La salsa de la vida
por Guillermo Rose

Regresando a casa de mi colegio, después del lonche, me ponía a hacer mis tareas. Mi madre me había comprado un inmenso escritorio blanco de madera y una estantería para que pusiera en ella todos los libros y cuadernos que quisiera. En un lado del escritorio se posicionaba un radio, estamos hablando de épocas antediluvianas, el año 1956, cuando la TV comercial no había llegado al Perú y reinaba la radio. En la noche la familia se juntaba alrededor del receptor para reírse con La escuelita nocturna, mientras las señoras esperaban ansiosas qué iba a ocurrir con Albertito Limonta en El derecho de nacer. Por mi parte mi interés estaba centrado en las aventuras de Poncho Negro y de Tamakún que, mientras estudiaba me trasladaban a situaciones emocionantes en lugares a los que nunca llegaría en mi vida, resolviendo injusticias a diestra y siniestra a riesgo de sus propias vidas.
El más distante, el más misterioso era Tamakún, el Vengador Errante. Donde el dolor desgarre...Donde el peligro amenace...Donde la miseria oprima...Allí estará Tamakún, el vengador errante.
Tamakún fue un personaje de la radionovela de Cuba que se había creado a comienzos de los años 40, gracias al escritor cubano Armando Couto. Un príncipe hindú que recupera su reino de manos de su infame tío Sakiri el Negro
-en esa época casi todos los malvados eran negros-, quien había matado a los padres de Tamakún para convertirse en Rey de Saracardi. El buen Tamakún, en vez de sentarse cómodamente a reinar, se propone luchar contra el crimen, siendo llamado de diversas partes del mundo. Así pues se convierte en una especie de freelance justiciero, deja el reino en manos de los sabios y se va por el globo a resolver conflictos, el asunto es que nomás empezando a hacer mis tareas me acompañaban sus increíbles aventuras. Como la mayoría de héroes de historietas cómicas que siempre cuentan con ayuda -Batman tiene a Robin, El Llanero Solitario a Tonto, El Avispón Verde a Kato- Tamakún contaba con Alí Yabor y con Zorka.
Poncho Negro, el “jinete más auténtico y más audaz” nos entretenía combatiendo el mal y la injusticia por donde fuera. Lo acompañaba un indio llamado Calunga, con la misma misión de Tonto, el acompañante del Llanero
Solitario. El caballo de Poncho Negro se llamaba Satán, me imagino que Poncho Negro fue excomulgado por ese nombrecito, mientras que el de Calunga se llamaba Manchao. La voz con la que Poncho Negro ordenaba a Satán era “¡Arriba Satán!” a lo que Calunga respondía “¡Adelante Manchao!” El dúo sincronizaba perfectamente para combatir a los abusadores y malhechores que encontraba a su paso. La similitud con la historia del Llanero Solitario es tan grande que sospecho que Poncho Negro es la versión criolla del Llanero que fue creado antes y que tuvo un éxito que perdura hasta hoy mismo..
El enmascarado Llanero Solitario iba acompañado de un compañero indio (llamado Tonto en algunos casos, Toro en otros), nunca se descubre su identidad, tenía un hermoso caballo llamado Silver, el cual se arrancaba al grito de “¡Ayo Silver!”. El motivo de los gritos Arriba Satán y Ayo Silver es que avisaban a los radio oyentes que se iniciaba

una rápida cabalgata. En el caso de Ayo Silver, el grito se mantuvo en la serie de televisión. Para demostrar la vigencia del Llanero, es sabido que en mayo de 2013 está programado el estreno de una película sobre el Llanero Solitario, producida por Disney a un costo de -¡Agárrate Catalina!- 215 millones de dólares, con Johnny Depp en el papel de Tonto y Armie Hammer en el del Llanero Solitario. Según los creadores de la historia, Tonto quiere decir “salvaje” en el lenguaje de su tribu piel roja. Como para nosotros Tonto quiere decir suavemente idiota, en algunas historietas se le cambió el nombre a Toro. Pienso que no debía llamarse Solitario porque siempre estaba acompañado por Tonto. Más apropiado creo hubiera
sido El Último Llanero, ya que en la historia original un delincuente mata a cinco llaneros que iban juntos sobreviviendo John Reid, el sexto llanero, para mí el último de los llaneros, pero en fin, tarde piace, a nadie le importa que este solitario ande acompañado todo el tiempo.
Otro de mis grandes héroes de mi radial infancia es una maestra, forjadora de talentos infantiles: Maruja Venegas. Su programa Radio Club Infantil se propalaba por las ondas de la hoy desaparecida Radio Mundial. Recuerdo haber escuchado muchísimas veces su programa que en sus propias palabras se esforzaba en “ayudar, educar y entretener”. También recuerdo haber ido a participar en el programa, tendría yo 7 años, haberme congelado y quedado en blanco frente a un inmenso micrófono y un grupazo de más de cien chicos, cuando me hizo una
pregunta para ganarme un premio, algunas chicas me “soplaban” la respuesta la que di sin pensar y haberme ganado un pequeño premio. Como si la viera a Maruja Venegas con una sonrisa amplia, con un calor humano tremendo y un verdadero amor por los niños, no comercializado. Muchos valores peruanos se iniciaron en dicho programa, entre otros el destacado locutor Arturo Pomar, la gran cantante criolla Edith Barr, la compositora Alicia Maguiña, el excelente grupo musical de Los Hermanos Zañartu y muchos otros artistas y comunicadores inspirados en su niñez por esta ilustre dama peruana.
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