Playa de Estacionamiento Javier Prado.

      Entré pues al baño, cerré la puerta sin seguro y empecé a revisar el Plano 2 de San Borja.  Creo que llegué a
encontrar Aramburú como alternativa.  Feliz de la vida, terminé lo que tenía que terminar y me levanté para regresar
a la cama.

      Cuál no sería mi fastidio cuando al darle vueltas a la perilla, se fue en banda sin abrir la puerta.  Le di vuelta para
el otro lado, nada.  La jalé hacia mí mientras le daba vuelta, la aflojé y nada.  La empujé con toda mi fuerza girándola
frenéticamente y nada.  Me senté pensando qué hacer.  Las perspectivas eran ófricas.  El bañito de visita es un
verdadero bañito, qué sé yo, unos 70 centímetros por metro y medio.  Miré la Guía de Calles y contemplé la
posibilidad de quedarme en el baño hasta las 11 de la mañana, hora en que se levanta la Bebe cuando está de
vacaciones en Lima, usando el tiempo para memorizar todas las intersecciones importantes de la capital, pero
deseché la idea que, ahora me doy cuenta, calificaba de cojuda.

      Decidí gritar para despertar a la Bebe, para que tratara de abrir la puerta del otro lado y si no podía, para que
llamara a la dueña, golpe de una y media de la mañana a decirle que me encontraba apresado en el bañito de visita,
debido a que la puerta no abría.

      Grité “¡beeebee!”, así con minúsculas ya que debido  a mi canadientización de 30 años, grito con toda
educación, considerando no despertar a otras personas excepto a mi mujer.  Ella me respondió desde la cama con
un sonoro “OOOR JUIIII, OOOR JUIII”, que así es como ronca desde que toma las pastillas anti depre que le
recetó el doctor Chesumacher nuestro family doctor.

      Traté nuevamente de abrir la puerta, nada.

      Me subí encima del lavabo para poder sacar la cabeza por un hueco que hay encima de la puerta, enfilé mi voz
hacia el cuarto donde roncaba la Bebe y volví a lanzar otro grito a la canadiense “bebeeeeé”.  Nada.  Me bajé del
lavabo y volví a tratar de abrir y la puerta se abrió.
Salí y me fui a dormir junto a la Bebe que seguía roncando a pierna suelta.

      Cuando le expliqué a la dueña, me dijo que iba a enviar a una “chapera” a arreglar la chapa de la puerta.  Hace
veinte días de esta conversación y la cerradura de la puerta sigue con el duct tape que le puse para que no se pueda
cerrar.




Los Canuvian van a Lima por tres meses - Parte 2

Jugando a la comidita en el depa
por Johnny Canuvian
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