Luis Nieto nació en Caracas, Venezuela en 1959. Estudió la secundaria en el Liceo Militar Monseñor
Manuel Jauregüi Moreno en la Grita Edo. Táchira. Se graduó de ingeniero mecánico en la Universidad del
Táchira, San Cristóbal. Tiene un postgrado en Gerencia de CienciasAmbientales, de la Universidad de Guayana
en el Estado Bolívar y un curso de especialización en Gerencia de Proyectos del Humber College, en Toronto,
Canadá.
Durante varios años publicó artículos de opinión en la prensa de Puerto Ordaz y diferentes textos académicos
en el área de contaminación ambiental, que fueron utilizados como material didáctico en los innumerables
seminarios que dictó en diferentes ciudades venezolanas.
Durante más de diez años trabajó como ingeniero consultor, teniendo bajo su cargo la ejecución de una
gran gama de proyectos de ingeniería, la mayoría en el área ambiental.
Los últimos tres años ha vivido en Toronto, donde se desempeña como gerente de operaciones en la empresa
Advanced Coatings Inc, además de escribir artículos para la prensa canadiense y algunos periódicos
americanos.
El Opel Kadet año 1967 se estacionó al frente de la vieja casona. Mamá me animó a bajarme y a ir delante de ella
hacia aquel lugar totalmente nuevo para mí; papá, sin mencionar una sola palabra, sacó el baúl y lo dejó adentro como
esperando que alguien se hiciera cargo del pesado equipaje.
Miraba alrededor con curiosidad; el olor a pueblo era extraño para un niño de ciudad. En mi reconocimiento, me
topé con una caja de galletas que estaba cerca de donde papá puso mis cosas. Una señora que no conocía me miró con
una linda sonrisa mientras intercambiaba algunas palabras con mamá; mientras tanto, seguía explorando minuciosamente
el lugar de arriba abajo, como sorprendido de todo aquello, y sin poder evitarlo, mi mirada volvía irremediablemente al
punto inicial “las galletas dentro del viejo mostrador”.
A mi lado se encontraba parado un señor alto vestido de blanco, de aspecto recio y ojos claros como los míos. Solo
me di cuenta que estaba allí, cuando me apartó con su larga y temblorosa mano, para sentarse en una silleta de cuero
que estaba cerca y a la que yo golpeaba con un pequeño palo que había encontrado en el del suelo. Ahora sentado
podía verle mejor su cara, en la primera mirada me vi reflejado en aquel rostro, con muchos más años, pero con el
mismo semblante, en una segunda mirada, ahora mas detallada, pude ver un rostro firme y sin expresiones.
El señor hablaba con mamá, sin mirar a papá, le decía algo que no yo podía comprender. Al rato mamá me alzó, me
dio un beso y casi sin darme cuenta el carro desapareció por el camino polvoriento que conducía a las afueras del
pueblo.
Me quedé por un rato mirando a mí alrededor, no sabia qué hacer ni que decir; caminé hasta el baúl y me senté a
esperar no sé qué. El señor seguía sentado, pero tenía la mirada fija en el camino, como esperando que sucediera algo.
La señora, con una mirada serena que parecía ver todo a la vez a su alrededor, abrió el mostrador, me dio un paquete
de cinco galletas de las que había estado contemplando por largo rato, me sentó en una larga mesa y me puso un gran
vaso de leche fresca al frente.
Cuando terminé, llamó a unos muchachos un poco mayores que yo y mirando a Juan Pablo, el más grande, dijo:
<<Vayan a jugar y se vienen a la hora del almuerzo>>.
Me fui con ellos caminando por un potrero que parecía no tener fin, los zancudos me molestaban y me picaban por
todas partes, trataba de espantarlos pero era inútil, venían con más fuerza y todos a la vez, como a vengarse de mis
vanos intentos de quitarles algo que les pertenecía.
La luz del sol seguía arreciando, mi franela estaba totalmente cubierta de sudor y el calor era sofocante. Juan Pablo
me miró y miró a los demás y dijo, <<Vámonos para el río>>. Nunca había estado en un río. Mi papá en ocasiones nos
llevaba para una playa a orillas del Mar Caribe, pero nunca había estado en un río. Cruzamos la solitaria carretera y nos
internamos en un monte con alta vegetación, desde allí ya se podía escuchar el agua, y después de caminar por un
intrincado camino entre piedras y matas con espinas que me puyaban cuando las rozaba, llegamos al río.
