Yo la vi salir esta mañana, la muy hipócrita, con su carita de mosca muerta. Llevaba un chal para ocultar el rostro,
pero a mí no me engaña, sé mucho de ella.
Hace unos años que vive frente a mi casa. Llegaron un día, bueno, una noche, traían pocos muebles, a esa hora
casi todo el barrio dormía, menos yo. Me levanté en camisa de dormir cuando oí la llegada del camión. ¡Habrase visto,
a esa hora! No me fío de la gente que se esconde en la oscuridad. Yo todo lo hago a la luz del día, todos conocen
que soy un alma de Dios, voy a la iglesia y rezo mucho. Sin embargo ella, quién sabe, se lo pasa escondida haciendo
qué conjuros, yo la observo a través de los visillos de la ventana, claro que se sabe ocultar muy bien, pero a mí no me
engaña, nadie me va a sacar de la cabeza que ella mató a su difunto marido, pobre, que en paz descanse. Tal vez mató
a otros más, quién sabe, pues dicen que ya era viuda y que ahora lo es por segunda vez. Yo después de la muerte de
mi Agustín nunca más me he vuelto a casar. Lo echo de menos pero me aguanto, soy muy seria y le guardo riguroso
luto, no como ella, la muy cínica, se muestra toda llorosa y pone cara angelical cuando alguien la saluda, debe de andar
en busca de otro tonto para echárselo después, ¿no? Todos los días sale a barrer la vereda, y se me queda mirando
con una sonrisa tan dulce, que me aterra. Me pregunto si no se sentirá culpable, yo sí estoy tranquila, sólo le di a tomar
a mi marido un zumo y coincidió con su fallecimiento. Ah, pero ella no, estoy esperando que cometa un solo error
para descubrirla, no le van a quedar ganas de seguir viviendo en este barrio tan decente. Todo lo hace para despistar,
claro, el pobre marido de repente amaneció enfermo y de allí al poco tiempo se murió. ¿Qué extraño, no? Ni siquiera
hubo una misa por el finado, lo mandó incinerar rápidamente, así lo habrá hecho con los anteriores y por supuesto,
borra todas las evidencias del crimen. Ya ve que el doctor es muy ingenuo, no detecta nada, le falta ser más
desconfiado, él mismo fue el que revisó a mi marido, como le decía, sólo le di a tomar un zumo de pichoa, mi
comadre me lo recomendó. Claro que la mosca muerta lo habrá hecho a propósito, si el hombre era bien trabajador,
en cambio mi Agustín se la pasaba pegado a la botella y del trabajo, nada. Yo sólo quería darle un sustito, pero ella lo
habrá estado preparando con tiempo y así deshacerse de él, ¿no? Si parece que no rompe un huevo la muy
descarada.
Mi Agustín tuvo una diarrea tan fuerte que se despachó en pocos días. Yo pienso que tal vez ya estaba para
morirse, por cierto que nadie me va a quitar de la cabeza que esa mujer gozó cuando su marido se estaba muriendo;
mi Agustín casi ni sufrió, a lo mejor tenía cirrosis, ahora estará descansando, porque esa es una enfermedad terrible, y
viera que se sufre, yo conocí a uno que se fue consumiendo poco a poco el pobre mortal, mi Agustín se limpió por
dentro de tanta porquería que tomaba, y murió sin saberlo y rapidito. El doctor lo examinó y dijo que había sido una
hepatitis aguda, por eso yo no tengo remordimientos, pues su muerte no fue causada por el zumo, ya estaba para
morirse, ¿no le parece? Lo enterré con todos los honores, viera qué funeral tan lindo, lleno de flores y acudió todo el
pueblo, no como ella que no hubo ni un entierro decente para el finado. Para qué le cuento la misa que le hizo el curita
a mi Agustín, con todas las de la ley que me puse a llorar como nunca de la emoción. Yo rezo mucho por él para que
obtenga el perdón por todos sus pecados, no como esa mojigata del frente, cada vez que me asomo a la ventana, allí
está dando de comer a los mendigos, puros harapientos y zánganos de la sociedad. Sé que es sólo un teatro para
verse bondadosa, mas estoy segura que les está dando algún veneno y así lentamente exterminar a todos los
indeseables de este pueblo, pobres cristianos, no debería nacer gente para andar de esa manera con su miseria a
cuestas, dan una terrible lástima con ese aspecto limosnero. Yo no la pierdo de vista, me la paso teje y teje junto a la
ventana, sin que se de cuenta la vigilo hasta de noche, pues me pasa que últimamente no puedo dormir, no sé por qué.
El otro día trató de sobornarme, seguro para que no la descubra, me ofreció unos panecitos que ella misma hizo,
claro que se los recibí, olían muy apetitosos, pero luego se los di a comer a un perro vagabundo y qué raro, no ha
vuelto por estos rumbos, de seguro que tenían veneno, de sólo pensarlo se me revuelven las tripas y se me pone carne
de gallina todo el cuerpo, la muy pilla pensaba que con su generosidad me callaría para siempre. Se equivoca, soy
más astuta que ella y no me fío de su sonrisa hipócrita, aunque esté lista para darme el zarpazo yo no le doy la espalda.
No señor, uno de estos días la voy a denunciar porque la calle, tan tranquila antes, ahora parece un desfile de
mendigos y atorrantes de dudosa calaña y lo peor es que se vienen a golpear mi puerta. Por supuesto que no les doy
nada. No señor, qué se han creído, ¿qué este es un orfanato? Si se mueren que sea ella solita la culpable. ¡Habráse
visto! Qué yo pague el pato por ella. ¡Asesina de su marido y quizás de cuántos otros más! ¿Quién puede confiar en
alguien que no demuestra ni la pizca de remordimiento? ¡No, a mí, no me engaña!
María Elena Valenzuela Romero, chilena, residente de Edmonton, Alberta ha obtenido, antes de este
Segundo Premio en nuestro concurso, una serie de premios, entre otros el Primer Premio en poesía en 1981,
organizado por la Comunidad Chilena en Canadá, por el poema "Por Venta". En 2001, Primer premio,
concurso "Cuento Infantil" Editorial Conexión Gráfica de Guadalajara. "Los tres viajeros". Jalisco, México.
En 2004, Mención Honorífica en el Segundo concurso de cuento infantil 2004, organizado por la Editorial "El
Rincón de los Cuentos" en Nuevo León, Monterrey, México con el cuento "Un Gordo Abejón". En 2005,
Concurso hispanoamericano de poesía y cuento corto "Isaac Asimov", Trazo Literario, poema "Quédate para
mejores tiempos" preseleccionado por el jurado en la última ronda (986 poemas) antes de la decisión final.
(107 poemas).
Con este segundo premio, María Elena se incorpora con fuerza, a este grupo de noveles escritores hispanos
que se desenvuelven con ímpetu en territorio canadiense.