Trepó al microbús a toda velocidad y sin un centavo en el bolsillo. Una vez en el estribo, sus
manos llenas de callos lanzaron al tablero un rollo de papel y tres jabones.
“Así te pagan ahora en la perrera”, se burló el conductor.
Pero Diego ya no trabajaba en la perrera. Los había robado del hostal donde lavaba taxis
destartalados.
“A ver si así se baña tu cobra”, contestó.
Herido por el comentario, los ojos enrojecidos del cobrador se fijaron en él antes de salpicarle el
uniforme con un trozo seco de saliva que salió disparado detrás de un insulto. Una hora después,
el vehículo se detuvo en la entrada del cementerio y una sombra gris se lanzó hacia el terral de la
orilla de la carretera.
Separó las tres pequeñas flores compradas con las monedas reunidas a cada descuido de las
parejas del hostal y corrió lo más que pudo. La tierra inerte del camino se transformó de pronto
en una densa nube que le hizo ver todo del mismo color. De ser verano, recordó, su cabello
bailaría mojado sobre la cabeza y el resto del cuerpo picaría ferozmente, los dedos de sus pies se
tornarían pegajosos en contacto con el zapato, pero también habría gente en el camino. De ser
verano, seguramente alguien reconocería al fabricante de ladrillos, al ayudante de la perrera, al
que firmaba sus goles con un buen chorro de orina. Pero era invierno y la humedad lo estremecía,
desde el pecho hasta los tobillos llenos de cicatrices. Aún así, nada le impidió seguir corriendo
hasta alcanzar el gran portón que reconoció de inmediato. “Fuera Sinchis de Pujas”; alguien había
pintado en la suciedad de una esquina. Miró al cielo y vio al sol casi escondido tras los cerros.
Había que darse prisa.
Para llegar al cementerio tenía que rodear el gran convento. Un perro negro comenzó a ladrar al
descubrirlo apilando ladrillos rotos a un costado de una larga pared que cortaba el camino en dos
mitades. Diego reconoció a su inesperado compañero de inmediato, era Nerón.
¡Fuera, fuera mierda! Le gritó con todas sus fuerzas mientras se bajaba el pantalón exhibiendo el
sexo escuálido, pero no muy lejos de llegar a la adultez. El animal sin embargo, ya le había
perdido por completo el interés al encontrar un ave medio muerta, a la orilla del camino.
La inminencia del sereno no permitió mayor muestra de afección, ni al perro ni al perrero, quien
comenzó a trepar rápidamente hasta la cima del portón. Sin embargo, sus impulsos todavía
infantiles originaron que menosprecie la bajada, y una de las tres rosas irremediablemente se
estropeó mientras caía.
“¡Conchesumare!” Repitió el eco en cada uno de los cerros aledaños.
Separó aquel capullo de los demás y lo arrojó a un costado del camino hasta verlo caer sobre
unos restos de excremento. La presencia de Nerón era señal que su familia se le había
adelantado. Si apuraba el recorrido sería posible encontrarlos, seguramente sentados sobre las
tumbas. En el cielo, seis o siete gallinazos repetían embrollados desplazamientos aparentemente
sin sentido. Mientras tanto, un sol moribundo, ajeno a ese ritual, lanzaba rayos rojizos desde
detrás de los cerros más lejanos.
Al cabo de unos minutos, sus pasos dejaron de escucharse, pues pisaba polvo sobre más polvo.
Con alegría, subió unos metros hasta las faldas de una pequeña loma y pudo ver el Cementerio de
Huachipa en toda su extensión. ¡Tía Lucy! Gritó lo más que le dio la ronca voz, pero el viento
soplaba en contra y el alarido no se alejó mucho más allá del final de su larga nariz.
Bajó del cerro a grandes saltos y se dispuso a cruzar el viejo camposanto. Luego de unos metros,
el sendero desapareció de improviso y Diego comenzó a tropezar con tumbas encima de otras
tumbas. Sus pupilas, profundamente negras, hurgaron entre el desorden de faltas de ortografía
hasta que se detuvo sobre una cruz de madera seca, muy apolillada, inclinada hasta descansar
sobre un florero roto lleno de orines. Las inscripciones se prestaban a las más variadas
confusiones, pero el remedo de letras góticas que formaba el nombre, se resistía tenazmente a
desaparecer junto al paisaje alrededor. Enterró la rodilla de su pantalón agujereado sobre lo que
una vez fuera cemento y deletreó; N-é-s-t-o-r N-a-v-i-c-o-l-q-u-i. Las letras se le antojaron de
extrañas formas, como figuras de cabellos caprichosamente ensortijados, de cicatrices rubias en
los brazos, figuras de cuadernos con puntas dobladas y monstruos garabateados en la libreta,
figuras de madre de brazos como martillos, de sangre en la camisa de colegio.
