por Pablo Salinas
Segundo PREMIO
Vi CONCURSO DE CUENTOS NUESTRA PALABRA 2009

El Encuentro
Estimulada por el sol radiante, la gente se ha volcado hacia la plaza donde el general y los municipales han trabajado durante semanas. Huacho se ha visto más limpia que nunca hasta la víspera, pero por la mañana los vendedores venidos de todas partes la han vuelto a su estado normal.

Calor, el rico calor-, grita un heladero, haciendo sonar su bocina.

Desde lo alto del escenario, Tauro del Pino escucha el bocinazo e interrumpe su discurso. Todo el mundo mira al heladero quien da media vuelta a su carretilla y se aleja pedaleando hacia el malecón. Algunos comienzan también a retirarse y son reemplazados por los enviados de las cooperativas norteñas que llegan desde la Panamericana. Detrás de estos, un jeep avanza lentamente. El chofer sonríe a las muchachas de Andahuasi y esquiva el paso lento de unos obreros que cargan unas banderas del Perú con la imagen de Túpac Amaru. Son los delegados de Laredo, Cayaltí, Tumán y Paramonga, desafiando la brisa caliente que viene de la playa, donde en la noche tendrán su ansiada recompensa. De pie, junto a los delegados, pero sin sonreír a las muchachas, Jorge ve llegar al jeep y estacionarse protegido por los soldados. Un capitán joven y bien peinado baja del vehículo y se presenta. -Eres el engreído de Velasco- le dice con toda confianza.

Alrededor, la gente y los militares, acostumbrados a historias de sables y cañonazos, se aburren escuchando los buenos modales de Tauro del Pino.

Jorge apenas responde el saludo y el capitán lo mira algo sorprendido, sin comprender como un hombre con una mano tan delicada y escurridiza, esa mano de huesos torcidos, ha podido caer en gracia al presidente.

Después de la inauguración, Tauro del Pino agradece los aplausos y la estatua de San Martín es develada. Por fin la muchedumbre parte hacia la playa. En el horizonte verdoso, los botes y bolicheras se han alineado en orden de desembarco alrededor de una vieja cañonera. Entusiasmados por el espectáculo, los escolares rompen la formación y atropellan una bandera regalada por la municipalidad con la inscripción “150 años del desembarco de la expedición libertadora”.

Ya con la plaza vacía, Jorge y el capitán caminan en dirección contraria a la muchedumbre, hacia la casa alquilada por la universidad.

-¿Está seguro, capitán?-, pregunta Jorge.

-No se preocupe. No todos son apristas por aquí, también hay estudiantes de San Marcos que han venido a escuchar al doctor Tauro. Además el general le ha asignado un chaleco, un especialista en seguridad.

-Lo digo por usted. A los huachanos no les gustan los militares-, responde Jorge, señalando la pared de una cevichería, con una inscripción que todavía huele a pintura: “Muera el Sinamos”. “Abajo la revolución pequeño burguesa”. La inscripción ha borrado un dibujo gigantesco de Neptuno, del cual Jorge puede todavía identificar un tridente rosado que apunta hacia la cevichería.

-El general Mendoza es el artífice de las celebraciones, lo tiene todo controlado-, dice el capitán, mientras observa una gran bandera que hace alusión a la cojera de Velasco: “Cuando un valiente gobierna, qué mierda importa una pierna”.

Jorge mira una vez más hacia la pared de la cevichería y reconoce un tridente atravesando un trozo de pescado, idéntico al que le quebró tres dedos un par de años atrás.

Ambos entran a la casona blanca de grandes balcones y columnas de madera. En la puerta de la sala encuentran a dos soldados. Jorge, avanza hacia el pódium improvisado, hace a un lado el altavoz y mira alrededor.

Las paredes no tienen adorno alguno, salvo un calendario nuevo de 1970. La concurrencia en cambio es variopinta: una docena de estudiantes de San Marcos, algunos militares disfrazados de civil y un grupo de jóvenes de la universidad huachana recientemente inaugurada por el gobierno. Jorge los saluda levantando las manos delgadas de dedos quebrados.

El capitán está a punto de intervenir, pero Jorge empieza con el discurso. Con agilidad, baja del pódium y se acerca a la primera muchacha de la fila.

-Dígame, señorita. ¿Qué piensa hacer cuando termine sus estudios?

-Seré abogada, doctor…

Luego, sin esperar más respuesta, apunta con el índice tortuoso, especie de signo de interrogación, al hombre del fondo de la sala.

-Y usted amigo, ¿qué quiere ser?

-Ingeniero, doctor.

