Hace unos días recibí varios golpes en el cuerpo, pero sobre todo uno muy fuerte en la
cabeza. La situación en verdad no pasó de una sucesión de patadas y un par de golpes con la
culata de una pistola. Estaba cerca de Retiro cuando pasó; iba a tomar el tren rápido que va
derecho hasta San Fernando. Creo que volvía de una reunión con amigos o colegas que ahora
no alcanzo a visualizar, y tampoco recuerdo qué fue de ellos y si están o no en alguna parte.
Desde la paliza pienso, y sobre todo siento, con dificultad. Entre mí y el universo hay un velo
que lo esfuma todo y es obvio que los que me conocen lo notan.
Sandra me llevó al médico para ver si encuentran algo, alguna mancha en mi cerebro o una
lesión por el estilo. De repente siento que me tratan como a un niño y me parece justo que así
sea. Ahora solo me interesa viajar en tren, que es en definitiva lo único que hago. Voy y
vengo de San Fernando a Belgrano evitando las horas pico porque me marea ver mucha gente.
El tranquito del tren me seda, aunque es difícil decir de qué me tranquiliza porque no me siento
particularmente agitado. El traqueteo pareciera masajear la masa cerebral en la que debe
haber un charco de sangre. Incluso pronunciar la palabra “traqueteo” me refresca.
La ceremonia de caminar hacia la estación, subir en el andén correcto y comprar los
boletos es un desafío para mi intelecto. Los periódicos que se ofrecen en el quiosco del andén
me son indiferentes. Los miro cuidadosamente para ver si encuentro algún sentido en los
titulares. Medito un rato sobre la palabra “concentración”, que se lee en grande en una de las
portadas, y me sorprende que haya un tema que nos preocupe tanto a la sociedad como a mí.
Llega el tren y se desliza frente al andén. Sandra me ayuda a subir y busca un asiento para mí
cerca de la ventana. Creo que me duermo apenas avanza y sueño con un lugar extraño,
distante, tan distante como la vigilia.
Al despertarme observo por la ventana que estamos detenidos en otra estación; creo haber
dormido tres minutos. Le pregunto a Sandra en que estación nos encontramos.
-Mineola -dice- todavía falta. Mirá cómo está nevando.
Le cuento que me había olvidado que estábamos en Nueva York, que pensaba al abrir los
ojos ver las arboledas de Palermo. Le pregunté si estábamos llegando a Manhattan o
volviendo.
-Vamos a ver a tu médico primero y después tengo que ir a la biblioteca.
Al entrar en el túnel para cruzar el río, las luces del tren se apagan por unos segundos. No
distingo si estoy soñando o si estoy despierto. La mano enguantada de Sandra está
descansando sobre mi pierna izquierda. En la oscuridad todavía, le pregunto por qué no me
empuja por la ventana o me deja caer desde un puente.
Sandra trae varios libros en la mano cuando reacciona al escuchar al guarda anunciar
“Mineola station, Mineola station”. Son todas novelas policiales y un manual de medicina
familiar.
-La verdad que este médico sí parece entender de lo que habla. Te vi cómodo con él -
decía mientras hojeaba uno de los libros-. Con esos remedios te vas a sentir mucho mejor.
Ya no nevaba y fuera del tren la oscuridad era completa. No recordaba mucho la visita al
doctor, salvo que tenía una pintura en la pared de la que no podía despegarme: Un fuego que
devoraba una sustancia amarronada y al pie una frase de San Agustín que me resultaba
incomprensible.
Hay un viento atroz cuando desciendo del tren. Es un día soleado y frío. La estación se llama
“La Hondonada” y es una garita solitaria y miserable. El hombre me hace pasar y me convida
con un mate mientras el tren se aleja.
-El Padre Mariano dijo que se demoraría un rato porque la misa termina a las nueve horas
-comenta mientras apunta el calefactor hacia mí.
Huele un poco a alcohol y habla muy pausadamente. Me asegura que aquí voy a andar
bien, que todo es muy tranquilo y que la gente de la Patagonia es muy gaucha. Y que mi primo
Mariano es un santo; siempre ocupándose de todo el mundo. Señala con el dedo más allá de
la ventana y me confía que el Padre justo andaba buscando un terreno para la nueva iglesia
cuando se enteró de mi venida. Así fue que decidió ponerla allí junto al paso a nivel, “donde
usted estaría cómodo.” También contó que por allí no había muchos muertos y que nadie
molestaba al Padre Mariano. A lo lejos pude ver, justo por donde su mano había señalado
antes, una nube de polvo que un vehículo levantaba. Pronto el polvo penetró por la ventana y
el rugido de la camioneta de Mariano hizo vibrar la casucha.
Él pasa dos veces por día por estas tierras y Mariano es tan amable de recordarme las
horas exactas. Yo me levanto de mi silla, salgo al jardín y me paro cerca de la vía. Lo veo
venir ahora; veo la silueta móvil y el humo, y percibo el refrescante traqueteo. La tranquilidad
de esta región permite que pueda sentirlo aún cuando está lejos. Quizás el maquinista me
salude como hace todos los días al verme aquí parado.
Pero justo hoy, quizás por el viento frío y la claridad con que percibo ese pobre árbol
aislado, dos más dos son cuatro, como no lo fueron por muchos años, y entonces viene el tren.
Un tren que ahora me muestra sus reflejos plateados y su destino de bala o proyectil. El
maquinista ya sacó la cabeza por la ventana y yo avanzo hacia la vía; no me detengo a la vera
de los maderos y monto sobre el camino de hierro. El ulular frenético de la bocina sacude mi
cuerpo y lo inunda de paz, asombrándome de todo lo que tardé en aceptar este eterno abrazo.
Ramón de Elía
Nació en Buenos Aires, Argentina en 1964. Estudió en la Universidad de Buenos Aires y
escribió allí para la revista de su facultad. Participó en talleres literarios y
cinematográficos que culminaron en la publicación de cuentos y en la realización de un
cortometraje. Posteriormente fue un profesor ayudante en un taller dedicado al video
documental en la Universidad de Bs. As., y al mismo tiempo trabajó en la industria
televisiva y cinematográfica. En 1994 viajo a Montreal para realizar estudios de
doctorado en la Universidad McGill, que complementó con talleres literarios de prosa y
poesía. Desde hace dos años vive en Ottawa.