Junto a la tumba de Néstor, cogió su segunda rosa y la introdujo en una botella de aceite cortada
por la mitad. Apenas partió, el viento fuerte derribó la botella a sus espaldas y la rosa quedó
rodando junto a una tumba donde alguien había escrito “El Apra es el camino”.
Cuando llegó junto a los otros, las cuatro figuras parecieron recibir su metro y algo más con total
indiferencia.
“Para qué habrás venido”, le reprochó el tío Alberto.
“Tengo pasaje de regreso”, contestó él.
Los demás se alejaron hacia una de las cruces colindantes y Diego se acercó hacia la tumba que
habían dejado abandonada. Sus dedos entrelazados trataron de remedar la solemnidad de un
avemaría, pero de inmediato reparó en el jarrón, completamente abarrotado de rosas que todavía
brillaban a pesar de la inminencia del crepúsculo. Superando la vergüenza, examinó también su
última rosa maltratada, moribunda, y la acomodó sobre el pequeño mar de arreglos florales. Su
rosa se asentó sobre las demás como el bigote que algún gracioso había dibujado en el rostro de
una virgen pintada en la pequeña pared de la loza. Mientras sacudía sus zapatos llenos de las
piedras del camino, la abuela resurgió y volvió a morir en su memoria, al menos un par de veces.
¿Qué quedaría en esas cajas?, se preguntó. La abuela ya no existía, tampoco el amigo Néstor ni
los que llegaron con él desde Pujas. El viento helado trajo un nuevo dolor bajo la espalda y le
cortó las meditaciones. El dolor le renovó las energías. Con renovado entusiasmo cogió
nuevamente el jarrón. Arrancó las flores que habían traído sus familiares y arrojó el ramillete sobre
una vieja tumba de adobe que había perdido el nombre. Después colocó nuevamente el jarrón en
su lugar, contento de ver que su flor quedaba como único regalo para la abuela.
Eran ya casi las siete y los fieles se marchaban, abandonando el cementerio y a un cuarteto de
músicos algo borrachos repartiéndose el jornal. Antes de partir, la tía dejó caer un líquido
semejante a una gaseosa oscura sobre el último montículo.
“¡Salud tío Daniel!”, acompañó el tío Alberto.
Nerón, a lo lejos, corría en dirección contraria a todo el mundo y, tumbando con su gran cabeza a
niños y borrachos, se lanzaba a la búsqueda de residuos de comida.
Al llegar las siete, ya la noche se había apoderado del cementerio. A lo lejos empezaban los
bombazos iluminando por segundos el horizonte rojizo que proyectaba la ciudad. Las hileras de
pequeñas lucecitas que salían del cementerio comenzaron a apurarse. Detrás de una de estás
luces, la familia de Diego avanzaba nerviosamente atravesando el callejón formado entre el cerro y
una larga pared que moría en el portón del convento manchado por la hoz y el martillo. Era un
portón nuevo y mucho más grande que el anterior, volado de un dinamitazo.
Uno de los monjes comenzó a tañer una gran campana, señal de que el lugar quedaba cerrado a
todo el mundo, pero Diego no se apuró, dejándose alcanzar por el mismo perro que antes le
había ladrado y que ahora dibujaba alegres piruetas a su alrededor. “Peeeeeerrito,
perroconchetumaaa”, le gritaba, satisfecho de pensar que el eco de su voz estaría asustando a los
niños que no habían llegado todavía al paradero.
Cuando Diego trepó el muro de salida, pisó sin saber una de las rosas que había estropeado en su
larga carrera. Al caer al otro lado, un montón de piedrecillas se le metieron entre los dedos del
pie. Mientras se sentaba sobre una gran roca para sacarse los zapatos escuchó el estruendo de un
balazo y Nerón rodó, en una nube de polvo, desde las faldas del cerro hasta la base del muro de
ladrillos.
“Le di, le di” gritó el vigilante del convento desde lo alto de una torre, al tiempo que recargaba su
fusil, y Diego tuvo que correr dejando los zapatos junto a los pedazos quemados del antiguo
portón. Atrapado por el miedo, el sendero se le hacía interminable y parecía que nadie lo había
caminado todavía.
Casi debajo del gran portón, Nerón todavía se resistía a morir sin terminar de masticar, ya
débilmente, una pierna y algunas plumas de aquel pájaro moribundo que había encontrado en el
camino.
“¡Alto el fuego!”, gritaba un monje desde dentro del convento, pero el vigilante ya estaba listo
para un segundo balazo.