El Origen del Universo
por Claudio Andrés Kuczer
Tercer Premio Primer concurso de cuentos nuestra palabra
      Es difícil creer que una luz roja pueda durar casi veinticuatro horas, desde las siete de la
tarde de un día hasta las seis y media del otro, y que alguien sumamente inteligente como
Horacio Salmún se haya quedado parado frente a esa luz por todo ese tiempo, pero ciertos
eventos acontecen en el ámbito que contiene todas las realidades: las posibles y las más
improbables. La luz de tránsito de la calle San Eduardo, esquina Bosques dejó de tener un mal
funcionamiento casual y pasó a un estado semi-permanente de rojo a las siete y un minuto.
Cuando se hizo evidente que no iba a ver luz verde por un tiempo largo, Horacio sacó del
portafolios su libro de anotaciones y se pasó las próximas casi veinticuatro horas resolviendo el
problema del origen del universo, que lo había tenido preocupado desde antes del comienzo de
su carrera de astrofísico pero al que nunca pudo dedicarle el tiempo necesario porque tenía que
escribir papers para conseguir fondos para seguir manteniendo su trabajo de investigación en la
universidad y porqué además le tenía que dar muchas horas de clases a estudiantes cuyo número
aumentaba constantemente al mismo tiempo que su motivación declinaba.

      Horacio había comenzado a cavilar sobre el origen del universo desde el mismo día que su
padre le dijo que lo que se sabía al respecto no tenía asidero y que lo que se presentaba como
conocimiento científico venía de hipótesis formuladas sin una base sólida o, aún peor, de ideas
derivadas inconcientemente de creencias religiosas que los científicos no podían abandonar
totalmente.

      Horacio estaba demasiado ocupado escribiendo y analizando como para notar que los otros
autos que se paraban delante de la luz roja de San Eduardo y Bosque se quedaban detenidos
sólo por el tiempo indispensable para determinar que podían seguir sin peligro.  Después de
exactamente veintitrés horas y treinta  minutos la luz volvió a funcionar bien por sí misma, ya que
el contingente de reparación de emergencia que mandó la municipalidad por la mañana no tenía
el repuesto que se necesitaba y no pudo hacer nada.  La luz cambió a verde en el momento justo
que Horacio terminaba de resolver las veintisiete ecuaciones de Heiner-Dermatt, con lo cual
todo el problema del origen y fin del universo quedaba explicado en forma clara y elegante. El
esfuerzo intelectual que le había requerido a Horacio formular, plantear y resolver el problema
había sido tan intenso y agotador que era prácticamente imposible que pudiera volver a hacer un
trabajo como el que se reflejaba en las ciento treinta y dos páginas de notas y cálculos.

      Mirta Salmún no había cesado de llorar desde la medianoche del día anterior, cuando la
policía le informó que no sabía donde estaba Horacio y que si no había aparecido hasta ese
momento era probable que hubiera tenido un accidente serio, a pesar de que ninguno de los
hospitales o clínicas lo tenían registrado ni las morgues tenían ningún cadáver que respondiera a
la descripción de su marido. Le dijeron también que mucha gente de la edad de Horacio
simplemente desaparecía para poder comenzar de nuevo,  porque esperaban más de la vida y
que había hombres que no se conformaban con tener una linda casa, un buen trabajo y una
familia.

      Cuando Horacio entró a su casa, encontró a su mujer llorando frente al fuego semiapagado
de la chimenea.  Pasaron varios minutos antes que ella saliera de su estupor y aceptara que él
estaba realmente de vuelta, vivo.  Lo abrazó y besó muchas veces, pero después de haberse
asegurado de que él estaba ileso y escuchar la historia del incidente de la luz roja, volvió a
sollozar desconsoladamente mientras le recriminaba a los gritos de ser insensible y egoísta por no
haberle tenido al tanto de lo que había pasado y por no haberle hecho saber sobre la situación en
que se encontraba porque, decía, ella lo habría ido a buscar inmediatamente.

      Mirta había tenido el peor día de su vida, despedida sin ceremonias de la empresa de
importación y exportación después de doce anos de servicios impecables y todo porque se
había equivocado en la orden de embarque y la mercadería había ido a parar a un puerto donde
las autoridades locales la desembarcaron y la distribuyeron entre los miembros de las diez
familias que eran dueñas del país. Para peor, Duque el perro había bajado al sótano la noche
anterior y no había subido más ni para comer o tomar agua, a pesar de los llamados de Mirta y
no se lo escuchaba y seguramente algo horrible le había sucedido aseguraba Mirta, pero cuando
Horacio quiso ir al sótano, ella no lo dejó porque decía que no podía enfrentar semejante
situación pues, para peor. la tintorería le había quemado su abrigo de cuero favorito y se había
peleado con Marta, su mejor amiga desde la secundaria y la posible muerte de Duque era más
de lo que ella podía confrontar en ese momento.

      Horacio le aseguró  a su mujer que no tenía que preocuparse, que las cosas iban a ir muy
bien de allí en adelante, que su descubrimiento le iba a asegurar la fama más grande y que no
tendrían más problemas económicos aunque ella no trabajara nunca más.

      Mirta seguía llorando de a ratos, diciendo que toda esa fama de Horacio no le iba a servir a
ella de nada, que iba a quedar relegada a la sombra del gran hombre, que se iba a ir
desdibujando hasta que no quedara nada y que lo mejor era morirse, porque no le quedaba nada
en la vida y de todas maneras su marido pronto la iba a dejar por otra mujer más joven y
merecedora de estar con alguien tan eminente y que estando desempleada y sin su perro y su
mejor amiga no le quedaban rezones para seguir viviendo y que si Horacio realmente la quisiera
se olvidaría de eso del origen del universo y así los dos podrían comenzar de nuevo desde cero,
porque de otra manera no iban a poder seguir juntos por más que hicieran grandes esfuerzos y
consultaran los mejores terapistas de pareja.

       El cansancio acumulado por treinta y seis horas abrumaba a Horacio, que no terminaba de
comprender si Mirta hablaba en sentido figurado o si realmente deseaba que él destruyera lo que
era seguramente una de las teorías científicas más importantes de la historia, sólo comparable a
lo que Newton y Einstein habían hecho antes. En ese momento él estaba demasiado fatigado y
confundido para discutir o pensar en alternativas a lo que Mirta quería que hiciera. Sacó su
cuaderno de anotaciones del portafolios y se acercó lentamente al fuego de la chimenea, sin
pensar o darse cuenta realmente de lo que estaba haciendo.

      Duque, que se había escapado del sótano por una claraboya semiabierta apareció al día
siguiente traído por un vecino que lo vio retozando en un basural. Mirta y Horacio no volvieron a
hablar del incidente y se siguen llevando tan bien como antes, a pesar de que Horacio a veces
sueña con luces de tránsito eternamente rojas del tamaño de todo el universo.



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