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CONCURSO DE CUENTOS
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por Humberto Bonizzoni Silva
MENCIÓN HONROSA ESPECIAL
VII CONCURSO DE CUENTOS NUESTRA PALABRA 2010

Se paró frente al desvencijado portón metálico y volvió a leer el papel que llevaba arrugado en la mano derecha. Era la dirección que le habían dado: Calle Reconquista 58. El portón estaba entreabierto. Le habían dicho que preguntara por ella en cualquier puerta del conventillo. En un infierno tan pequeño, comentaron, todo el mundo se conocía y no faltaría quien le pudiera indicar dónde vivía.
Empujó el portón lentamente y un prolongado chirrido de fierro viejo anunció al barrio entero que alguien llegaba. Se encontró frente a un largo y ancho pasillo descubierto, formado por dos murallas descascaradas en las que puertas y ventanas se alternaban hasta ir a morir en un murallón de ladrillos rojizos al cabo de unos cien metros.
Se acomodó la camisa y se pasó la mano por la cabellera rala para alisarla. Le sudaban las manos de puro nerviosismo. Tal como aquella tarde hacía más de dos décadas en que se despidió de ella antes de tomar el avión que lo llevó al destierro odiado. Recordaba aún esas mejillas húmedas ensombreciendo el amor que le palpitaba en los ojos a la muchacha y los dedos bañados de nerviosismo con que él recorrió aquel rostro. La miró con el brillo juvenil de mil promesas y le juró no echarla al olvido. Que en cuanto se bajara del avión le escribiría, la llamaría, trabajaría duro y le enviaría el pasaje para que se fuera con él. Que ese amor no lo destruiría nadie, le aseguró en el viejo aeropuerto, antes de dejarla anclada en su memoria.
Traspasó el portón. No se veía persona alguna asomada al pasillo, excepto una mujer gorda que lavaba ropa al fondo, acompañada por un crío sentado en el suelo. Decidió preguntarle a la mujer por ella, lo que le permitiría recorrer el conventillo entero. Con algo de suerte, quizás la divisaría a través de alguna ventana antes de llegar al fondo.
Aunque no cumplió las promesas hechas en el aeropuerto y, con o sin verdadera intención, dejó que sus palabras se las comiera el olvido, nunca logró borrar el recuerdo de esa primera novia. El deseo de encontrarla, pese al tiempo transcurrido, le había mordido la conciencia desde su retorno al país una semana antes. Necesitaba hallarla para explicarle que si nunca le escribió, no fue por falta de ganas ni por desamor. Quería hacerle entender lo perdido que se encontró en aquellas tierras, nevadas, congeladas, ajenas, sin entender el puto idioma y rompiéndose el lomo en un trabajo que siempre odió. Que una semana se transformó en un mes, y un mes en un año y en dos y en tres y luego en la eternidad misma. Decirle que el tiempo se escapó entre sus manos, convirtiéndose en el peor enemigo de su amor. Contarle cómo durmió invierno tras invierno con la maleta lista junto a su cama, sin desempacar, al igual que lo hicieron miles de compatriotas desterrados como él. Y como tantos miles, sólo regresó a la patria cuando la vida ya se había olvidado de ellos y había continuado su camino sin detenerse a esperarlos.
Tras mucho preguntar en el barrio a su regreso, una vecina consiguió una dirección e información inexacta sobre ella. Que se casó, que su marido la había abandonado, que no, que nunca se casaron en realidad, que se cambió nuevamente de casa y ya no vivía en aquella dirección. No había certidumbre en los rumores. Así y todo, le pasó la dirección como el último dato disponible sobre su paradero.
Avanzó lentamente por el amplio pasillo y una combinación de olores tozudos arremetió contra sus fosas nasales mientras se acercaba a la mujer que, de espaldas a él, se reclinaba sobre una artesa de madera y enjuagaba unos trapos multicolores. El niño lo observaba en silencio, con los mocos colgándole de la nariz. El aroma de cebollas picadas y ajos molidos cocinándose en modestas cocinillas se mezclaba con el penetrante aroma de cloro para lavar que emanaba de la artesa. Colándose por puertas y ventanas entreabiertas, se escuchaba el parloteo de populares animadores radiales enviando saludos a medio mundo.