-Excelente- responde Jorge y detiene su camino frente a una pareja de jovencitos recién llegados. Tienen los cabellos mojados y acaban de salir de la ducha, impregnando la sala de olor a shampoo Johnson.

-¿Y ustedes dos, amigos?

-Yo abogado y ella doctora, señor-, responde el muchacho. Ha tenido que gritar para adelantarse a la respuesta de su pareja.

-Bien-, dice Jorge finalmente-. Yo les diré lo que serán cuando terminen.
De inmediato salta hacia el pódium nuevamente y coge el altavoz.

-Tú-, le dice a la primera de la fila- serás la puta del capitán aquí presente- mientras tú-, le dice al del fondo de la sala- terminarás de traidor, como el que me entregó a la policía en el 68-. De ustedes dos-, dice, señalando con el altavoz a la pareja-. Tú serás la amante drogadicta del general. En cuanto a ti…tú no llegarás a nada.

El muchacho intenta levantarse y el capitán mete la mano a la funda de su pistola, pero Jorge toma el altavoz y recomienza.-Todo eso va a suceder si no sucede primero la revolución. Todo eso va a pasar si no hacemos el cambio hoy.-Kausáchum Perú-, grita un recién llegado y uno de los huachanos le responde con el golpe seco de un periódico que cubre una gran vara de fierro entre sus páginas.

Los soldados, disfrazados con camisetas de México 70, corren a separarlos. Dos policías se acercan a Jorge y lo sacan en vilo de la sala. Detrás camina, muerto de risa el capitán, y más atrás se acerca un representante del sindicato de estudiantes.

-Eres un maestro, amigo, qué manera de provocar. No se ha equivocado el general-, dice el capitán, controlando la última carcajada.

Después de unos minutos, en los que el capitán ha prometido a los estudiantes que Jorge volverá a terminar el discurso, ambos se presentan frente al general Mendoza.

-En dos palabras, capitán, cómo se ha portado nuestro ilustre invitado-, pregunta el general mientras vigila a través de la ventana los preparativos para su viaje relámpago a Lima.-El amigo es un maestro, mi general. Se los ha metido al bolsillo con mentada de madre y todo.

-Qué bueno que te haya caído en gracia, porque va a ser tu jefe-, dice el general Mendoza. Y luego mirando fijamente a Jorge agrega-. Creo que su primer trabajo será en Andahuasi.

-Ya estuve ahí un par de veces-, responde Jorge.

-De todas maneras. Recuerde que no queremos verlo rodeado de gente con uniforme. Así que el general le ha asignado el mejor bulldog que tenemos.

-Va a ser su perro guardián, su esclavo-, agrega el capitán.

-Molina, pasa para que conozcas al jefe.

Entusiasmado por su presentación, Molina sale con aire triunfal y se acerca al nuevo jefe. Pero a medida que avanza palidece y se va doblando hasta llegar frente a Jorge.

-Maestrito, mil perdones, maestrito-, le dice, escondiendo el tatuaje de un ataúd sobre el hombro izquierdo.

-¡Molina, qué le pasa!-, grita el capitán.

Jorge espera que Molina se levante y lo reconoce. Es el hombre que una noche le rompió los dedos. El hombre que lo había envuelto en costales, el de los electroshock en los testículos. Se ve mucho más joven que un par de años atrás, en cambio él apenas puede caminar sin orinarse en los pantalones.

-¿Pasa algo, se conocen ustedes?- pregunta el general.

-Creo que me parezco a su maestro de primaria- responde Jorge.

-Sí, eso. El jefe se parece a mi profe de primaria- dice Molina.

-Es usted inmortal entonces, jefe- dice el capitán y sonríe acomodándose el uniforme. Tiene todavía el rostro marcado por la carcajada y su mirada se concentra en los dedos encorvados de Jorge, que comienzan a levantarse-. Porque usted y Molina deben ser de la misma edad- agrega.

Jorge ignora el comentario y le da la mano a Molina que agacha la cabeza y apenas le estira tres dedos. En el índice, Jorge recuerda al hombre que apretaba el gatillo del revolver descargado, en el cordial, reconoce al que le metía el guante blindado por el culo, y en el anular puede ver que Molina sigue siendo hombre casado.

Al rato salen los tres, de regreso a la plaza, a saludar al doctor Tauro del Pino. Molina camina detrás de la pareja y al ver que Jorge cojea un poco, se le acerca con aire adulador.

-Qué bueno el clima de Huacho, ¿no jefe?-, le dice-. Aquí la gente hasta se olvida de sus dolores.
Jorge voltea con la boca abierta, torcida por el comentario, pero es interrumpido por un largo bocinazo del heladero que ha vuelto desde la playa.





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