El Origen del Universo
por Claudio Andrés Kuczer
Tercer Premio Primer concurso de cuentos nuestra palabra 2004
      Es difícil creer que una luz roja pueda durar casi veinticuatro horas, desde las siete de la tarde de un día hasta las
seis y media del otro, y que alguien sumamente inteligente como Horacio Salmún se haya quedado parado frente a esa
luz por todo ese tiempo, pero ciertos eventos acontecen en el ámbito que contiene todas las realidades: las posibles y
las más improbables. La luz de tránsito de la calle San Eduardo, esquina Bosques dejó de tener un mal funcionamiento
casual y pasó a un estado semi-permanente de rojo a las siete y un minuto. Cuando se hizo evidente que no iba a ver
luz verde por un tiempo largo, Horacio sacó del portafolios su libro de anotaciones y se pasó las próximas casi
veinticuatro horas resolviendo el problema del origen del universo, que lo había tenido preocupado desde antes del
comienzo de su carrera de astrofísico pero al que nunca pudo dedicarle el tiempo necesario porque tenía que escribir
papers para conseguir fondos para seguir manteniendo su trabajo de investigación en la universidad y porqué además
le tenía que dar muchas horas de clases a estudiantes cuyo número aumentaba constantemente al mismo tiempo que
su motivación declinaba.

      Horacio había comenzado a cavilar sobre el origen del universo desde el mismo día que su padre le dijo que lo
que se sabía al respecto no tenía asidero y que lo que se presentaba como conocimiento científico venía de hipótesis
formuladas sin una base sólida o, aún peor, de ideas derivadas inconcientemente de creencias religiosas que los
científicos no podían abandonar totalmente.

      Horacio estaba demasiado ocupado escribiendo y analizando como para notar que los otros autos que se
paraban delante de la luz roja de San Eduardo y Bosque se quedaban detenidos sólo por el tiempo indispensable para
determinar que podían seguir sin peligro.  Después de exactamente veintitrés horas y treinta  minutos la luz volvió a
funcionar bien por sí misma, ya que el contingente de reparación de emergencia que mandó la municipalidad por la
mañana no tenía el repuesto que se necesitaba y no pudo hacer nada.  La luz cambió a verde en el momento justo que
Horacio terminaba de resolver las veintisiete ecuaciones de Heiner-Dermatt, con lo cual todo el problema del origen y
fin del universo quedaba explicado en forma clara y elegante. El esfuerzo intelectual que le había requerido a Horacio
formular, plantear y resolver el problema había sido tan intenso y agotador que era prácticamente imposible que
pudiera volver a hacer un trabajo como el que se reflejaba en las ciento treinta y dos páginas de notas y cálculos.

      Mirta Salmún no había cesado de llorar desde la medianoche del día anterior, cuando la policía le informó que no
sabía donde estaba Horacio y que si no había aparecido hasta ese momento era probable que hubiera tenido un
accidente serio, a pesar de que ninguno de los hospitales o clínicas lo tenían registrado ni las morgues tenían ningún
cadáver que respondiera a la descripción de su marido. Le dijeron también que mucha gente de la edad de Horacio
simplemente desaparecía para poder comenzar de nuevo,  porque esperaban más de la vida y que había hombres que
no se conformaban con tener una linda casa, un buen trabajo y una familia.

      Cuando Horacio entró a su casa, encontró a su mujer llorando frente al fuego semiapagado de la chimenea. 
Pasaron varios minutos antes que ella saliera de su estupor y aceptara que él estaba realmente de vuelta, vivo.  Lo
abrazó y besó muchas veces, pero después de haberse asegurado de que él estaba ileso y escuchar la historia del
incidente de la luz roja, volvió a sollozar desconsoladamente mientras le recriminaba a los gritos de ser insensible y
egoísta por no haberle tenido al tanto de lo que había pasado y por no haberle hecho saber sobre la situación en que
se encontraba porque, decía, ella lo habría ido a buscar inmediatamente.

      Mirta había tenido el peor día de su vida, despedida sin ceremonias de la empresa de importación y exportación
después de doce anos de servicios impecables y todo porque se había equivocado en la orden de embarque y la
mercadería había ido a parar a un puerto donde las autoridades locales la desembarcaron y la distribuyeron entre los
miembros de las diez familias que eran dueñas del país. Para peor, Duque el perro había bajado al sótano la noche
anterior y no había subido más ni para comer o tomar agua, a pesar de los llamados de Mirta y no se lo escuchaba y
seguramente algo horrible le había sucedido aseguraba Mirta, pero cuando Horacio quiso ir al sótano, ella no lo dejó
porque decía que no podía enfrentar semejante situación pues, para peor. la tintorería le había quemado su abrigo de
cuero favorito y se había peleado con Marta, su mejor amiga desde la secundaria y la posible muerte de Duque era
más de lo que ella podía confrontar en ese momento.

      Horacio le aseguró  a su mujer que no tenía que preocuparse, que las cosas iban a ir muy bien de allí en adelante,
que su descubrimiento le iba a asegurar la fama más grande y que no tendrían más problemas económicos aunque ella
no trabajara nunca más.

      Mirta seguía llorando de a ratos, diciendo que toda esa fama de Horacio no le iba a servir a ella de nada, que iba
a quedar relegada a la sombra del gran hombre, que se iba a ir desdibujando hasta que no quedara nada y que lo
mejor era morirse, porque no le quedaba nada en la vida y de todas maneras su marido pronto la iba a dejar por otra
mujer más joven y merecedora de estar con alguien tan eminente y que estando desempleada y sin su perro y su
mejor amiga no le quedaban rezones para seguir viviendo y que si Horacio realmente la quisiera se olvidaría de eso
del origen del universo y así los dos podrían comenzar de nuevo desde cero, porque de otra manera no iban a poder
seguir juntos por más que hicieran grandes esfuerzos y consultaran los mejores terapistas de pareja.

       El cansancio acumulado por treinta y seis horas abrumaba a Horacio, que no terminaba de comprender si Mirta
hablaba en sentido figurado o si realmente deseaba que él destruyera lo que era seguramente una de las teorías
científicas más importantes de la historia, sólo comparable a lo que Newton y Einstein habían hecho antes. En ese
momento él estaba demasiado fatigado y confundido para discutir o pensar en alternativas a lo que Mirta quería que
hiciera. Sacó su cuaderno de anotaciones del portafolios y se acercó lentamente al fuego de la chimenea, sin pensar o
darse cuenta realmente de lo que estaba haciendo.

      Duque, que se había escapado del sótano por una claraboya semiabierta apareció al día siguiente traído por un
vecino que lo vio retozando en un basural. Mirta y Horacio no volvieron a hablar del incidente y se siguen llevando tan
bien como antes, a pesar de que Horacio a veces sueña con luces de tránsito eternamente rojas del tamaño de todo el
universo.






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