Hoy, sus ojos sin brillo ya no la buscan para sonreírle y agradecerle con la mirada al escuchar su
voz, ni estira un brazo para alcanzar sus dientes postizos que yacen sumergidos en el fondo de un
vaso de agua turbia sobre el velador.
Pero ella conoce lo que él le quisiera contar, de su viudez, de su abandono, de su militancia en
los contingentes de viejos inútiles que no tienen cabida en ninguna parte, que toman el sol en los
parques cuando está soleado hasta que la muerte los agarra sorpresivamente; que ha tratado de
cumplir con la vida, que nunca estará preparado para el paso final, que no tiene miedo, que no
guarda rencor a los mortales, que no es fácil peregrinar entre ellos, que se agreden mentalmente
en el mito impredecible de la existencia humana, que hay que dejarlos solos que se extingan hasta
que gusanos invisibles inicien su tarea mortal.
Ella sabe que su rostro se ilumina recordando a su mujer, eternizándola, urgente, etérea en su
memoria transitoria, antes de que su alma se desprenda de su cuerpo usado que la ha cargado
por eras, para caer silenciosa como un morral de emociones, la vida misma despeñándose en un
abismo infinito.
Luego su alma se estira y se encoje dolorosamente como un acordeón exprimiendo sus últimos
sonidos armónicos, reclamando sosiego en la amnistía previa a la partida, adelantándose al viaje
final que ya ha empezado a recorrer.
Ella coloca la mano rígida del hombre sobre la camilla. Permanece en silencio mientras lo imagina
solo frente a la muerte, desprovisto de todo, sin adioses ni lloros, caminando resuelto con su
bastón en mano, a cruzar el río, salpicado de Pléyades, remontando estrellas, hacia la celeste
fragancia de la eternidad, a caer tal vez en los brazos tiernos del Dios infinito, o a los quintos
infiernos en el abismo del cosmos. Ella levanta su cabeza y recorre con la mirada la sala de
geriatría, aquí donde los mortales igualan sus pasados preparándose para partir, unos lúcidos,
otros cantando y riendo extraviados, inconcientes de su enemigo acechante, bebiendo abandono,
reteniendo el resto de vida, como espectros solitarios semicubiertos de musgo.
Ella observa sus caras arrugadas de soledades seniles, y sus desdentados maxilares acortan la
dimensión vertical de sus rostros transformándolos en ingenuos rostros de niños esperando su
ración de amor. Ella aspira el olor butánico peculiar de sus alientos envejecidos mezclado con los
desinfectantes con que limpian el piso. Una enfermera la observa desde lejos.
Algunos están contentos con su visita; otros se enfadan por la interrupción a su letargo; otros ni
siquiera se percatan de su presencia.
Sus profundas y obscuras fosas nasales le recuerdan a Joaquín y sus palabras metafóricas: "
gusanos invisibles", y los ve emerger del fondo de su imaginación.
A lo lejos uno levanta sus manos huesudas para saludarla, o tal vez, para asirse a alguna mano
transparente y amiga.
En una camilla, cubierto por una sábana Joaquín es sacado de la sala de enfermos terminales.
Ella camina hacia la puerta y a punto de traspasar el umbral, un coro de voces temblorosas la
despide: “¡hasta mañana doctora!'', tapizando a su alma de una espesa capa de tristeza.
Sale al pasillo y se estremece al ver a Joaquín de pie al fondo del corredor moviendo su mano al
viento en despedida, y luego desaparecer por un laberinto de corredores.
Cierra sus ojos y escucha el resonar de mil bastones. Piensa en ellos tratando de hallar nuevas
ideas, alguna brillante idea, así como lograr para ellos algo más que sus simples bastones y sillas
de rueda, unos poderosos bastones de esperanza.