Juan Pablo dijo que nos mantuviéramos juntos cuando entráramos al agua, pues el portentoso cauce indicaba que
las lluvias habían comenzado a azotar las tierras altas. Todos nos desnudamos, nos fuimos zambullendo uno a uno
haciendo piruetas como verdaderos expertos, menos yo que no sabía nadar y me quedé en la orilla, pero Juan Pablo se
me acercó con cuidado, me agarró por detrás y me lanzó en medio de la corriente. Todos me gritaban <<Dale a los
brazos y a las piernas, duro, duro>> Yo comencé a hacer lo que me decían, pero no me movía y mi aliento comenzaba
a fallar. Por más que trataba de avanzar el río me arrastraba, pero todos seguían gritando para animarme, aunque mis
fuerzas me iban abandonando. Estaba tragando bastante agua cuando de pronto sentí que mi cuerpo se desplazó un
poco hacia la otra orilla, en medio de mi desesperación yo deseaba admitir que lo estaba logrando pero me faltaba
mucho para llegar a la ribera y ya casi no tenía fuerzas, de repente no sentí ninguna resistencia y avancé más y más
fácilmente hasta llegar al otro lado.
Juan Pablo se reía y me decía <<Así fue que yo aprendí a nadar y ahora tú ya sabes lo que es cruzar el río Tocuyo
cuando está crecido>> No tenía fuerzas para responder a lo que me había hecho, pero en el fondo estaba contento,
cuando todavía tirado en la arena y mirando a la otra orilla casi desfallecido, veía como un niño como yo, había vencido
al caudaloso río.
El resplandeciente sol del mediodía alumbraba como nunca. Sentía que mi piel se quemaba pero ya los zancudos
habían dejado de molestarme. Estuve con todos en el agua de nuevo, esta vez con más confianza, pero el pánico se
apoderó de mí cuando los muchachos empezaron a cruzar de nuevo el río hacia donde estaba la ropa. No me había
dado cuenta que tarde o temprano tendría que regresar.
Caminé y caminé hacia el medio del torrente hasta que ya no pude sostenerme con mis pies, me armé de valor y me
lancé a luchar contra la corriente y al poco rato ya estaba del otro lado. Me sentía grande y fuerte pues había doblegado
de nuevo al gran río.
Hicimos de aquel lugar nuestro sitio de encuentro, sin embargo, un día decidimos ir río abajo, donde el torrente se
hacía más rebelde y más ancho. Yo, con cierta seguridad pero todavía con algo de dificultad, cruzaba las embravecidas
aguas de una orilla a otra. En uno de los intentos y en medio de la fuerte corriente, sentí como si algo me halara desde
abajo, todos hacían señas y gritaban que saliera. Trate con todas mis fuerzas como la primera vez, pero brazada tras
brazada, sentía como se iban alejando las posibilidades de salir de allí, pero la lucha contra el río era verdadera y yo
tenía que vencerlo.
Al rato la gente se arremolinó para ver el cadáver, era algo morboso. Todos se horrorizaban pero regresaban a
contemplarlo tirado en la arena, clamando expresiones de dolor, como si trataran de ayudarlo a terminarse de ir de este
mundo. Su aspecto era diferente a los demás, con solo mirarlo se podía entender que estaba muerto. Las oscuras ojeras
debajo de sus párpados lo delataban, sus ojos estaban aun abiertos y desorbitados; como implorando ayuda desde él
mas allá. La barriga estaba bastante inflada como si fuera a estallar y con un color morado, como si hubiese estado por
días bajo el ardiente sol.
La perniciosa contemplación de todos los presentes solo se interrumpía por los gritos de desesperación de los
amigos que iban y volvían en círculos como esperando que alguien les diera la fórmula para curarlo y levantarlo de ese
letargo.
Luego llegó la policía y trató de desalojar a los curiosos, pero todo era inútil, al rato la gente volvía a reunirse
alrededor del difunto. El médico forense llegó ya casi en la noche y solo en ese momento lo levantaron y se lo llevaron
en el asiento posterior del viejo carro policial.
El remolino que apareció en el lugar donde nos bañábamos, era común en esa parte del río, pero su formación era muy
esporádica e impredecible. Su fuerza era tremenda y casi me arrastró, pero los muchachos me dijeron que a mí me
agarró sólo desde el borde, pero al infortunado que se ahogó lo tomó por el centro y no hubo manera de ayudarlo.
El día de mi partida llegó y me despedí de cada uno como si fuera un último adiós. Los muchachos me regalaron un
tira piedra y la señora me preparó una bolsa con algo de comer para el camino. Mamá pasó por mí a la hora prevista y
mientras el señor hablaba con ella yo me monté en el carro, donde papá me esperaba.
Siempre pensé que los abuelos eran cariñosos y sentaban a los niños en las piernas para contarles cuentos. Pero del
hombre de traje blanco nunca recibí ni siquiera una sonrisa. Yo nunca supe que hice para que me odiara tanto.
Años después volví a la vieja casona de mis vacaciones de niño. Quería verlo, había ido a hablarle, a tratar de
averiguar algo que me orientara en mi búsqueda de una explicación, pero fue inútil, el señor del traje blanco había
muerto y solo la señora de la bondadosa sonrisa permanecía sentada en la silleta de cuero de la vieja pulpería.