Esa mañana subió aquellas apretadas escaleras y todo le pareció muy rápido. Incluso, el petit déjeuner fue muy
a la francesa, aunque con un poco más croissants de lo normal. En el tercer piso, con su mano encajada en el pecho, se
percató cómo su corazón entonaba canciones de asombro. Estuvo la mayor parte del día sentado a la ventana de su
habitación, viendo como las gotas de agua se deslizaban por el cristal enmudecido y percudido. Aunque ya pasadas las
diez de la noche y con una fina lluvia que se divisaba tranquilamente frente a la luz del poste, sentía aún el amargo
perdón que le había ofrecido, desde sus adentros, al botones de las cinco. Nunca se sintió tan lacerado por un simple
chiste indeliberado e involuntario. La rue Saint Honoré brillaba opaca como una fruta madura y mojada; dejando los
reflejos, enclaustrados en el asfalto negro, de los paraguas y los perros que pasaban.
Desde su última visita al doctor se había sentido peor y los dolores se habían tornado más penetrantes y afilados.
Se sentó allí todo el día, mirando la llovizna y recordando los días de su parsimoniosa felicidad, rodeado de unos besos
mutilados y saboreando el fino Parfait de Avellanas; mientras el velero danés de tres mástiles navegaba, como un pájaro
callado, por la Rivera Francesa fuera de temporada. Del mismo modo rememoró el suave clima invernal y donde la
francesa <<Belle>> decía que allá quedaba Peille, con sus casas almidonadas y el Paseo de los Ingleses, paralelo a la
playa.
Un surco inquieto de agua marcaba uno de los cristales de la ventana y un remordimiento interno saltaba sin cesar
en su estómago. Era normal la susceptibilidad que arrebujaba su alma, después de tantos meses cargando esa
enfermedad que terminaría esa noche, colgada en la lámpara de techo de la habitación preferencial y moviéndose al
compás de un temblor oculto.
Buscaba hundirse en su pasado serafín y esas reuniones cautivadoras del linaje ministerial, donde el té olía
minuciosamente entre las ropas y las medallas y donde, un poco más atrás, se diseminaba tibiamente la espalda de
<<Belle>>, junto al humo de su tabaco y las conversaciones se alargaban sorteando la cronología de los monarcas
Capetianos o porqué Juan el Bueno no llegó a recaudar los fondos para su libertad y sus últimas inventadas palabras en
cautiverio. También rebosó su mente con las escapadas en las reuniones gubernamentales, para desbocar, su furia
intrínseca de viejo lúbrico, en el cuerpo desnudo de la francesa <<Belle>>; encima del buró presidencial, babeando su
piel suave y núbil, ahogada de una mentira de deseos. Además recordó sus días victoriosos donde un pueblo, enfrente,
alzaba las manos al firmamento gritando su nombre y arrojaba los sombreros al aire para pintar el cielo. Pero su
estómago se martilló incesantemente cuando permitió la entrada del té negro a las cinco y el botones sonriendo bajo un
Monsieur le destapó la tetera y, junto a la fuliginosa infusión, le dijo que su apellido era <<comme le dictateur?>> y la
noche cayó más rápido con gritos de muerte.
La noche era callada y los tintineos de la llovizna lo transportaron a su niñez escuálida y trémula: mirando tras una
ventana que escondía un campo inmenso de yerbas amarillas y unas lomas verdosas al final del horizonte. Por unos
segundos se vio como aquel niño, párvulo esquelético, parado a la luz que traía el sol hasta su rejilla; con una infancia
sola y demoledora: enterrando en la tierra del patio a pequeños polluelos vivos y ahogando, en las primeras botellas de
vidrio verde, a los lagartos de la verja. Respiró bajo un sollozo. Haló su leontina para abrir las conchas doradas que
guardaban su reloj y masticar la hora que se lo tragaría. Eran las diez menos diez y suspiró entrecortado.
Se detuvo frente al espejo y un rostro viejo, incluso irreconocible para él, apareció sacrificando la imagen de un
hombre olvidado en el tiempo. Estaba pálido y sus párpados le pesaban demasiado. De forma extraña y sensata llegaba
a atrapar, en cada olfateo, su propio olor a dátiles secos. Se dio cuenta de lo marchito que estaba y lo mucho que la
ancianidad había durado; tanto, que no recordaba nada de sus años de Jeunesse. Se quitó sus espejuelos de aumento y
pudo ver la recámara con más claridad, a pesar de sus ojos revestidos con cataratas. Entonces supo que los cristales
estaban totalmente empañados de una capa grasosa y repelente.
Llevaba varias semanas con aquel traje de hilo grueso que lo vestía. Tampoco le preocupaba ya la opinión pública
y mucho menos los besos opacos, que nunca más tendría de <<Belle. <<¡Belle, Belle! ¿siempre Belle?>> No habría
razón de seguir amándola, aunque fue lo único que amó en su vida. Pues si algo tuvo <<Belle>> es que no fue de nadie,
mucho menos de él, aunque la tuviera dentro de sus poros cada día. En realidad, fue de todos y para todos. <<Belle>>
fue entera de su pueblo, de esa Francia que tanto odió con un amor recíproco. <<Belle>>, en cada visita al trópico, se
acostó con todos sus generales, con la guardia de seguridad, con los del partido opositor, con cada ministro visitante y
hasta con el cocinero, después de una borrachera.