El recuerdo de la muchacha le había penado como un fantasma. Lo único que se llevó de ella fue la arrugada fotografía que conservó en su billetera hasta que conoció a la que sería su primera esposa. Esa gringa de pelo rubio, piel de harina y ojos azules, tan distinta a ella. A ella y sus ojos color miel, los más tristes que él vio jamás. Ella y su pelo negro violáceo. Ella y su piel caramelo de eterno verano. ¿Cómo explicarle que no fue amor sino la perra soledad la que lo empujó a esos brazos extranjeros? ¿Cómo decirle que talvez fueron todas esas navidades y años nuevos tan lejos de la familia los que le metieron ese impulso irrefrenable de ahogarse en el fondo líquido de esos ojos azules? ¿Entendería su desesperación al ver que el exilio se alargaba y que casi sin quererlo se iba empantanando allá lejos al llegar los niños que se negaban a hablar el idioma del papá porque sonaba tonto? Tantas cosas hubo que terminaron por amarrarlo a ese otro lugar.
La mujer no lo escuchó acercarse. Con una escobilla plástica, refregaba una camisa como alma que lleva el diablo. El sudor le resbalaba por las sienes hasta perderse en sus descomunales y caídos pechos de comadrona, que se mecían incontrolables al ritmo de la escobilla. Imposible adivinar su edad. Se notaba que las jugarretas de la vida la habían avejentado antes de tiempo.
El hombre observó la maraña de canas agrestes que caía sobre el rostro de la mujer, al tanto que el squish, squash de la escobilla se esparcía con un fuerte eco por todo el conventillo. Las tristes culebras varicosas que se enroscaban por las gruesas piernas de la mujer le hicieron apartar la mirada y dirigirla al niño, que lo seguía vigilando con su cara embadurnada de tierra y babas.
El bando oficial que finalmente lo autorizaba a regresar a la patria lo encontró en la tumultuosa resaca de su fracaso matrimonial. La profundidad acuosa de los ojos azules fue demasiada para un hombre como él, que nunca fue muy buen nadador. Le dio lo mismo ahogarse. Como le dio lo mismo olvidarse de todo al partir. Era joven. La madurez no le alcanzaba ni a los tobillos. Y no le alcanzó para guardar el ímpetu necesario para cumplir tanta promesa echada al viento. No hubo nada de eso. Sus buenas intenciones murieron poco después de cruzar la frontera con las primeras nevadas.
Le atemorizaba el paso del tiempo. O más bien, sus secuelas. Las canas que se van apoderando de los pensamientos. El rostro cansado, el colesterol alto y las infames entradas en la frente. Ya no era el veinteañero de aquella época ?ella tampoco lo sería? ni podía esconder el pesado equipaje que la vida le había depositado en las espaldas.
La mujer se percató de su presencia a unos pasos de la artesa. La sonrisa cortés del hombre le ahorró cualquier nube de sobresalto. Tímidamente, él saludó y le explicó que buscaba a una antigua novia suya que al parecer se había mudado a ese barrio. Dijo el nombre de la muchacha. Ella lo miró de cabeza a pies. Observó deprisa sus manos sudorosas y luego clavó sus ojos en los de él. Uno, dos segundos. Giró la cabeza y siguió restregando ropa. Tras una pausa, le contestó que una mujer con ese nombre había vivido allí hacía algún tiempo, pero que se había marchado un buen día sin dejar rastro.
Él observó la escena por un instante. Luego dio las gracias y se marchó sin mirar atrás.
Ella sí volteó la cabeza al cabo de unos segundos y observó su andar desgarbado. Pese al tiempo transcurrido, logró reconocerlo. Dejó de lado esa papada mofletuda de hombre maduro y la trocó por la barbilla juvenil y desafiante de antaño. Buscó en su memoria el recuerdo de la cabellera rebelde y veinteañera para cubrir la creciente calvicie que brillaba bajo el sol matutino, y borró mentalmente los kilos de más que lucía la barriga de cuarentón.
Él se enteró de la caprichosa jugarreta del destino ya antes de dar las gracias y despedirse de esa mujerona desgastada por la vida.
No lo adivinó por el pelo negro violáceo ahora cubierto de nieves. Ni se lo confidenció tampoco la piel manchada en los brazos rollizos cuyo caramelo de eterno verano había perdido su dulzor hacía una inmensidad.
Pero sí la delató la tristeza acumulada en lo más profundo de sus ojos de miel por más de veinte años y que él reconoció justo un segundo antes de que ella volteara la cabeza y siguiera restregando con la escobilla plástica.
Prefirieron dejarlo así, en la hermosura del recuerdo. Tal vez por el amor que se tuvieron.
***
Humberto Bonizzoni Silva, nació en Santiago de Chile y reside en Edmonton, Alberta. Es traductor y periodista. Ha obtenido premios en concursos de cuentos en París (Concurso Juan Rulfo, Francia, 2001), Laguna de Duero (España, 2002), Edmonton (Canadá, 2002 y 2004) y Malabo (Guinea Ecuatorial, 2007). También ha sido finalista en Villa Del Río (Córdoba, España, 2006).
Tiene cuentos publicados en revistas literarias y periódicos de España, Francia y Canadá. No ha publicado ningún libro.