Dejó el espejo y caminó, con las fuerzas gastadas de un anciano de noventa y seis años, hasta el butacón estático
que parecía resonar frente a la ventana. Lo arrastró hasta el centro, justo debajo de la lámpara. Una de las ventanillas
se abrió con el aire y un viento fresco tonificó todo ese espacio encerrado por un día. Relumbraron los primeros años
del poder y del diario donde escribió las escapadas, en sus temporadas de descanso, a los Alpes Berneses de Suiza,
los Julianos del Reino de Eslovenia y los marítimos de su Francia. También resplandecieron los lavados de dinero en los
sótanos del Cabaret Orange y las orgías aristocráticas en las noches expedidas con nubes de éxtasis. Se encaramó en
la silla y amarró su corbata azul, manchada de coñac y de la leche del petit déjeuner, a la barra céntrica de la lámpara
que colgaba. Sabía perfectamente que sus pies no alcanzarían el piso al dejarse caer y que, en unos pocos segundos,
dejaría de existir...esta vez por siempre.
Fue fácil amarrar y enlazar, con sus dedos temblorosos y cuarteados, el nudo a su garganta débil y escurrida. Cerró
sus ojos y los saltos de aquel niño escuálido y las primeras botellas de vidrio verde volvieron a retozar por su mente. Le
pareció tragar una libra de saliva áspera y sintió unos profundos deseos de llorar. Los ojos se empañaron y su visión se
perdió por completo dentro de aquella habitación que sólo daba entrada a la luz del farol de la calle Saint Honoré,
detrás de las finas gotas de la llovizna que se rehusaban a cesar. No tenía por qué llorar, ni siquiera por la traición de
<<Belle>> o por la masacre de los dos mil jóvenes que estaban en su contra ideológicamente y que ordenó fusilar en el
huerto del Pabellón o por el deseo indestructible de volver a mirar la ventana repleta de un campo amarillento a los
lejos, con la misma inocencia inapercibida de aquella edad. Su cabeza no llegó a recordar el día que era, pero sí la
soledad en que estaba envuelto. Ni siquiera su médico, aquel que le recetaba tantas pastillas para el dolor de sus
huesos y de su alma; se había percatado, por tantos años, de su apellido y la semejanza con la del presidente
extranjero.
Su país lo había olvidado hace mucho tiempo y de eso se dio cuenta al montarse en los autobuses repletos de
miradas, que solamente señalaban indistintamente a un nonagenario canceroso, y al ver los diarios americanos que
nunca citaban su nombre y nada relacionado con su hegemonía sanguinaria. Los pocos amigos que le quedaron en su
Francia de siempre se esfumaron al principio de su exilio. De la francesa <<Belle>> nunca más supo, sólo quedó el
recuerdo de una espalda desnuda con un amor judas y el beso utilitario de siempre. Toda su fortuna llegó a convertirse
en un minúsculo cuarto arrendado, apestando a muermo tórrido y a pastilla rancia, cerca de la torre.
Una lágrima fría saltó de su ojo, recorriendo su mejilla rasgada y repleta de una barba blanca de dos días. Una
lágrima que exclusivamente buscó un refugio en esa soledad abismal, en ese silencio de la noche, en el cuarto oscuro,
en el tintineo infinito de la lluvia. Con una voz sin aliento repitió las palabras del botones: ese joven que sin maldad y sin
conocimiento, fue perdonado intolerablemente. Con un último suspiro dejó salir, de su boca mortífera, el <<comme le
dictateur?>> con un acento deliberadamente fuerte. Allí quedó colgado en la lámpara, hasta el día siguiente, en que fue
encontrado por una ama de llaves.
Angel Fernández (Gélico). Sancti Spiritus, Cuba (1972)
El ganador del Primer Premio del Tercer Concurso de Cuentos “nuestra palabra” 2006 con “141 rue”,
inició sus primeras publicaciones como caricaturista, a los 17 años de edad, las que aparecieron en el
semanario humorístico "Melaíto". A raíz de ello, comienza a colaborar, con dibujos humorísticos y caricaturas,
en la mayoría de los medios nacionales. Actualmente reside en Toronto, donde continúa publicando su obra
(tanto plástica como literaria).
Su trabajo literario ha sido mostrado en centenares de revistas y periódicos en países como Canadá,
Alemania, Bulgaria, España, Portugal, Yugoslavia, Irán, Italia, China, Japón, Corea, Brasil, México, Cuba, etc.
Su currículum avala más de veinte premios y más de treinta exposiciones colectivas.
Estudió actuación y dirección en la Escuela Nacional de las Artes (E.N.A.), La Habana, Cuba. Además, es
graduado de Diseño Gráfico en la Academia Internacional de Diseño y Tecnología, Toronto, Canadá. En la
actualidad dirige la página web literaria www.canasanta.com.